La negociación

1554 Words
Niklas Detengo el auto en el punto de encuentro y mis hombres protestan en voz baja cuando se sacuden del frenazo. —¿Qué? —cuestiono sin inmutarme—. ¿Alguno tiene algo que decir? Estoy enfadado. Como esperaba se quedan en silencio y no espero para bajarme del auto. Los protocolos de seguridad no son lo mío. —Siempre tienes que conducir como loco, ¿verdad? —el maldito de Anton no puede mantener la boca cerrada y aprieto los puños para no rompérsela en el acto. «Respira hondo, no es el momento». —El ser mi primo no te da beneficios extras, Anton —advierto en voz baja—. Así que métete la legua donde no le dé el sol. —¿Por qué tus oraciones siempre se acompañan de amenazas? —Porque de no ser así, no me llamaría Niklas Schneider. Menos palabrería y más trabajo —ordeno hacia todos—. ¡Venga! Ellos se unen al grupo que está empacando la mercancía sin chistar mientras yo compruebo los puntos ciegos de la zona. Luego me acerco a la camioneta y tomo uno de los lingotes de oro en mis manos. Sonrío a sabiendas de que esto pondrá a mi organización por encima de las restantes. Este es el oro que tanto ansiaba obtener el mayor enemigo de mi padre y por consiguiente, el mío. Sin embargo, yo me le adelanté y le ofrecí un trato mejor al distribuidor. Así que técnicamente les he quitado el oro de sus manos. —Tal vez en la próxima, Capola—pienso en voz alta antes de ponerme también a la tarea y en menos de diez minutos estamos de vuelta a la carretera con la carga lista. —Señor, tenemos un problema. —¿Qué…? —no me da tiempo a preguntar cuando somos atacados por una lluvia de balas y granadas de humo. Rápidamente saco mi arma, bajo la ventanilla del auto y, sin despegar los ojos de la carretera, comienzo a disparar—. ¡Aseguren la carga! No dejo de dar órdenes ni de disparar, ni ellos de bombardear. ¡Joder! ¡Maldito NikolaCapola! No me queda más opción que desviarme por el centro de Viena y atravesar la Plaza de San Esteban a tiros. —¡Cuidado! —me advierte mi primo cuando un carrito de feria aparece en nuestro campo de visión. Logro esquivarlo, pero con cada giro van apareciendo más obstáculos. Arraso con algunos, otros los dejo hechos un desastre, pero al menos no atropello a nadie. Dos de las camionetas enemigas se vuelcan mientras que la tercera queda atrapada entre las caídas. El imbécil de Anton incluso aplaude con la maniobra y no puedo evitar poner los ojos en blanco antes de centrarme en recuperar el control del auto. Sin embargo… —¡Niklas! La advertencia llega demasiado tarde. He atropellado a alguien. Freno en seco y me bajo del auto sin pensar. Entonces, me topo con una cabellera roja tirada en el suelo. «Es una mujer». Me acerco a ella y la tomo en brazos para revisarle los signos vitales. No sé por qué rayos me satisface comprobar que respira, ni mucho menos por qué me quedo mirando el contorno de su rostro magullado con la mano rodeando su cuello. Sus ojos se abren de repente y segundos después, antes de que pueda reaccionar, la palma de su mano impacta contra mi mejilla. —¡Imbécil! —chilla al mismo tiempo que trato de volver a mis sentidos—. ¡Casi me matas! Intenta abofetarme una segunda vez, pero ahora sí estoy preparado y le sostengo la mano con bastante fuerza, lo suficiente para hacerla chillar de dolor y rabia. —Tú lo has dicho, casi —la voz me sale demasiado ronca—. Pero si vuelves a tocarme, ten por seguro que lo haré. —¡No me digas! —la muy puñetera ríe mientras forcejea como una fiera para soltarse de mi agarre—. ¡¿Pero quién te crees que eres?! ¡Suéltame! Una nueva ola de disparos resuena en mis oídos y maldigo en voz baja antes de tirar a la leona hacia la puerta del auto. —Sube —ordeno sin mucha paciencia. —¡Ni loca! ¡Ah! —grita asustada por la lluvia de balas y se agacha tapándose la cabeza. Me percato de que va medio desnuda con una bata de hospital que expone un delicioso culo. —Si quieres vivir sube —reitero—. No lo repetiré una tercera vez. Entre chillidos histéricos la empujo hacia adentro para después ponerme al volante y arrancar el auto en tanto mis hombres me cubren. Una vez que dejé de pensar en obscenidades debido a su estado. Y su belleza. —Dispersaos —ordeno a los otros vehículos por el intercomunicador—. Nos vemos en casa y ni se os ocurra perder un solo gramo de ese oro. La chica se calla de un momento a otro, cohibida del miedo y tal vez en shock. Sin embargo, es algo que agradezco. No toda la operación ha salido como esperaba. Apenas cruzo la reja de la propiedad Schneider, dejo escapar un poco de aire. Sobre todo cuando veo las camionetas con la carga aparcada y a mi padre con buena cara. —Buen trabajo —me palmea el hombro como recibimiento—. Los lingotes están intactos y no hay ningún herido de gravedad. «No estoy tan seguro». —Padre… —¡Está herida! —la voz de mi escolta personal me interrumpe y cuando me doy la vuelta, lo veo socorriendo a la pelirroja con una herida de bala en el abdomen. —Llevadla a una habitación de invitados —ordeno— y llamad al médico. El personal de la casa se pone a trabajar con rapidez y el cirujano llega tres minutos después. Los ojos de mi padre no me pierden de vista y sé a la perfección por qué. Sin embargo, es un hombre prudente al esperar a que la muchacha esté operada y estable para indicarme seguirle mediante una señal. Ambos somos hombres de pocas palabras, sobre todo él que se mueve como un fantasma. Son muy pocas las personas que conocen el verdadero rostro de Théo Schneider y ese es precisamente el problema. —Has traído carga extra —dice apenas cierro la puerta de su despacho. —Padre… —Deshazte de ella. —¡Es una civil! —no tengo idea de por qué me estoy tomando tantas molestias en defenderla. —¡Me ha visto! Nos ha visto a todos —contraataca—. ¿Qué crees que pasará si la dejamos ir o si la dejamos aquí? O nos jode o la matan. Estamos en guerra con el clan Mayerhofer, hijo —se acerca a mí para palmearme el hombre— y en las guerras siempre quedan inocentes atrapados bajo el fuego cruzado. —No es lo que me has enseñado —protesto alejándome—. Me estás pidiendo que haga lo que no pudiste hacer tú hace veinte años… Jugar esa carta es un golpe bajo, pero no me importa. Resulta hipócrita de su parte. —Tienes razón, yo no pude hacerlo —tuerce el gesto, dándome una pista de lo que dirá a continuación. La cuestión es que no quiero escucharlo—. Y si tú tampoco puedes, ya sabes lo que debes hacer. —No —niego en seco—. Esa no es una opción. —Es la única que tienes si quieres salvarla. Salgo de la oficina dando un portazo, llego a mi habitación para arrasar con todo a mi paso antes de terminar estampando mi puño contra la pared hasta romperme los nudillos. Cuendo siento que he liberado mi ira voy hacia el mini bar y me empino de la botella de Stroh y no abandono la habitación hasta beberme al menos medio litro. La veo recostada en la cama, ataviada en un batón bastante discreto y aún así… ¿Por qué leches estoy excitado? No quiero hacer esto, no es buena idea y nos estaré sometiendo a ambos a vivir un infierno. Sin embargo, ni mi padre ni nuestro maldito enemigo me han dejado opción. —¡Tú! —me señala furioso pese a que se encuentra débil. La fiera no se deja vencer ni por los calmantes que le administraron—. Esto es tu culpa. —Es ahí donde te equivocas —la corrijo—. Simplemente estabas en el lugar y la hora errónea. ¿Sabes quién es Théo Schneider? —¿El mafioso más grande de Austria al que nadie conoce? Todo el país conoce el nombre, pero nadie su rostro. —Tu sí —le informo—. El hombre que nos esperaba al pie de las escaleras de la mansión… —sus ojos se abren como platos al mismo tiempo que jadea aterrada— y yo soy su hijo. Sin dudar saco mi arma y le apunto justo en medio de la frente. —¿Vas a matarme? La veo tragar saliva y de repente tengo sed… ¡Mierda! —Eso depende de ti —puntualizo—. ¿Quieres morir? —¡Por supuesto que no! —Entonces cásate conmigo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD