De pie, con la mirada fija en su reflejo mira confundida los moretones en todo su cuerpo mientras Edward aún duerme. Intentaba buscar en su mente una respuesta de que decirle a él, ya que al ver por la ventana había un brillante sol, y sería absurdo cubrir su cuerpo con mangas largas y cuellos tortuga, sobre todo cuando ve el equipaje que han preparado para ella anticipando el clima del destino del día anterior.
─Lo siento. ─dice Edward desde la puerta, habia imposible verlo en su campo visual al tener su mirada fija en ella.
─Estoy bien. ─emuló una sonrisa, pero al recordar la facilidad con la que él reconocía la falsedad, desistió enseguida. ─no es tu culpa. ─musitó caminando a él, mientras se cubre lo mejor que puede los moretones que son varios y grandes, además de estar por doquier.
─no puedo creer que yo te hiciera eso... ─niega con culpa, incluso su respiración lo demuestra. ─lo lamento en verdad...
─Estoy bien. ─insiste cerrando su bata de dormir. ─solo fue una pesadilla.
─No debí quedarme dormido, debí cuidar de tí. ─dice martillando culpas recogidas por doquier.
─Nada de eso. ─insiste. Camina directo al equipaje de Edward y lo revisa meticulosamente.
─¿Qué haces? ─pregunta mirando como ella revisa todo.
─¡Este! ─saca una camiseta blanca con cuello tortuga de fino algodón, de Edward. ─Lo usaré bajo el vestido, así no habrá preguntas incómodas. ─sonríe aliviada genuinamente.
─Hay un buen sol fuera, ¿crees que nadie lo va a notar? ─pregunta afligido.
─Deja de culparte. ─lo regaña arqueando su ceja y arrugando el entrecejo, mientras pone sus manos en la cintura, como la clásica madre de antaño. ─me has causado más moretones en otros momentos, y los he disfrutado. ─intenta ponerle humor al momento.
─Pero estos... ─descubre su brazo, dejando ver el moretón que casi lo abarca todo.
─No hagas eso... ─murmuró acariciando su mejilla. ─yo estoy bien, y si no fuera tan delicada, tu única preocupación sería que desayunabamos. ─insiste. ─por favor, solo olvidalo, se borraran pronto. ─arqueó sus comisuras.
─Los niños no han despertado aún, pero sus escoltas ya deben estar despertandolos. ─asiente.
─En ese caso. ─besa sus labios suaves y fríos. ─no los hagamos esperar. ─susurró a solo milímetros de sus labios.
Tras un rápido cambio de bata a vestido, con el cabello suelto para cubrir el moretón tras su oreja, y algo de maquillaje para cubrir el moretón bajo su mentón, salió con una sonrisa de la habitación de la mano de Edward.
─Señora Argento, bienvenida. ─la recibe una mujer con porte elegante y uniforme n***o con detalles blanco, un peinado impecable, como si su cabello hubiese sido cepillado con pegamento, y tacones medianos blancos. ─Soy Andalucía Marie, y sere su ama de llaves, si necesita algo, o quiere hacer cambios, solo digamelo. ─dice con un tono muy suave y sutil.
─Gracias. ─asentí, ¿que se supone que haga a tal presentación?, Edward me mira como si fuese algo frágil, como un tesoro de fino cristal al filo una cumbre rocosa, es inevitable no sentirme mal. El jefe de escoltas ve a Edward y él a mi, en dado momento los dos me ven. ─¿Qué sucede? ─pregunté ante tal evento.
─Con el contratiempo y por la prisa de evacuar el lugar, no trajeron a los perros, ni ha pato, y el señorito Jota está inquieto ─dice el jefe de seguridad preocupado.
─Pide que los traigan, que usen el otro avión. ─ordena Edward, el guardaespalda asiente, y se retira enseguida.
─¿dónde están mis hijos?─preguntó a la ama de llaves, quien aguarda en silencio con la mirada fija en la pared frente a ella, como si lo que sea que suceda frente a ella no fuese de su interés a menos que se le pregunten directamente.
─Los señoritos...
─Niños. ─interrumpí hastiada de escuchar la palabra señorito todo el tiempo, son niños solo eso, tanta formalidad empieza a molestarme demasiado. ─Disculpe. ─dije enseguida al darse cuenta que he sido una perra con la amable ama de llaves, hasta parece que va a llorar por la manera en la que le he hablado. ─son solo niños. ─dije aprovechando que tengo las miradas de todo el personal de esta casa frente a mi, incluso parte del personal de seguridad. ─No quiero que se refieran a mis hijos como señorito, solo niños, mi hija si es señorita, pero los niños, solo eso, niños. ─dije y todos asienten.
─La señorita y los niños están en el jardín alimentando las aves, mientras esperaban el desayuno. ─dice la ama de llaves con la misma sutileza del inicio.
─Que sirvan el desayuno, y que vengan los niños. ─ordena Edward y el ama de llaves asiente retirándose con el personal tras ella.
Lo noto enojado, sé que no es conmigo y eso es un alivio, pero el saberlo enojado me preocupa, no me gusta que esté así, ni siquiera sé qué decirle, hacer por él.
Él toma mi mano todo el tiempo desde que bajamos del avión, y no la suelta más que para vestirnos, y no me gusta que esté tan intranquilo.
─Charles está por llegar, ¿podrías desayunar con los niños?, los alcanzaré después. ─dice besando su mano al llegar a la mesa que ya está servida, y nada casual, solo hay cuatro platos servidos.
─No hagas eso. ─musitó ella preocupada, ahora más.
─Para ser honesto intento encontrar a alguien, y no me siento físicamente bien para comer. ─dice discreto y de prisa al ver que los niños se acercan. ─por favor, te necesito a salvo y sana, solo desayuna con ellos, prometo que yo desayunaré en cuanto me sienta mejor. ─dice y asentí para su tranquilidad. Besa mi mano una vez más ante la presencia de mis hijos y se va, dejándome con ellos.
Definitivamente la niñez es un privilegio muy fugaz, y la ignorancia uno momentáneo, mis hijos desayunan en silencio como de costumbre, pero animados, aunque Jota no ha esperado más allá del último bocado para preguntar por pato. Le di tanta información como su corta y precoz vida podría llegar a comprender. No necesitaban saber nada sobre la situación de peligro en la que estuvieron expuesto, solo tenían que saber lo necesario para autopreservación bajo mi cuidado.
Empiezo a creer que fue un error garrafal traerlos y exponerlos a tanto.
─¿Dónde estamos? ─preguntó Luisa intentando obtener más información. Pero es algo que ni siquiera yo sé, así que en un intento de pedir ayuda sin pedirla en sí, miré a una de las escoltas de los niños.
─Los Hampton, señorita. ─dice una de ellas, y asentí en agradecimiento. Al ver como ella asintió discreta al verme, supe que entendió mi agradecimiento.
Bueno, ahora puedo decir que estoy en el lugar que había considerado lujoso, o eso dicen las películas que lo mencionan.