Renata soltó una carcajada.
—Con esos exquisitos gustos, en nuestra universidad habrá dos o tres de esos, si tenemos suerte. Mejor busca en la Escuela Nacional del Deporte. Y cuando encuentres uno, me presentas a sus amigos.
—¡Cállate! Esteban te mataría y luego vendría por mí.
—Bueno, bueno. Con una foto me conformo. Una también tiene derecho a recrearse la vista.
Llegamos al salón entre bromas y risas.
Renata y Esteban García apenas llevaban unas semanas saliendo y estaban en esa etapa en la que querían hacerlo todo juntos. Se habían inscrito en las mismas clases y pasaban pegados el uno al otro quién sabe cuánto tiempo.
Esteban levantó una mano en cuanto nos vio.
Renata me tomó del brazo y me llevó hasta él.
—¿Dónde está mi lugar? —preguntó ella.
Esteban me miró con algo de culpa y señaló hacia la última fila.
—Cuando llegué solo quedaban dos lugares. Te aparté uno atrás, junto al chico que estaba dormido.
—Hubiera llegado antes —protestó Renata, haciendo un pequeño puchero—. Quería sentarme contigo para platicar durante la clase.
—No pasa nada. Justo quería estar atrás.
—Nos vemos al rato.
Renata se quedó con Esteban mientras yo subía los escalones del aula.
Encontré mi lugar enseguida.
A un lado estaba el chico que Esteban había mencionado.
Dormía profundamente.
Llevaba una sudadera gris con la capucha puesta y estaba inclinado sobre sus brazos. La tela se tensaba sobre su espalda cada vez que respiraba.
No sé por qué me quedé mirando sus piernas.
Eran demasiado largas para el pequeño espacio entre las sillas. Parecían no encontrar acomodo debajo del pupitre.
A veces la belleza era una cuestión de presencia.
Y aquel desconocido la tenía incluso sin enseñar el rostro.
Había algo en su porte.
Una especie de elegancia natural.
Pero también algo más.
Algo que mi cabeza interpretó como peligro.
Esa pequeña señal que aparece en algún lugar de la conciencia y te susurra:
Aléjate. Te puedes quemar.
El problema era que nadie hace demasiado caso a la conciencia cuando la curiosidad está ganando.
Varias chicas de las primeras filas se giraron para mirarlo.
Algunas lo hacían con disimulo.
Otras ni siquiera se molestaban en fingir.
Él, en cambio, continuaba con el rostro escondido, completamente indiferente a todo.
Como si aquello fuera algo a lo que ya estaba acostumbrado.
Me senté, guardé mi mochila y saqué mi libro de Cálculo.
Poco después, la profesora entró y cerró la puerta.
Era una mujer de unos cuarenta años, llevaba un vestido de algodón con estampados artesanales y el cabello largo descansándole sobre los hombros.
Proyectó algunos minutos de un video y comenzó la clase.
O eso intentó.
Porque no tardó demasiado en desviarse hacia sus años como estudiante en Francia.
Nos contó cómo había conocido allí a su esposo, cómo se habían enamorado y lo felices que habían sido cuando nació su hijo, quien ahora también estudiaba en Francia.
Varias compañeras escuchaban fascinadas.
Algunas incluso suspiraban cada vez que la historia se ponía más romántica.
Mientras más entusiasmo encontraba la profesora, más detalles añadía.
Yo prestaba atención a medias.
Hasta que terminé haciendo lo mismo que varios de mis compañeros.
Saqué el celular.
No sabía exactamente por qué, pero mis dedos regresaron al perfil de Conejito 123.
Mis comentarios seguían siendo los únicos debajo de sus videos.
Nadie me contestaba.
Nadie más parecía haber descubierto aquella cuenta.
Y yo estaba aburrida.
Así que abrí los mensajes privados.
Me quedé mirando el teclado durante unos segundos.
Aquello era diferente.
Un comentario podía esconderse entre cientos.
Un mensaje privado era otra cosa.
Respiré hondo.
Me armé de valor.
Y escribí:
Vi que tienes un lunar debajo de la clavícula… y hablando de lo que tienes más abajo, ¿es grande?
Me quedé mirando la pantalla.
—Dios mío…
Había enviado aquello de verdad.
Bloqueé el teléfono y lo dejé sobre el pupitre.
A mi lado, el hombre de la sudadera se movió ligeramente, como si estuviera a punto de despertar.
Pero volvió a quedarse quieto.
La clase continuó hasta que llegó el descanso.
Renata apareció junto a mi asiento.
—Vamos al baño.
—Ya voy.
Como mi falda no tenía bolsillos, dejé el teléfono sobre el pupitre.
No imaginaba que, durante los siguientes minutos, aquel aparato iba a revelar uno de los secretos más interesantes de mi vida.
⸻
El ruido de las conversaciones terminó por despertar a César.
Abrió los ojos lentamente.
Antes de hacerlo por completo, llevó una mano al bolsillo de la sudadera y sacó su celular.
Entrecerró los ojos para mirar la hora.
Todavía faltaba casi una hora para que terminara la clase.
Frunció el ceño.
Había regresado hacía poco de Estados Unidos y el cambio de horario todavía estaba destrozándole el sueño.
A sus veintiún años no estaba acostumbrado a sentirse tan agotado.
Estaba a punto de volver a guardar el teléfono cuando apareció una notificación de w******p.
Era de su prima Valeria.
¿Cuál es tu cuenta de t****k? Sígueme, yo te sigo.
César suspiró.
Durante el verano, Valeria había ido a visitarlo a Estados Unidos y prácticamente lo había obligado a abrir una cuenta para poder seguirlo.
Él había elegido dos videos de carretera, los había publicado y después se había olvidado completamente del asunto.
Ni siquiera recordaba qué nombre de usuario había puesto.
Cerró w******p y abrió t****k.
Un pequeño número rojo apareció sobre el icono de notificaciones.
Entró.
En el video de las dominadas encontró un comentario.
Estela Carnívora.
Lo leyó.
No inventes, ya hasta llovió por acá abajo.
César arqueó apenas una ceja.
Deslizó hacia el siguiente video.
Había otro comentario de la misma cuenta:
Tú arriba y yo abajo, y que sea lo que Dios quiera.
César apartó el teléfono un segundo.
No cambió de expresión, pero aquella vez sí tuvo que contener una sonrisa.
—Vaya…
Abrió los mensajes privados.
Había uno de la misma mujer.
Lo leyó.
Vi que tienes un lunar debajo de la clavícula y hablando de lo que tienes más abajo, ¿es grande?
César se quedó inmóvil.
—¿En serio?
Miró la pantalla con una mezcla de incredulidad y diversión.
¿De verdad alguien se atrevía a escribirle aquello a un desconocido?
Sacudió ligeramente la cabeza.
—La gente está peor de lo que pensé.
No tenía ninguna obligación de responder.
De hecho, probablemente lo más sensato habría sido ignorarla.
Pero, después de unos segundos, escribió una respuesta.
…
Tres puntos.
Nada más.
Los envió.
Y justo entonces escuchó una vibración.
César levantó los ojos por reflejo.
En el asiento de la izquierda había un teléfono con una funda transparente decorada con pequeñas flores rojas y una tira de cuentas que colgaba de una esquina.
La pantalla se iluminó.
Él no tenía intención de mirar.
Pero las letras aparecieron justo dentro de su campo de visión.
Conejito 123 te envió un mensaje.
César se quedó quieto.
Volvió la mirada hacia su propio teléfono.
Después hacia el aparato de la mesa.
Otra vez a su teléfono.
Conejito 123.
Ese era su usuario.
Y acababa de responderle a Estela Carnívora.
Tomó el teléfono y abrió nuevamente la conversación.
Escribió otra frase.
La envió.
El celular sobre el pupitre vibró otra vez.
Conejito 123 te envió un mensaje.
Ahora ya no había dudas.
La dueña del teléfono era la mujer que llevaba días dejando aquellos comentarios.
La misma que acababa de preguntarle por su lunar.
La misma que, aparentemente, tenía una imaginación bastante más atrevida de lo que habría supuesto.
César levantó lentamente la mirada hacia la puerta por donde habían salido las estudiantes.
¿Quién era?
Miró nuevamente el teléfono.
Estela Carnívora.
Una pequeña curiosidad comenzó a instalarse en su cabeza.
Hasta ese momento solo había visto una cuenta anónima.
Ahora sabía que pertenecía a una mujer que estudiaba en su misma universidad.
Y estaba sentada justo a su lado.
César se recargó en el respaldo.
—Qué interesante.
Por primera vez desde que había despertado, dejó de tener sueño.
Varias estudiantes de la fila delantera continuaban mirándolo de reojo.
Hasta entonces solo habían podido ver la sudadera, las piernas largas y la silueta de alguien que prometía ser bastante atractivo.
Ahora que César había levantado la cara, dejaron de disimular.
—No manches…
—¿Cómo no sabíamos que había un hombre así en la universidad?
—Está demasiado guapo.
—Con que me mire una vez, ya quedé embarazada.
—¿Ya viste la sudadera?
—Yo la vi en internet. Está carísima.
Entre risas y empujones, una de ellas terminó siendo elegida para acercarse.
La joven respiró profundamente, se acomodó el cabello y caminó hasta el lugar de César.
—Hola.
Él levantó la mirada.
—¿Te puedo conocer? ¿Qué estudias?
César tardó unos segundos en responder.
La chica sonrió, intentando ocultar los nervios.
—¿Me pasas tu i********:?
—No.
La respuesta fue seca.
Ella parpadeó.
—¿No?
—No.
César volvió la mirada hacia su teléfono.
No tenía interés en darle su i********:.
En realidad, en ese momento había algo mucho más interesante ocupando su atención.
El teléfono de la chica que se había sentado junto a él seguía sobre el pupitre.
Y dentro de aquel aparato estaba la conversación con Estela Carnívora.
La chica que había estado provocándolo durante días.
La chica que, sin saberlo, acababa de sentarse a menos de medio metro de él.
César miró el asiento vacío.
Después observó la puerta.
Una sonrisa casi imperceptible apareció en la comisura de sus labios.
Ahora solo quería conocer una cosa.
¿Quién era Estela?