La biblioteca más grande del mundo

1073 Words
Ha sido un buen día después de todo, los niños no están encantados con los libros, están fascinados con ellos, han salido y han vuelto mucho más rápido que de costumbre como si se les acabara el tiempo. PEro ha sido relativamente bueno para nosotros, hemos hecho tantas veces el amor que lo único que confirma es mi adicción a él y a lo que hace de mí en sus manos. ─He pensado en todo lo que hablamos en la mañana, y ya he pensado en una buena estrategia. ─dejó con cuidado el tenedor a un costado de su plato, con la sutileza de una pluma. ─¿Así?, ¿y qué has pensado? ─pregunta limpiando las comisuras de sus labios. Es diferente ahora que estamos aquí, él se ve más tranquilo, hasta demasiado diría yo, mucho para alguien que es cómplice de una presunta asesina. ─¿Has notado lo encantados que están los niños en la biblioteca? ─pregunta limpiando las comisuras de sus labios haciendo un mohín. ─he pensado que tal vez, si lleno mi biblioteca de nuevas adquisiciones, en realidad jamás se querrán ir, y tú tampoco. ─Entonces... ─se gira hacia él con una sonrisa. ─¿planeas sobornar a mis hijos con libros? ─pregunta tomando su mano. Podría pensar en muchas cosas para convencerme de que no me vaya, pero decidió hacer la única cosas que sabe que definitivamente es la debilidad de mis hijos y eso es muy tierno en realidad, esa sonrisa traviesa se ha vuelto mi debilidad. ─Mi abuelo ha sido mi maestro, él me ha demostrado que la extorsión y amenaza ha unido a las familias de antaño, así que podría hacerlo más adictos a la lectura, si eso es posible. ─suspiró. ─y amenazar a ti, de que... ─voltea su mano y besó su palma con sus labios húmedos. ─que no habrás más besos... ─recorre un camino desde su muñeca hasta su hombro con la yema de su dedo índice lentamente llegar a su hombro, haciendo que ella se estremezca a hasta la intimidad. ─ni más caricias, si me abandonas... ─susurra divertido. Él se divierte con eso, lo sé y él lo sabe, le divierte excitarme y hacerme desearlo hasta el borde del a locura. Pero cómo podría negarme a sus peticiones si cuando intenta convencerme lo hace con la sutileza tan varonil y sexi. ─Podría acompañarte a la cena si deseas... ─susurró a su oído, dejando un sutil y delicado beso en su cuello. Cuando ella se aleja despacio rozando su mejilla con la de él, espera el tan ansiado beso que seguramente ella le dará. Se prepara para el beso, su corazón se acelera emocionado, inclina su cabeza unos milímetros a ella cerrando los ojos, listo para lo que vendrá, pero solo puede sentir su aliento cuando ella se aleja, por lo que decide tomar lo suyo. ─Eso es trampa. ─suelta un gruñido cuando ella retrocede esquivando un beso. ─nada de eso. ─pasa su dedo índice por sus labios causando un ligero picor. ─usted quiere jugar, y yo solo hago lo mejor que puedo... ─musitó divertida. ─¿Y cómo es que me estás ganando? ─musitó con gracia. ─¿Es un mal momento? ─pregunta con ironía entrando en la sala. ─Qué haces aquí. ─Cambia su postura completamente Edward al ver a su padre, el hombre romántico, seductor y sexi ha desaparecido por completo. En su lugar está un hijo resentido y dolido con su padre por su pasado, pero es más que eso, ahora se ven más molesto que antes. ─Solo vine a ver a mi perfecto y especial hijo. ─abre sus brazos como si esperara un abrazo, pero su sonrisa es irónica, casi burlesca. ─y a su pura y casta esposa. ─señala con desprecio. Edward se coloca frente a Ángel, conoce a su padre, y reconoce que hay algo más que solo la visita, es él, hay algo en el que no le da buena espina, algo más que su sola presencia. ─¡¡Strauss!! ─grita y entra él con varios escoltas más. ─Protejan la biblioteca, y revisen toda la casa. ─ordena sin quitarle la mirada a su padre, pero es eso lo que lo hace sospechar aún más, ya que al pedir custodia no se ha inmutado, pero al pedir que revisen la casa, la comisura de su labio a tambaleado por unos segundos. ─¿Qué sucede? ─pregunta Ángel preocupada, no entendía lo que sucedería, pero recordó lo que dijo una vez Ana. Esa familia ocultaba cosas muy feas, muertes nada menos, lo que le preocupó, y no dudó en salir corriendo en busca de sus hijos. ─¡Espera!. ─dijo intentando detenerla, pero ella no escucha razones, si sus hijos están en peligro nada más importa. Corre escaleras arriba como si el fuego del infierno abrazara sus pies, pasa casi volando por los pasillos con miles de oraciones en su mente habidas y por haber, lo único que anhela en ese momento más que nada en la vida es ver a sus hijos y saber que van a estar bien. Ve a los escoltas en el pasillo y abre la puerta con tanta fuerza que casi cae al suelo en cuanto los escoltas dentro abren la puerta. ─Mis... ─ahí están, los tres niños están sentados juntos rodeados de escoltas fuertemente armados que vigilan incluso las paredes. ─Déjenme pasar. ─ordena Edward desde la puerta. ─¿qué pasa mami? ─pregunta Jota al ver a sus hermanos en silencio mirando a todos lados como si esperan que algo pase. ─El perímetro es seguro. ─se escucha por la radio de uno de los escoltas. ─¿y mi padre? ─pregunta sin quitarle la mirada a los niños. ─El señor fue escoltado fuera de la casa después de la revisión, no volverá a entrar sin su supervisión. ─entra el jefe de seguridad. ─¿qué pasa mamá? ─pregunta ahora Luisa un poco más calmada, o por lo menos intenta verse así frente a Jota, quien ya notó la tensión. ─Alguien no grato entró en la casa, pero ya no será un problema. ─aclara Edward. ─Prepara el avión, saldremos de la casa ahora mismo. ─ordena y el jefe de seguridad asiente. ─¿a dónde? ─pregunta Ángel tratando de no verse tan enfadada como lo está. ─A conocer la biblioteca más grande del mundo. ─sonríe intentando disimular que está preocupado, ya que Jota y Sandro no le quitan la mirada de encima.
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