No sé qué pensar. Así de simple es todo esto, no sé qué pensar, por un lado está este maldito cólico que parece que acaba con toda mi humanidad, pero por otro lado está él y toda esa mierda que trae con él , y ahora ya no sé que es peor, pero me tiene molesta, tanto que ya no lo soporto. ¿qué rayos se supone que haga ahora?, él viene a mi con cada cosa que ahora lo único en lo que puedo pensar es en, ¿cuánto más no sé?, ¿y cuanto más está dispuesto a ocultarme?
─¿cómo sigues? ─entra Edward en la habitación, con una charola. Los niños entran tras él y corren con su madre.
─¿se siente muy mal? ─pregunta Sandro acostándose junto a ella. Acaricia su vientre con ternura.
─Ya está pasando. ─sonríe conmovida viendo que Jota imita a su hermano y hace lo mismo. Tiene a sus dos hijos acariciando su vientre para que el dolor se vaya, aunque Edward no entiende bien por qué lo hacen, pero se conmueve al verla.
─¿No cenará con nosotros? ─pregunta Sandro preocupado.
─Ma. ─dice Luisa desde la puerta tocando el marco como su fuese la puerta.
─Pasa corazón. ─dice y disfruta unos segundos el mohín de desagrado que hace su hija por el asco que le generan las muestras de amor, pero sonríe enseguida al recordar que es su madre que lo ha dicho. ─¿cómo te sientes ahora? ─pregunta caminando con sigilo a la cama, pero no se mete a la cama, se mantiene de pie por unos minutos hasta que su madre tiende su mano y la atrae a ella.
─Los fármacos empiezan a funcionar. ─sonríe para tranquilidad de su hija.
─ahora que estamos aquí... ─dice Sandro un poco nervioso, mirando a su mamá, a Edward, y por último a su hermana. ─Luisa te quiere decir algo. ─dice deprisa lanzando la batuta a su hermana quien se sorprende al igual que su madre, pero ella continúa.
─¿que pasa? ─pregunta Ángel entrecerrando los ojos con duda, a su vez que enarca una ceja.
─Él señor Argento ha dicho...
─Edward, solo Edward. ─dice él intentando tener algún tipo de acercamiento con ella, o algún tipo de avance ya que viven bajo el mismo techo.
─El señor Edward... ─asiente y continúa. ─nos ha dicho que vamos a conocer la biblioteca más grande del mundo, y nosotros. ─señala a sus hermanos. ─nos preguntamos, ¿cuándo vamos a ir? ─pregunta Luisa viendo directamente a él.
─Iremos a Pekín en dos días, ¿les parece bien? ─pregunta y los tres se miran unos a otros, incluso Jota se encoge de hombros un par de veces con una sonrisa traviesa.
─Esta bien. ─asiente Luisa y sus hermanos imitan sus movimientos. ─Yo veré que ellos coman todo y se metan a la cama, pasaré a verla antes de dormir. ─dice d¿apenas levantando un a mano en señal de despedida.
─Me portaré bien, lo prometo. ─dice Jota dando muchos besos en el rostro de su madre entre risas, contagiando a todos.
─Descanse. ─la abraza Sandro y besa su mejilla con una sonrisa. ─y no se enoje por todo. ─susurra a su oído, él ya conoce a su madre durante el periodo, ya que al ser el más apegado a ella, la conoce muy bien, incluso en sus días.
Ha empezado a oscurecer fuera, y los niños han pasado varias horas en el agua, por lo que tan pronto como cenan la pizza que su madre ha ordenado, y se dan una ducha de agua caliente los tres caen rendidos en los brazos de morfeo, lo que es bueno para las escoltas, ya que gracias a que los niños descansan, ellos también pueden descansar.
─Has estado muy callada desde que los niños se fueron. ─dice Edward sentado al pie de la cama.
Dejando escapar un largo suspiro, ella se inclina hacia delante, talla sus ojos y se levanta, se ve molesta, y para fortuna de él, el cólico ha disminuido al punto de ser tolerable.
─Realmente estás molesta. ─musitó levantandose de la cama, y trata de acercarse a ella, pero a su vez se frena porque no quiere invadir su espacio.
─No lo sé. ─soltó una exhalación de molestia. Calla enseguida haciendo imposible siquiera que se escuche su respiración.
Estoy molesta, confundida, enredada con todo esto, debería ser sencillo, se supone que debería, él me ama, y yo a él, pero no parece suficiente, así que, ¿qué más da?. Lo esperé por casi dos años, y esperé una vida con él, con el sentimiento intacto, pero ahora estoy aquí, con tanto que él no me dice, y sé que de no haber una razón, él no me lo diría.
─Dilo, lo que sea que pase por tu mente, solo di...
─¿cuanto más sabré de ti?, ¿cuánto más debo saber? ─preguntó al voltearse con los brazos cruzados.
─No intento ocultar nada, es solo que...
─¿Cuántas veces has dicho exactamente lo mismo? ─lo interrumpe molesta. Ya es bastante evidente. ─No quiero arruinar esto. ─hace ademanes. ─pero es que cada vez está más arruinado y sostenerlo empieza a ver... No puedo tener una vida inestable, no puedo. ─niega con la cabeza.
─¿qué es lo que me estás diciendo? ─pregunta con la mirada fija en ella aterrado de que esta sea la última vez que hablan con tanta calma. Su postura pasa de sumiso a defensiva, intenta armar a su alrededor una coraza para que lo que ella vaya a decir no lo tire al suelo.
─Sabes mi pasado, lo conoces. ─masculló con pesar por lo horrible que ella puede recordar de su pasado. ─¿qué tanto necesito saber sobre las mujeres en tu pasado?
Edward sintió un ligero alivio, no daba por terminada su relación, pero una vez más había un ultimátum.
─La persona que mi madre intentó imponer como mi prometida, Karla Bassett, quien alguna vez me interesó en la universidad, Diana Sher, y quien fue mi novia, misma ahora se encuentra en un manicomio por causar el accidente que acabó con mi madre y hermana. Y la única persona por la que daría todo y más por solo verla sonreír, tú. ─dijo muy convincente. ─es todo. ─se encogió de hombros caminando a la ventana, y se detuvo al estar junto a ella.
─¿y ya no me ocultas nada? ─preguntó una vez más. Su corazón quiere realmente creer en él, lo necesita, se niega a creer que alguien como él pueda engañarla tan bien.
─Soy tan transparente contigo cómo puedo, lo prometo. ─voltea a verla. ─no renuncies a mi, no lo hagas... ─musitó con nostalgia.