Capítulo 9: Un Pacto de Conveniencia

1055 Words
—¡Suéltame, maldita sea! —le grité a Cillian en cuanto entramos a la alcoba principal, mi voz resonando contra las paredes de piedra—. No me toques con esas manos llenas de sangre. Me importa un carajo si eres un verdugo o el mismísimo diablo, no vuelvas a ponerme una mano encima sin mi permiso. Él me soltó con una lentitud exasperante, alzando las manos enguantadas mientras una sonrisa ladeada, casi cruel, se dibujaba en su rostro perfecto. —Hace diez minutos me estabas pidiendo que te llevara al infierno con una antorcha, Elara. ¿Ya te arrepentiste? ¿O es que el olor a muerto de mi camisa te revolvió el estómago de princesa? —Me revuelve el estómago que me hables de "negocios" mientras escondes la mitad de las cartas bajo la mesa —le espeté, caminando de un lado a otro, sintiendo que el vestido de novia me asfixiaba—. Me dices que mi padre mató a la Reina, que Julian me quiere bajo tierra y que tú eres el salvador del reino. ¡No me jodas, Cillian! Eres un asesino que vive en un sótano lleno de mapas. ¿Por qué debería confiar en ti? Cillian se sentó en un sillón de terciopelo n***o, cruzando las piernas con una calma que me daba ganas de prenderle fuego. —Porque soy la única persona en este puto país que no gana nada con tu muerte. Muerta no me sirves. Viva, eres mi pase directo al corazón de los Ravenscroft. —Entonces hagamos las cosas claras —dije, deteniéndome frente a él—. Si este es un "pacto de conveniencia", quiero condiciones. No seré tu juguete, ni tu criada, ni mucho menos la decoración de tu castillo. —Te escucho, Duquesa. Suéltalo. —Viviremos como extraños. Puertas cerradas, camas separadas. Mantendremos la farsa frente al servicio y frente a mi familia, pero en cuanto crucemos el umbral de esta habitación, tú no eres mi marido y yo no soy tu mujer. No me hagas preguntas sobre lo que hago y yo no te las haré sobre a cuántas ratas les cortas las orejas por la noche. Cillian soltó una carcajada que me erizó la piel. —¿Extraños? Elara, acabas de robar un libro de contabilidad conmigo y me has visto matar a un hombre. Somos mucho más que extraños. Somos cómplices de un puto crimen. Pero acepto. No tengo intención de compartir mi cama con una mujer que duerme con un puñal bajo la almohada... porque sé que lo harás. —Me conoces mejor de lo que crees —murmuré con veneno. —Solo hay una cosa más —dijo él, levantándose y acercándose tanto que pude oler el sándalo mezclado con el cobre de la sangre fresca—. Mañana en el baile, tendrás que ser la mujer más enamorada del mundo. Quiero que Julian vea cómo me miras y que sienta que ha perdido el control. Quiero que Lysandra se pudra de envidia al ver que su "hermana tonta" se quedó con el hombre más poderoso de la sala. ¿Puedes hacerlo? —Puedo actuar mejor que Julian fingiendo que me amaba. Eso te lo aseguro. —Bien. Entonces tenemos un trato. Tú me das la información, yo te doy la cabeza de tu familia en una bandeja de plata. Estrechamos las manos. Su tacto era frío, firme. Parecía el final de la discusión, pero mientras él se daba la vuelta para dirigirse a su vestidor, una idea me golpeó con la fuerza de un rayo. —Cillian —lo llamé. Él se detuvo—. Si la "maldición" de tu familia era el nombre y la máscara... ¿por qué tu padre quería que fueras un monstruo? ¿Qué ganaba él con que el mundo te odiara? Él no se giró. Sus hombros se tensaron bajo la seda de la camisa. —Mi padre creía que el amor era una debilidad que los Blackwood no podíamos permitirnos. Quería que mi rostro fuera un secreto para que nadie pudiera amarme jamás. Así, solo tendría el poder. —¿Y funcionó? —pregunté con una curiosidad que me quemaba. —Mírame, Elara. Estoy casado con una mujer que me odia, en una casa llena de secretos y con sangre en las manos. Yo diría que funcionó a la perfección. Se encerró en su habitación, dejándome sola en la penumbra. Me acerqué al espejo y empecé a desabrocharme el vestido de novia con dedos torpes. Pero mientras lo hacía, recordé algo que había visto en el despacho, algo que mi mente había ignorado por el shock de la oreja cortada. En el tablero de Cillian, debajo de la foto de mi padre, había una fecha escrita a mano. Una fecha que no tenía nada que ver con los negocios de opio o la trata de esclavos. Era la fecha de mi nacimiento. Y al lado, una sola palabra escrita en rojo: *"Objetivo"*. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire frío de la noche. —Hijo de puta —susurré, mirando la puerta cerrada de Cillian—. Me conocías. Sabías quién era mucho antes de que mi madre te vendiera. Si él me había estado observando durante años, ¿qué era realmente este matrimonio? ¿Un rescate o una emboscada planificada con precisión quirúrgica? Me acosté en la cama inmensa, apretando el puñal que había escondido bajo la sábana. Cillian decía que me necesitaba viva, pero en este laberinto de Blackwood, las verdades cambiaban según la luz de las velas. Si él me estaba ocultando algo sobre mi pasado... si él era parte de la razón por la que mi vida era un desastre, no dudaría en usar ese mismo puñal. —Mañana —dije al techo oscuro—, mañana sabré quién es el verdadero monstruo. Afuera, el viento aullaba entre los árboles de Blackwood, sonando casi como un susurro. O como una risa. La Reina del Desastre no iba a dormir esa noche; tenía un baile que preparar y un reino que incendiar. Pero sobre todo, tenía un marido al que no podía dejar de vigilar ni un solo segundo. Porque en un pacto de conveniencia, el primero que se confía es el primero que termina con el cuello cortado.
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