SANTIAGO
Me siento nervioso y un poco inseguro, no debí contarle acerca de Anna. Lo que sentía por esa mujer todavía me atormenta un poco.
La directora ha comenzado con su reclutamiento nupcial. No me quiero casar, no quiero tener descendencia. Menos ahora que he firmado un contrato, le pertenezco a Sahara durante un año entero.
—¿Por qué llegas tarde?
—Se me atravesó un accidente en el camino. ¿Dónde está la predilecta? ¿Huyó tan pronto?
—No digas tonterías, Samara todavía no es la predilecta. Es una opción.
—¿Y pretendes acudir a todas las citas a ciegas que me organices?
—Llevas cuarentena minutos de retraso, ella ya se hubiera ido de no ser que estoy aquí para evitarlo.
Una bella señorita se acerca a la mesa. Su atuendo es juvenil e inapropiado para una cita de esta magnitud. Seguro que la directora le dará las gracias después.
—Él es mi hijo Santiago —dice mientras me hace señas con la mirada. Espera a que me levanté y abra la silla para ella.
Pongo los ojos en blanco y me niego a levantarme. No soy un caballero, al menos no con alguien que no me agrada. No la conozco, pero el hecho de saber que pretende convertiste en mi esposa, me hace sentir desagrado por ella.
Con un gesto de decepción y molestia opta por abrir su silla y tomar asiento.
—Lo siento, querida, está un poco nervioso.
—No se preocupe.
—Ya están aquí los dos, así que va siendo hora de que me retire para que se puedan conocer mejor.
Su segundo secretario abre la silla para ella. Se levanta y se marcha después de lanzarme una mirada fulminante.
—Mi nombre es Samara Montecri...
—Ahorre saliva, señorita. No pretendo salir con usted y menos llegar al altar. No pierda ni su tiempo ni su dignidad. Dejaré que usted se vaya primero.
Se molesta mucho, avienta la servilleta en la mesa, toma su bolso y se va echando chispas.
No quise ser grosero con ella. No hay otro modo para evitar este tipo de escenas. Sé que va a ir por ahí corriendo el chisme de que soy un hombre prepotente y sin modales, y no me molesta, porque es exactamente lo que quiero.
SAHARA
Camino por la plaza buscando ropa nueva para lucir en mis citas. Mamá compra chácharas inservibles.
Una tienda para adultos llama mi atención, en el mostrador hay un llamativo collar que parece de perros color n***o, de cuero y con piedras brillantes.
—¿Qué miras? —pregunta mamá.
—Eso —señalo al bolso que exhibe el local de a lado.
—Es bonito, ¿por qué no lo compras?
—Después. Ya me cansé, ¿porque no vas por las sandalias que viste hace un rato? Yo te espero aquí —me acomodo en la banca frente a los locales.
—Voy rápido, no tardó —mamá deja sus bolsas y agarra camino hacia los locales de la entrada.
Espero a que se aleje lo suficiente para poder entrar a la tienda. Amarro las bolas y entro a la tienda para adultos.
Una joven con fachas de gótica, flaca y con los pelos pintados de rojo me atiende. Su apariencia no me inspira mucha confianza.
—¿En qué la puedo ayudar, señorita?
—Solo estoy curioseando.
—Tenemos un lubricante que está en oferta, dos por uno.
No puedo evitar sonrojarme. Quiero aplicar la típica excusa del primo de un amigo, me da vergüenza preguntar por el precio de los juguetes sexuales. Quizás estoy exagerado, la sexualidad hoy en día ya no es un tabú.
—¿Qué precio tiene el collar que está exhibido?
—Quinientos, pero es de buena calidad. No lastima.
—¿Trae cadena?
—Sí, la cadena viene incluida.
—Me lo da, es que va a ser la despedida de soltera de una amiga y me tocó llevar algo interesante.
—¿Entonces se lo pongo en color rosa? También tengo rojo y morado.
—n***o está bien.
La chica asiente y prepara mi producto.
Pago y salgo lo más rápido que puedo. Mi alma descansa un poco tras notar que mamá no ha vuelto de comprar las sandalias. Decido avanzar hasta la entrada para buscarla.
La chica me trató con mucha normalidad y respeto, ya no me da tanto miedo visitar una tienda de esas.
Me asomo en el local donde supuestamente mamá va a comprar las sandalias, todavía se está midiendo algunas. Aprovecho para acercarme a una tienda de mascotas. No sé si me estoy yendo muy lejos, pero considero que a este nuevo collar le hace falta su placa.
Escojo una más o menos discreta, es rectangular. No lo quiero ofender eligiendo una placa con forma de hueso. Pido que le graben en nombre de Santiago con letras mayúsculas.
—¿Qué estás comprando?
—Mamá, ¿cómo saliste tan pronto?
—Ya había pagado, solo me estaba probando otro modelo que me gustó. Las compraré para la próxima.
El joven me entrega la placa.
—¿Para qué quieres eso? ¿Piensas comprar un perro?
—No es para mí, es para mi jefe. Bueno, no para él, es para su perro.
No dice nada, asiente y me espera a que pague.
Soy tan tonta que casi me delató yo sola. No puedo ni disimular tantito.
Al llegar al departamento me pruebo la ropa que compré. Elijo usar un pantalón de cuero con una camiseta de tirantes y encaje. No resaltó tanto el maquillaje, pero si abuso un poco del labial. Deseo que mis labios sean los que resalten esta noche.
Antes de la cita busco información acerca del juego del perro para llevarlo a cabo de manera correcta.
No hay como tal en internet una página que explique bien acerca de los juegos. Todo lo que busco me lleva hacia páginas de pornografía y no deseo ver eso. No soy tan pervertida, aunque cualquiera que conozco me llamaría así si se entrara de lo que ando haciendo.
Salgo de mi habitación lista para acudir a la cita.
—Te ves hermosa, ¿vas a ir a una disco?
—No, mamá. Voy a una cita de trabajo.
Arquea una ceja, no se lo ha tragado del todo.
—¿Todavía quedan de esas bolsitas de cereal que compramos la semana pasada?
—Hay cómo dos todavía.
—Me voy a llevar una porque no sé si nos vayan a dar de comer.
—Vas con cuidado a dónde quiera que vayas.
—No te preocupes.
Tomo el cereal de la alacena y salgo para mi cita.
Me siento nerviosa. Está vez es diferente, no estoy ebria. Me atemoriza no dar el ancho con el papel de dominante. Ni siquiera tengo confianza en mí misma.
SANTIAGO
El timbre suena, miro el reloj. Ha Sido puntual, eso es importante para mí. Su puntualidad habla bien de ella, me inspira confianza.
Abro la puerta. No puedo evitar inspeccionar su atuendo. Ese look sexy resalta su voluptuoso cuerpo sensual.
—Adelante, ama.
—¿Qué traes puesto? Es espantoso, quítate esa ropa en este preciso momento.
Me pongo firme y le sostengo la mirada mientras me desnudo frente a ella sin ningún pudor. Quiero poner a prueba sus instintos de dominante.
—¡Pero qué desfachatez! Pon la mirada en el suelo, pedazo de ignorante. Tú y yo no somos iguales, aquí yo soy la autoridad y es una falta de respeto que me mires a los ojos.
Bajo la mirada, satisfecho de escuchar lo que esperaba. Primero me quito la camisa color azul cielo y después los pantalones de vestir color miel.
—De rodillas, ven conmigo —bota su bolso en la mesa que está junto a la entrada y camina muy segura hasta mi habitación.
Me pongo en cuatro y gateo detrás de ella, igual que un perro obediente.
Al entrar en mi habitación, mira alrededor en busca de un buen lugar donde instalarse. Centra su atención al mullido sillón de piel que se encuentra a un costado de la cama. Toma asiento y se saca los tacones.
—He traído algo para ti.
—¡¿De verdad!? ¿Qué es? —inquiero impactante.
Abre la bolsa de papel que trae. Saca un collar brillante.
—¿Te gusta?
—Mucho.
Lo desabrocha y me lo coloca en el cuello. Me gusta el detalle de la placa con mi nombre.
—Te daré un premio si te portas bien.
Pongo mi mano sobre su pierna, simulando a un cachorro que desea atraer la atención de su ama.
—Buen chico —me acaricia la cabeza con suavidad.
—A mí no me gustan las mascotas sucias, vamos a que te de un baño —tira de la cadena cuando muevo la cabeza para negarme al baño—. No te pregunté —se levanta y me jala hasta el baño. Atora la cadena en el brazo de metal donde cuelgo la toalla para las manos. Se dirige al jacuzzi y abre las llaves del agua.
Lanzo un par de gemidos lastimosos para evitar el baño.
Saca del bolsillo de su pantalón una bolsa de ¿frituras? Camina hacia mí y suelta el collar de la cadena. Abre la bolsa y vacía un poco de su contenido sobre su mano. Me ofrece un poco.
Olfateo el contenido de su mano. Es cereal con chocolate. Huele bien.
Abro la boca para probar del cereal, pero ella aparta su mano con brusquedad.
—Ah, no. Primero te vas a dar un baño.
De nuevo muevo la cabeza para negarme a entrar en el jacuzzi.
—Perro malo, te voy a dar tu merecido —tira fuerte de mi collar y me arrastra hasta el jacuzzi.
Baja mi ropa interior y me obliga a inclinarme hacia el frente. Se frota las manos y comienza a sobar mi glúteo derecho. Comienza con una ligera palmada.
Comienzo a chillar como perro asustado.
—¡Silencio! —grita.
Siento otra palmada, más fuerte. Y luego otras tres seguidas. Me soba de nuevo para consolarme.
—¿Vas a entrar a la bañera?
Asiento entre pequeños lamentos. Entro al jacuzzi, el agua está helada.
Va a buscar a la ducha lo indispensable para un buen baño. Trae consigo el jabón líquido corporal y la esponja.
Se quita la chaqueta. Toma la esponja y le vierte encima algo de jabón. Hace espuma. Comienza a tallar mi espalda con suavidad. Vierte más jabón a la esponja y comienza a tallarme el pecho.
Baja lentamente, el roce es delicado y sensual.
Aprieta los labios cuando siente mi hombría en su máximo esplendor. La frota con la esponja.
Suelta la esponja y me estimula con su mano.
Me muerdo los labios con fuerza. Me sostengo de las orillas del jacuzzi. Puedo sentir que voy a explotar.
—Eso no, te prohíbo terminar. Te castigaré si lo haces.
¡Maldición! Tengo el climax a punto de explotar.
Aprieto con fuerza para reprimir los dulces impulsos de mi cuerpo palpitante. Trato de guiar mis pensamientos en otra cosa, pero no puedo. Sus senos frondosos se mueven al compás de los movimientos de su mano.
Suspiro con fuerza y me contengo con éxito.
—¡Muy bien! —me suelta. Me da la mano para ayudarme a salir del jacuzzi.
Seca mi cabello y mi cuerpo con una toalla. Vuelve a sacar la bolsita de cereal y me ofrece un poco con su mano.
Lo como todo, procurando lamer la palma de su mano.
De nuevo aprieta los labios, el roce de mi lengua la exita, eso es seguro. Pero así como yo le tuve que contener, ella también lo debe hacer al menos un par de citas más antes de solicitar una relación s****l.