Capítulo 13: El Precio de la Sangre

1076 Words
Él se giró, con una sonrisa diabólica iluminada por la luna. —Porque anoche, mientras bailábamos, sentí cómo te mojabas cuando te besé. No me mientas, Elara. Me odias, sí. Pero me deseas tanto como deseas salir de este agujero. Y yo soy el único que puede darte ambas cosas: venganza y placer. Se acercó de nuevo, y esta vez, sus labios no buscaron mi mejilla, sino mi cuello, mordiendo la piel con una ferocidad que me hizo soltar un gemido involuntario. —Prepárate —susurró contra mi piel—. Mañana llegan los invitados de "cortesía". Y esta vez, el juego no será solo de palabras. Cuando salió de la habitación, me dejé caer en la cama, con el cuerpo ardiendo. Tenía que matarlo. Tenía que escapar. Pero mientras me tocaba el lugar donde sus labios me habían marcado, solo podía pensar en una cosa. ¿Había más cartas? ¿O el giro final era que yo ya no quería irme? *** La mañana llegó con un frío que se colaba por las rendijas de las ventanas como dedos de espectro. No pegué ojo. Cada vez que cerraba los párpados, sentía los dientes de Cillian en mi cuello y el calor de su traición —o de la mía, ya ni sabía— quemándome las entrañas. Me levanté de la cama, arrastrando las sábanas de seda, y me miré al espejo. El moratón en mi cuello estaba floreciendo, una mancha violácea que gritaba posesión. —Hijo de puta —susurré, tocando la marca. La puerta se abrió sin previo aviso. No era una doncella. Era él. Cillian entró con una bandeja de plata, vestido de n***o impecable, la máscara de hierro cubriendo de nuevo la mitad de su rostro. —¿No te han enseñado a llamar, pedazo de animal? —le espeté, cubriéndome con la bata de seda. —Mi casa, mis reglas, Elara. Además, ya he visto todo lo que tienes que ofrecer —dejó la bandeja con un golpe seco sobre la mesa—. Desayuna. Tienes diez minutos para dejar de parecer un cadáver y ponerte algo que diga "soy la dueña de este puto infierno". —¿Y qué si no quiero? ¿Vas a arrastrarme como a la doncella? Cillian se acercó, sus botas resonando contra el mármol. Se detuvo a milímetros de mí, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. —Si no bajas por tu propio pie, te bajaré al hombro y dejaré que tus parientes vean cómo te azoto delante de ellos. Los carruajes están cruzando el puente. Julian viene con tu hermana. Y traen a alguien más. —¿A quién? —sentí un nudo de ansiedad apretándome la garganta. —Al Notario Real. Tu padre no solo quiere "salvarte", Elara. Quiere impugnar nuestro matrimonio alegando que estás bajo coacción. Quieren el control de las minas de hierro que hay bajo este castillo. Si ellos ganan, yo pierdo mi cabeza y tú vuelves a ser la moneda de cambio de tu padre. ¿Eso es lo que quieres? Me quedé en silencio. La farsa se estaba volviendo una guerra de supervivencia. —¿Qué tengo que hacer? —pregunté, mi voz ahora un hilo de acero. —Miente —dijo él, pasando un dedo por mi labio inferior—. Miente como si tu vida dependiera de ello, porque así es. Muéstrales que este "monstruo" es el único que te hace gritar de placer, no de terror. --- Bajé las escaleras del gran salón media hora después. Llevaba un vestido de terciopelo rojo sangre, tan ajustado que apenas podía respirar, y el cuello cubierto por una gargantilla de diamantes que Cillian me había abrochado personalmente, apretándola justo lo necesario para recordarme quién tenía la correa. Al final de la escalera, la delegación de los Ravenscroft me esperaba. Mi padre, con su cara de borracho redimido; Lysandra, luciendo un vestido ridículamente pomposo; Julian, que parecía haber pasado la noche llorando en un burdel; y un hombre bajito y calvo con un fajo de papeles: el Notario. —¡Elara! ¡Hija mía! —mi padre dio un paso adelante, extendiendo los brazos como si fuera un santo—. Vinimos a sacarte de esta pesadilla. ¡Mira cómo estás! Estás pálida, esa joya parece un grillete... —Siéntate, papá —le corté, mi voz resonando en el salón vacío—. Y guarda los brazos. El único que me toca aquí es mi marido. Lysandra soltó una carcajada estridente. —¡Por Dios, Elara! Deja de actuar. Julian nos contó lo de la carta. Sabemos que estás aterrorizada. ¡Notario, mírale el cuello! Tiene una marca... ¡la está maltratando! Cillian, que estaba apoyado contra la chimenea, soltó una risa seca y metálica. —¿Maltrato, cuñadita? Eso es lo que pasa cuando uno tiene una noche movida. Julian no sabría distinguir un chupetón de una herida de guerra porque dudo que alguna vez haya tenido a una mujer que muerda de vuelta. —¡Basta de groserías! —chilló Julian, dando un paso al frente—. ¡Tengo la carta! ¡La que ella escribió pidiendo auxilio! Saqué el abanico y lo abrí con un chasquido. —¿Otra carta, Julian? ¿No te cansaste de hacer el ridículo anoche? Enséñala. Enséñala delante del Notario. Julian sacó un papel del bolsillo, triunfante. —Aquí está. "Ayúdenme, Cillian es un sádico, temo por mi vida...". Me acerqué a él, arrastrando la cola del vestido. Le arrebaté el papel y lo miré con desprecio. Luego, miré al Notario. —Señor Notario, ¿podría decirme si esta es mi letra? El hombre se puso las gafas y comparó el papel con un registro que yo había firmado minutos antes en la cocina. —Esto... esto es una burda imitación, caballero. No coincide ni el trazo ni la presión. De hecho... parece la letra de una persona zurda. Todas las miradas se dirigieron a Lysandra, que estaba escondiendo su mano izquierda tras la espalda. —¡Maldita sea, Lysandra! ¡Te dije que lo hicieras bien! —rugió mi padre, dándole un bofetón que la mandó al suelo. —¡Papá! —chilló ella. Cillian se separó de la chimenea, su sombra proyectándose sobre ellos como la de un verdugo. —Qué escena tan encantadora. Un padre que golpea a su hija, un exnovio que falsifica documentos... y venís a hablar de mi moralidad.
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