Capítulo 3

2570 Words
El amanecer salía por el horizonte cuando desperté, la luz proyectaba sombras plateadas a través de las paredes de la habitación. La casa estaba en silencio, solo el golpe de las olas contra las colinas rompían la quietud de la mañana. Una mirada cuidadosa reveló que Rebel yacía exactamente donde había estado la noche anterior. Al menos no me había comido mientras dormía. Viendo que mis ojos estaban abiertos, Rebel se puso en pie, bajando sus patas frontales y estirando su cuerpo con una larga sacudida, la cual atravesó todo su cuerpo hasta su cola peluda. Cuando dejó caer su enorme cabeza sobre la almohada a mi lado, consideré arrojarme de la cama por un segundo. Pero su expresión era tan patética, que me reí en su lugar. Acaricié su cabeza tentativamente, sorprendida por descubrir que su largo pelaje n***o era sorprendentemente suave. Rebel cerró sus ojos y un ruido bajo se instaló en su pecho, haciéndolo parecerse a un enorme gato ronroneando. Por unos minutos, continué acariciando su piel, divertida por la reacción que recibía. Era más perro de lo que había esperado, obviamente saboreaba el gesto reconfortante de ser acariciado. Pareció indignarse cuando dejé de rascarlo, observándome con reproche. —No puedo pasar todo el día rascándote —le advertí. Haciendo las cobijas a un lado, me senté a un lado de la cama, bostezando mientras estudiaba la habitación. Era innegablemente masculina y exactamente lo que esperaba de Ash. Muebles de roble dominaban la habitación, la madera oscura se equilibraba con un edredón de diseño oriental con sombras de verde y dorado. Una alfombra felpuda de pino verde hacía juego con cortinas pesadas de un tono similar. Ash había colocado una pintura grande sobre la cama, una mujer afroamericana con cabello cubierto de cuentas y unos sensuales labios llenos. Ash necesitaba a una mujer en su vida. Había sido soltero por tanto tiempo como podía recordar, tenía citas constantemente pero nunca se establecía en una relación a largo plazo. A través de los años que lo había conocido, solo había tenido una novia de largo plazo, que llevó a un matrimonio corto hacía siete años. Marianne era hermosa, pero Ash estaba muy dedicado a su trabajo, atado a una carrera que lo veía trabajando por muchas horas y que lo llamaba de inmediato. Era difícil para cualquier mujer ser el rol secundario en la carrera de un hombre y aunque Ash y Marianne habían intentado en serio, el esfuerzo fue demasiado tras dos años. Lo último que había escuchado era que ella se había vuelto a casar y vivía en Colorado con su esposo y un par de niños. Ash no había tenido muchas citas desde el rompimiento de su matrimonio, en su lugar se sumergió aún más en su carrera. Era una lástima, porque era un hombre maravilloso y merecía una amorosa relación con una mujer que lo amara. Bryan había tenido la misma opinión sobre el matrimonio, insistiendo que estar casado con un policía de encubierto no era una vida para una mujer. Bryan había hecho tiempo para tener citas prolíficamente, desarrollando un aterrador hábito de amar y dejar a las mujeres de forma estable. Algunas veces me preguntaba yo si la vida de encubierto había hecho a Bryan como era, ¿o era un rasgo inherente de su personalidad? Nunca había mostrado ningún deseo de establecerse con una mujer, y muy seguido era yo quien tenía que recoger los trozos, actuando como la tía agonía de muchas de las novias que habían caído a sus pies y se habían quemado sus dedos cuando buscaron más de lo que Bryan estaba dispuesto a dar. Masajeé el champú a través de mi cabello en la regadera mientras pensaba en Bryan. Él había sido un conquistador, pero nunca dañaba deliberadamente a las mujeres con las que salía. A decir verdad tenía una habilidad misteriosa de tratar a las mujeres con profundo respeto; ellas invariablemente se culpaban a sí mismas cuando él terminaba con ellas. Milagrosamente nunca era la culpa de Bryan; las mujeres en su vida estaban convencidas completamente de que había sido por algo que ellas habían hecho. Lo extrañaba con tanta intensidad, y eso creaba un dolor físico en mi pecho. Él siempre se hacía de tiempo para verme, a pesar de estar ocupado con su carrera y su desfile interminable de novias. Había venido a casa al menos una vez a la semana, algunas veces se quedaba dormido en mi sillón debido al agotamiento puro. La vida como un operativo encubierto era brutal, pero él no podía vivir sin su dosis de adrenalina. No podía hablar de lo que hacía y era claro por los tiempos erráticos en que llegaba, que estaba haciendo tiempo para mi, alrededor de los casos en los que trabajaba. Algunas veces llegaba a las dos de la mañana, pero siempre llegaba, siempre le importaba, siempre había estado ahí para mí. Estar de encubierto era un trabajo peligroso la mayoría de las veces, pero no lo había matado. Bryan había perdido su vida intentando salvarme y eso había creado una sensación de culpa tan intensa, que pensé que mi corazón se rompería por ello. Si no me hubiera vuelto víctima del Destripador, Bryan seguiría vivo. Cerrando las llaves, salí de la bañera y busqué una toalla, rolando los ojos a Rebel quien yacía sobre el suelo de azulejo. —Esto va a parar —le advertí, frotando la toalla contra mi piel mojada—. Shep podrá pensar que necesito un guardia… lobo, pero ciertamente no te necesito en el baño. loboRebel observó hacia arriba y ladró una vez, antes de dejar caer su cabeza sobre sus patas. Vistiéndome con mis pantalones de mezclilla y un suéter rojo de cachemira, me puse calcetines y un par de tenis antes de dirigirme al piso inferior. Mis esfuerzos por no hacer ruido fueron tirados a la basura cuando Rebel bajó corriendo las escaleras, con sus garras haciendo ruido en la madera. Una mirada hacia la sala confirmó que Ash aún estaba dormido en el sofá. Shelby y Taylor habían decidido quedarse en un motel, pero no había señal de Shep. Quizá también había decidido la opción de un motel. —Buenos días, Gatita. ¿Quieres café? La aparición abrupta de Shep en la puerta del comedor fue alarmante. Estaba sin camisa, vistiendo unos pantalones de mezclilla deslavados, que llegaban a su cadera baja. Las hormonas agitadas rebotaron con vida mientras mi mirada recorría la amplia extensión de piel bronceada, realzada por pezones marrón oscuro, lo cual capturó mi atención. Tenía un tatuaje sobre su pezón izquierdo, un patrón tribal que se expandía sobre su hombro y bajaba por su brazo. Tomando un profundo respiro, me forcé a levantar la mirada, captando el brillo divertido de sus ojos. —Sí, gracias. Shep caminó hacia la cocina y lo seguí, intentando recuperar algo de control sobre mis reacciones. Observar el músculo finamente definido flexionarse en su espalda no me ayudó, y resistí la necesidad de estirarme y tocarlo. Apretando mis manos en puño, subí a un taburete en la barra desayunadora, viendo a Shep verter café en una taza y agregarle leche antes de entregármelo. —¿Dormiste bien? Me encogí de hombros, dando un sorbo al café caliente. — Tan bien como siempre lo hago. Shep llevó su propia taza a sus labios, dando un trago antes de hablar: —Estar lejos de Chicago podría ayudar. No me gusta el plan de Ash, pero podría ayudarte a relajarte. —¿Por qué no te gusta el plan de Ash? —No estoy cómodo contigo aquí sola. Por eso traje a Rebel conmigo, me hace sentir más seguro saber que tienes un respaldo. —Nadie sabe que estoy aquí. ¿Seguramente esto es más seguro que quedarme en Chicago? Shep frunció el ceño y un músculo en su quijada palpitó. —Eso espero, gatita. Este bastardo es inteligente. Me gusta pensar que estamos un paso delante de él, pero hasta que no esté encerrado, no podré relajarme. —Gracias por cuidar de mí —ofrecí suavemente. Shep sonrió con debilidad. —Se lo debo a Bryan el cuidar de ti, Finn. El era un buen hombre. Sostuve la taza entre mis manos, calentando mi piel contra la porcelana caliente. —Podría ayudar si pudiera recordar algo de utilidad. —¿Aún no puedes recordar los detalles? Negué con mi cabeza desanimadamente. El doctor había dicho que sufría de amnesia histérica, lo que fuera que eso significara. Nunca había sufrido histeria en mi vida, y sin embargo ahora había grandes fragmentos faltantes de mi memoria. Las primeras horas después de que fui capturada eran claras, todo lo que ocurrió después estaba en blanco, o borroso en el mejor de los casos. El día que había sido secuestrada había comenzado de forma normal: había ido a hacer entregas, llevando piezas terminadas al dueño de la tienda que las vendía. El día de entregas siempre era frenético, pero prefería asignar un día a la semana para hacer el trabajo, dejando el resto de la semana para esculpir y dar clases en el colegio comunitario local. Después de detenerme para comer con un par de amigos, me dirigí a casa, con la intención de trabajar por una hora o dos antes de prepararme para una cita. La siempre optimista Shelby me había presentado a un nuevo sujeto, y él me llevaría a cenar. Al llegar al edificio de mi departamento, me detuve en el aparcamiento subterráneo, deteniéndome solo lo suficiente para juntar unos papeles y mi bolso. Al bajar del carro, descendí a una pesadilla. Alguien se colocó detrás de mí, sujetando una tela con un aroma dulce en mi rostro y perdí la conciencia en segundos. Cuando desperté, la oscuridad era absoluta; estaba convencida de que había sido cegada. Mis brazos estaban estirados sobre mi cabeza y amarrados. Agité frenéticamente mis dedos temblorosos, descubriendo que mis muñecas estaban sujetas con esposas, atadas a un aro de metal sobre mi cabeza. No había ni una g****a de luz, pero conforme el tiempo pasaba y yo agudizaba mis demás sentidos, escuché un sutil goteo sobre mí. El aire helado y el olor a tierra húmeda me sugirieron que podría ser una cueva. Si era una cueva, debía estar en lo profundo de las entrañas de la tierra dada la total falta de luz. Me tomó un tiempo darme cuenta que no estaba sola. Débiles gemidos y quejidos eran difíciles de distinguir al principio, pero se volvieron más fuertes conforme pasaba el tiempo y yo grité, intentando atraer la atención de la otra persona. Cuando ella comenzó a hablar, sus palabras me estremecieron hasta la médula, y destacaba exactamente a qué tanto peligro nos enfrentábamos. Su nombre era Bonita Templewood y, en débil voz, confirmó que también era una prisionera. Bonita no sabía cuánto tiempo llevaba ahí, solo que había llegado antes que yo. —¿Ya te ha lastimado? —preguntó de forma apática. —Mi pecho duele, arriba de mi busto —confirmé, asustada por el contexto de la pregunta. —Eso es lo primero que hace, te marca como al ganado —dijo Bonita con amargura—. Te marca como suya —Hubo una larga pausa y la escuché toser violentamente antes de que hablara de nuevo—. Es un corazón. Mi sangre se congeló en mis venas y un temblor violento comenzó en mis extremidades, el cual intenté controlar. Había escuchado del Destripador de Corazones de Chicago, era imposible no haber escuchado de sus violentos ataques. Por más de dieciocho meses, había estado secuestrando prostitutas por toda la ciudad. Eran encontradas exactamente siete días después de desaparecer, tiradas en las calles de Chicago, desnudas, con sus cuerpos cortados y mutilados. Cada una podía ser reconocida como la víctima del Destripador, por el corazón tallado en sus pechos, arriba del seno izquierdo. Era la única marca distinguible en cuerpos sádicamente lacerados. Los informes de los medios sugerían que las heridas eran perpetradas cuando las víctimas estaban con vida, torturadas por días hasta que el Destripador se cansaba de sus juegos enfermos y las sacaba de su miseria. —¿De dónde te tomó? —preguntó Bonita—. Yo estaba trabajando en la Calle 49, cerca de ‘Cromwell’. —Me secuestró del edificio de mi departamento. —Oye, niña, ¿no estabas trabajando en la calles? —demandó saber Bonita. —No, yo nunca he sido… —Me esforzaba por filtrar mis pensamientos a través del pánico que incrementaba. —¿No eres una puta? Pues, mierda, eso no tiene sentido —dijo Bonita con incredulidad, con un tono de voz más fuerte—. ¿Por qué te secuestraría? —No lo sé —admití. —Bueno, sean cuales sean sus razones, una cosa es segura. Mi tiempo ya casi termina. —¿Qué? ¿Qué quieres decir? —exigí, probando las ataduras nuevamente. —Secuestra a una nueva mujer, justo antes de matar a la que tiene cautiva. Solo me quedan un día o dos —declaró Bonita—. Todos tienen siete días, eso es lo que decían en el noticiero. —Bonita… lo siento tanto —Era una respuesta insignificante, pero me esforzaba por comprender la dimensión de la situación. —No lo sientas, niña —respondió Bonita, por lo bajo—. Estaré encantada de morir. Era imposible imaginarse lo que Bonita había sufrido. ¿Qué podría ser tan terrible como para hacer que la muerte fuera la mejor opción? Imágenes horribles llenaron mi mente mientras yo recordaba los fragmentos espantosos de los periódicos. El tiempo no era sencillo de medir en la completa oscuridad. Parecía que habían pasado horas, o quizá solo habían sido minutos, cuando el sonido cadencioso de fuertes pisadas llegó a mis oídos. Los pasos eran dados con deliberación, y se acercaban cada vez más, haciendo un eco extraño. Mi corazón latía desbocado al ritmo del castañeteo de mis dientes. El sonido de esas pisadas era lo más aterrador que jamás había escuchado. Bonita comenzó a gemir, el sonido era escalofriante en la oscuridad total. Lo que siguió es insoportable de pensar y ha llenado mis pesadillas. Bonita gritó y repetitivamente rogó por misericordia, mientras el Destripador hacía cosas inconcebibles, su voz era gutural y monótona. Habló de lo que estaba haciendo, como si estuviera narrando un documental pervertido. Describió lo que me haría a continuación. Las lágrimas recorrieron mis mejillas y la sangre goteó de mis antebrazos mientras yo tiraba de las esposas, desesperada por escapar. Los gritos de Bonita disminuyeron, siendo progresivamente reemplazados por gemidos de misericordia, y después un silencio bendito. Me pregunté si ella estaba muerta, si él la había matado. Un terror abyecto llenó mi pecho, sabiendo que yo era la siguiente. El sonido de pasos rítmicos comenzó otra vez, avanzando hacia mí sin prisa y yo tiré contra las ataduras, frenética en medio de mi pánico. Unas manos frías acariciaron mis brazos y yo grité. Aunque no podía verlo, podía sentirlo de pie cerca de mí y mi piel se estremeció. Él frotó sus manos lentamente y de forma sistemática sobre mis hombros y brazos, antes de acariciar mis pechos. —Eres mi princesa, Finnola —murmuró, frotándose contra mí y yo quise vomitar, sintiendo la bilis en mi garganta, ahogándome—. Siempre serás mía, para siempre.
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