—Por favor, Nolan, déjame ir... —Ella lloró, lanzando sus manos en el aire. —Solo pagarás por tus pecados —escupió él, llevándola directamente a su habitación. El corazón de Layla se hundió cuando él la llevó a la habitación. Sabía que lo que iba a suceder no iba a ser bueno. Se sentía impotente y desamparada, como si estuviera a merced de él. —Nolan, por favor, no... —Layla suplicó con agonía. Estaba totalmente indefensa. No sabía qué hacer, qué decir. Se sentía atrapada, sin salida. —Lo siento mucho, de verdad. Sintió una lágrima rodar por su mejilla y se la secó. —Por favor, perdóname. Pero él no la escuchó mientras la arrojaba a la cama como una muñeca de trapo. Layla intentó moverse, defenderse, pero no era rival para él. La sujetó, su agarre de hierro. Sintió un pánico cr

