Salimos por la ventana tan silenciosamente como habíamos entrado. Cuando volvimos a tocar el suelo del jardín, le entregué el libro.
—Tengo lo que querías —dije, mirándolo fijamente—. Ahora quiero mi parte.
—¿Y qué es exactamente lo que quieres primero? —preguntó él, guardando el libro.
—Quiero que Lysandra vea cómo le quito todo. Quiero que Julian me vea y sepa que soy lo último que verá antes de que sus ojos se apaguen. Y quiero que mi padre sepa que su "mercancía" ha vuelto para cobrar la factura.
Cillian me miró con una intensidad nueva. Ya no había aburrimiento en sus ojos azules. Había algo parecido al hambre.
—Vaya... parece que el monstruo de Blackwood ha encontrado una compañera de juegos a su altura.
—No te equivoques —le advertí mientras caminábamos de regreso hacia su carruaje oculto—. No soy tu compañera. Soy tu peor pesadilla si intentas traicionarme.
Él soltó una carcajada auténtica esta vez.
—¿Sabes qué es lo más divertido, Elara? Que Julian tenía razón en algo. Eres una mujer de sacrificios. Pero se equivocó en el altar. No te sacrificaste por amor... te estás sacrificando por odio. Y el odio nunca muere.
—Mañana hay un baile en la corte —dije, ignorando sus reflexiones—. Mi familia espera que yo no asista. Esperan que esté encerrada llorando o... muerta.
—¿Y qué pretendes hacer?
—Pretendo que el Duque de Blackwood y su nueva esposa hagan la entrada más espectacular de la historia. Quiero que el Rey vea quién tiene realmente el poder en este reino.
—Me gusta cómo piensas, Duquesa —Cillian me abrió la puerta del carruaje con una reverencia burlona—. Pero para eso, tendrás que aprender a bailar conmigo. Y te advierto... mis pasos suelen dejar sangre en el suelo.
—Entonces me pondré zapatos rojos —respondí, entrando en el carruaje—. Así no se notarán las manchas.
Mientras el carruaje arrancaba, miré por última vez la mansión de mi familia. Ya no era mi hogar. Era solo el primer edificio que iba a ver arder.
—Cillian —dije cuando ya estábamos en la oscuridad del vehículo.
—¿Dime?
—Esa risa que hiciste en la habitación... la que no sonaba humana. ¿Cómo la haces?
Él se inclinó hacia mí, dejando que la luz de un farol exterior iluminara solo la mitad de su rostro.
—No es un truco, Elara. Es lo que pasa cuando te arrancan el alma y te dejan solo el instinto. Pronto la harás tú también.
Me recosté en el asiento, sintiendo el peso del libro de contabilidad contra mi costado. El dolor de la traición de Julian seguía ahí, pero ahora era como un motor.
—Mañana —murmuré para mí misma—, el juego empieza de verdad.
—¡Eres un maldito cínico! —le espeté en cuanto la puerta de su despacho se cerró tras nosotros con un estruendo metálico—. ¡Me tuviste temblando de miedo, imaginando que me desollarías viva! ¡Toda la ciudad cree que eres un aborto del infierno! ¿Y para qué? ¿Para jugar a las sombras?
Cillian se quitó la chaqueta, arrojándola sobre una silla con una elegancia que me daban ganas de abofetearlo. Se desabrochó los primeros botones de la camisa, ignorando mi furia.
—La cara de monstruo mantiene a los curiosos lejos de mis asuntos, Elara. Es eficiente.
—¡Es una puta mentira! —grité, dándole un empujón que apenas lo movió—. ¡Dejaste que mi madre me vendiera como si fuera una ofrenda a un demonio! ¡Me hiciste creer que mi vida se había acabado!
Él se giró con una rapidez que me dejó sin aliento, acorralándome contra la puerta. Sus ojos azules estaban a centímetros de los míos, cargados de una frialdad que quemaba.
—¿Tu vida se acabó? No, jodida niña mimada. Tu vida empezó en el momento en que arrancaste ese velo. ¿Qué preferirías? ¿Casarte con un viejo gordo que te daría hijos y te ignoraría mientras se gasta tu dinero en putas? ¿O estar aquí, conmigo, planeando la caída de quienes te traicionaron?
—¡Preferiría que no me hubieran engañado! —le devolví el grito, aunque mi corazón martilleaba por su cercanía—. ¿Por qué te escondes? Si eres tan jodidamente guapo y poderoso, ¿por qué dejar que el reino te llame "La Bestia de Blackwood"?
Cillian soltó una risa amarga y se apartó. Caminó hacia un espejo de cuerpo entero y se detuvo frente a él.
—Porque la gente ve lo que quiere ver, Elara. Y lo que yo soy capaz de hacer... —se señaló la mandíbula perfecta— ...no encaja con este rostro. Si supieran que el hombre que los está arruinando tiene el aspecto de un santo, sospecharían de cada sonrisa. Pero si creen que soy un engendro, me dejan solo. El miedo es el mejor guardaespaldas.
—Eres un manipulador de mierda.
—Y tú eres mi esposa. Acéptalo de una puta vez.
Me crucé de brazos, tratando de calmar el temblor de mis manos.
—Dijiste que el monstruo estaba en lo que eres capaz de hacer. Enséñame. Si vamos a destruir a mi padre, quiero saber con qué clase de diablo estoy tratando.
Cillian me miró de reojo. Una chispa de curiosidad cruzó su mirada.
—¿De verdad quieres ver el laberinto, Duquesa? ¿O solo estás buscando una excusa para no admitir que te mueres de ganas de besar al "monstruo"?
—Vete a la mierda, Cillian.
Él sonrió, pero no fue una sonrisa amable. Se acercó a una de las estanterías cargadas de libros de leyes y tiró de un volumen encuadernado en piel humana, o eso parecía. Con un chasquido sordo, una sección de la pared se deslizó hacia atrás.
—Bienvenida al verdadero Blackwood —dijo, haciéndome un gesto para que pasara—. Pero ten cuidado. Una vez que entres, no hay forma de volver a ser la niña que jugaba a las muñecas con Julian.
—Julian ya está muerto para mí —sentencié, entrando en la oscuridad.
El pasadizo bajaba en espiral. El aire se volvió pesado, cargado de un olor a metal y pólvora.
Al llegar al fondo, la habitación se abrió en un espacio inmenso, iluminado por lámparas de gas.