Capítulo 15: El Cuarto Prohibido

1277 Words
—¿De verdad crees que una puta llave vieja me va a dar miedo, Cillian? He vivido en una casa llena de serpientes, esto es solo un juguete —le solté, apretando el metal contra mi palma hasta que me dolió. Él soltó un gruñido que intentaba ser una risa y se ajustó la máscara. —Esa boca te va a buscar la muerte, Duquesa. O algo mucho más largo y doloroso. Espérame en el comedor a medianoche. Si llegas un minuto tarde, consideraré que has elegido el bando de tu padre y te sacaré de aquí en una caja. —Vete a la mierda —le respondí, pero él ya caminaba hacia la salida del salón, dejándome con el corazón martilleando contra las costillas. No esperé a la medianoche. En cuanto escuché el eco de sus botas perderse en el ala oeste, mis pies empezaron a moverse por puro instinto de supervivencia. No soy idiota. Si Cillian Blackwood quería llevarme a unas catacumbas para "abrir un diario", lo último que iba a hacer era ir a ciegas. Necesitaba ventaja. Necesitaba saber qué carajos ocultaba este monstruo antes de que me enterrara viva con sus secretos de oro. Subí las escaleras de dos en dos, evitando a las pocas doncellas que quedaban tras el escándalo de la mañana. Me dirigí directamente al piso superior, hacia esa puerta de roble oscuro que siempre estaba custodiada por un silencio sepulcral. El cuarto prohibido. El santuario del Duque. —Si me pillas, me matas. Pero si no entro, ya estoy muerta —susurré frente a la cerradura. Saqué la llave que él me había entregado. Mis manos temblaban tanto que el metal chocó contra la madera con un sonido que me pareció un cañonazo. La llave giró. El mecanismo gimió como un alma en pena y la puerta se abrió lentamente, revelando un aire cargado de polvo, incienso y algo que olía a papel viejo y sangre seca. --- —¡Madre mía! —exclamé en voz baja, cerrando la puerta tras de mí. No era una celda de tortura, como había imaginado. Era una biblioteca. Pero no una de esas salas pomposas de mi padre llenas de libros que nadie leía. Esto era un caos de conocimiento prohibido. Paredes cubiertas de estantes que llegaban hasta el techo abovedado, manuscritos desparramados por el suelo y frascos con líquidos de colores extraños que brillaban en la penumbra. —¿Qué cojones es esto? —murmuré, acercándome a una mesa central. Había libros de alquimia, tratados sobre la muerte y mapas de regiones que no figuraban en los libros de geografía oficial. Pero en el centro, bajo la luz de una única vela que parecía no consumirse nunca, descansaba un diario de cuero n***o, desgastado y manchado. —"Propiedad de Alistair Blackwood" —leí en la primera página. El padre de Cillian. Empecé a pasar las hojas a toda prisa, con el miedo trepando por mi espalda. —"Día 40. La veta de oro no es oro. Es otra cosa. Exige un precio. La sangre de la estirpe debe ser derramada para que el hierro no se convierta en ceniza" —mi voz tembló al leer las palabras manuscritas—. "Cillian es el último. Si él falla, el castillo nos devorará a todos". —Interesante lectura, ¿verdad, Duquesa? —una voz helada tronó desde las sombras. Di un salto, tirando el diario al suelo. Cillian estaba apoyado contra una estantería, oculto en la oscuridad, con los brazos cruzados. No llevaba la máscara. Su rostro cicatrizado parecía una máscara de guerra bajo la luz de la vela. —¡Me has tendido una trampa! —le grité, buscando el puñal en mi liga, pero él fue más rápido. En un par de zancadas me tenía acorralada contra la mesa, sus manos aprisionando mis muñecas contra la madera. —Te di la llave para ver si eras tan estúpida como para usarla antes de tiempo —gruñó, pegando su frente a la mía—. Y mira por dónde, eres una pequeña ladrona curiosa. ¿Te gusta lo que has encontrado? ¿O prefieres que te cuente cómo terminó mi padre? —¡Suéltame, Cillian! ¡Ese diario dice que estás loco! ¡Habla de sacrificios, de sangre! —le escupí a la cara, forcejeando. —¡Dice la verdad! —rugió él, sacudiéndome—. ¿Crees que este castillo se mantiene en pie por buena suerte? Los Blackwood somos los guardianes de algo que tu padre no podría ni soñar. Él quiere oro. Yo solo quiero que esta maldición no me arranque la piel a tiras cada noche. Me quedé quieta. Su respiración era errática, y por primera vez, vi algo más que odio en sus ojos. Vi dolor. Un dolor tan antiguo y profundo que me hizo flaquear la furia. —¿Tu primera esposa... ella intentó leerlo? —pregunté en un susurro. Cillian me soltó de repente, dándome la espalda. Caminó hacia la ventana y golpeó el marco con rabia. —Ella no intentó leerlo, Elara. Ella intentó quemarlo. Quería destruir el castillo con todos nosotros dentro para "liberarnos". Tuve que detenerla. —¿Detenerla significa matarla? —insistí, acercándome con cautela. Él se giró lentamente. Su sonrisa era una mueca de agonía. —A veces, matar es el único acto de piedad que nos queda. Ella no podía soportar el peso de lo que hay ahí abajo. ¿Y tú? ¿Podrás soportarlo, o vas a salir corriendo como la cobarde que Julian cree que eres? —No soy una cobarde, pedazo de idiota —le respondí, recuperando mi orgullo—. Si hay una maldición, quiero mi parte del botín. Y si hay que derramar sangre, asegúrate de que no sea la mía. Cillian se acercó de nuevo, pero esta vez no había violencia en sus movimientos. Tomó mi mano y la puso sobre su pecho, justo encima del corazón. Latía con una fuerza brutal. —¿Sientes eso? Es lo único que me mantiene humano. Si esta noche bajamos y no logramos sellar la veta, no habrá Duque, ni Duquesa, ni Ravenscroft que valgan. Solo ceniza. —¿Sellarla? Dijiste que querías el mapa para el oro —dije, confundida. —Eso es lo que le dije a tu padre para que me dejara en paz —confesó él, su voz volviéndose un murmullo profundo—. Lo que quiero es enterrar ese secreto para siempre. Pero necesito la sangre de alguien que no sea un Blackwood para cerrar el portal. Una unión legal. Una consumación. Me quedé helada. El giro final me golpeó como un bofetón. —Por eso te casaste conmigo —susurré, dándome cuenta de la magnitud de la farsa—. No por el trato con mi padre. No por venganza. Me necesitabas como un puto sacrificio ritual. —No como un sacrificio, Elara —dijo él, agarrándome por la cintura y atrayéndome hacia su cuerpo con una posesión que me quemó—. Te necesito como mi ancla. Porque si me pierdo ahí abajo, tú eres la única que tiene la llave para volver a cerrarlo todo. —¿Y si elijo dejarte allí abajo y quedarme con todo? —le pregunté, desafiante, aunque mi cuerpo traicionaba mi mente, pegándose al suyo. Cillian me besó, un beso que sabía a despedida y a desafío, su lengua reclamando cada rincón de mi boca. —Entonces serás una verdadera Blackwood —jadeó contra mis labios—. Pero ahora, deja de hablar. El tiempo se acaba. ¿Vas a bajar conmigo al infierno, o prefieres que te encierre aquí para siempre?
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