No habían planeado verse esa noche, pero honestamente Deivis lo necesitaba, necesitaba estar entre los brazos fuertes de Erick, aspirar su aroma, sentir el calor de su piel, la urgencia de sus besos, la presicion con la que le hacía el amor. Necesitaba olvidar, necesitaba el consuelo que solo Erick podía darle, por que su vida iba en picada sin importar cuanto se esforzara por salir adelante.
Deivis había visitado a sus padres en prisión por primera y última vez. Ya estaban perdiendo la cordura y apenas lo reconocían. ¿Qué demonios les estaban haciendo en ese asqueroso lugar? Habían sido sombras espantosas de lo que eran antes. Se veían más viejos, cansados y ojerosos. El hermoso rostro de su madre estaba cubierto de arrugas y una profunda tristeza que le carcomía el alma. Se sentía tan jodidamente inútil, no podía hacer nada para ayudarla, para librarla de aquel maldito infierno. Ella le pidió que cuidara sus rosas, ni siquiera se imaginaba que ya no tenían su hermosa casa con hectáreas de fantásticos jardines. No tuvo el corazón para decirle, no deseaba acarrear más amargura a su vida.
Él nunca iba a regresar. No podía, no tenía la fortaleza para enfrentar esa cruel realidad. Sus cimientos en ese momento estaban construidos sobre arena y estaba a nada de desmoronarse completamente.
Deseó saber cómo contactar a Erick y rogarle que se quedara con él, las llamadas no funcionaban por que al intentarlo lo enviaba a buzón de voz. Quiso ir a su casa, pero no deseaba irrumpir su privacidad, se prometió a si mismo no volver a exponerlos de esa manera. El único lugar al que podía ir en ese momento era a la casa abandonada de la calle San Sebastián, después de todo, el amor se reducía a las viejas y carcomidas paredes de esa casa. Si no podía estar con Erick, al menos podría dormir en su cama, imaginar que estaba a su lado.
Acababa de llegar a lo alto de las escaleras cuando escuchó la voz de Erick. Deivis quedó petrificado a medio camino.
—Ven aquí, —dijo Deivis. —Te ves más bonita que nunca, —Aquel cumplido fue dicho con voz juguetona y coqueta. En ese momento las piernas de Deivis temblaron. —Quítate las bragas, —ordenó Deivis con voz ronca.
El tiempo se detuvo. La respiración de Deivis se detuvo. Su corazón se detuvo. Prácticamente todo su mundo se detuvo.
Todo se vuelve confuso e irreal, Deivis subió los escalones que le faltaban y desde el umbral de la puerta pudo ver el pelo pelirrojo y el sujetador rosa de Lizzy, mientras jugueteaba con los elásticos de sus bragas. Recorrió el cuarto con la mirada y la fijó en Erick, quién estaba moviéndose debajo de la ropa de cama. Observó su rostro, tan bonito y masculino, escuchó sus risas y suspiros y finalmente el coqueteo barato de ella.
—¿Por qué no vienes y me las quitas tu mismo? —La melodiosa voz de la mujer provocó que Deivis perdiera el equilibrio y se sujetara con fuerza del pasamanos.
—Oh nena, ven aquí. —Erick se descubre dejando al descubierto su erguida erección. Lizzy rápidamente se quita las bragas y se mete en la cama con él.
Los ojos de Deivis se humedecieron, pero no se permitió llorar. Rápidamente se dió la vuelta y con pasos torpes y lentos bajó las escaleras quedando nuevamente a la mitad. De pronto, sintió su corazón ser desgarrado al escuchar un maldito "te amo" por parte de Erick, por que aquellos te amo no eran para él, eran para ella.
En ese momento perdió la noción del tiempo y el espacio, no tiene idea de cuánto tiempo estuvo allí de pie en medio de las arruinadas escaleras. Solo sabe que estuvo el tiempo suficiente para que cayera la oscuridad y la pelirroja se durmiera entre los brazos del hombre que él tanto amaba. Erick en ese momento se levantó para buscar sus jeans y su camiseta cuando sus ojos se encontraron.
Nunca sabrá lo que habría dicho Erick, o si siquiera tendría la intención de decir algo al respecto. Cuando abrió la boca, Deivis desapareció, bajó rápidamente las escaleras y abandonó aquella casa para siempre. Sin haber planeado adónde ir, terminó en el jardín de rosas en ruinas de su madre, la casa estaba en venta, por lo que aún estaba deshabitada y descuidada. Mientras yacía entre las espinas, trató de llorar, pero no pudo. Las lágrimas simplemente no salían.
No fue consciente de si mismo hasta el día siguiente, cuando los primeros rayos del sol dieron de lleno en su rostro. Abrió los ojos despacio, los recuerdos del día anterior azotaron su mente y todo su cuerpo tembló. Se puso de pie y abandonó los terrenos de su antiguo hogar, encaminándose a su propio apartamento para tomar una ducha y prepararse para el trabajo en la cafetería.
Estaba destrozado, le dolía el alma y no sabía que mierda hacer con su vida. Erick era su cable a tierra y ahora, nada lo anclaba a la realidad, estaba a la deriva en medio de tanta oscuridad. ¿Alguna vez volvería a salir el sol para él? Honestamente, lo dudaba demasiado.
•••
Llegó treinta minutos tarde a su trabajo, el señor Dickens se encontraba furioso y se lo hizo notar nada más llegar. Deivis se sentía agotado tanto física como psicológicamente, por lo que decidió escuchar todo el sermón del hombre sin discutir. Los otros empleados de la cafetería estaban presentes y más de uno sonreía ante las rudas palabras del jefe.
—¿Qué son estas horas de llegar, Deivis Müller? —Hugo Dickens, un hombre de avanzada edad, pelo cano y pronunciadas entradas, su cara regordeta le daba un aspecto de ternura y simpatía, pero el hombre estaba muy lejano de ser de tal modo.
—Lo lamento señor, tuve un problema... —Con voz trémula respondió mientras frotaba sus manos nervioso.
—¿Crees que tus problemas me importan, estúpido infeliz? —El hombre comenzó a alzar la voz llamando la atención de los pocos clientes que quedaban. —Deberías ser responsable y estar agradecido de que te dí empleo, en esta maldita ciudad nadie te contratará para nada, ¡eres el hijo de criminales y degenerados! ¡De seguro eres igual que la basura de tu padre! —Los murmullos de los espectadores comenzaban a hacer eco dentro de la cafetería.
—No hable de mis padres, no tiene ningún derecho a hacerlo y tampoco a faltarme el respeto... —Apretó sus puños con rabia y su mirada se tornó fría. —Mi padre cometió errores, está pagando por ellos y usted no es nadie para juzgarlo. ¿O qué, me va a negar que le encanta acostarse con jovencitas que podrían ser su hija, mejor dicho, podrían ser sus nietas? —Alzó una de sus cejas en un gesto desafiante.
—¿Cómo te atreves, maldito bastardo? —El hombre enrojeció de la ira y antes de que pudiera arremeter contra Deivis, Bruno se interpuso.
—Ya basta, señor Dickens, ahí clientes esperando ser atendidos... No es el momento ni el lugar. —Bruno se mantuvo firme frente al hombre.
—Esta bien, ¡pero tú! —Señaló a Deivis con su índice —¡estás despedido, largo de mi cafetería!
—Ningún problema, me largo, pero antes pague los días que he trabajado, de los contrario no me moveré de este maldito lugar. —Sus extremidades comenzaron a temblar y sentía que le faltaba el aire, aún así, se mantuvo firme.
El señor Dickens, empujó a Bruno y se encaminó hasta la caja, tomó un montón de billetes para posteriormente arrugarlos y aventarle el dinero a Deivis en la cara. Ante tal escena, los otros trabajadores que observaban la escena comenzaron a reír, solo Bruno se mantuvo en silencio.
—¡Coge el maldito dinero y lárgate! —Gritó el hombre fuera de si.
Deivis, observó al señor Dickens con auténtico odio en la mirada, mordió su labio inferior y tragándose el poco orgullo que aún conservaba se arrodilló frente a todos y recogió el dinero. En su situación actual no podía darse el lujo de abandonar la cafetería sin ese dinero, lo necesitaba para pagar sus gastos básicos, de lo contrario quedaría literalmente en la calle.
Una vez que recogió todos los billetes los guardó en el bolsillo trasero de su desgastado jeans. Cabizbajo abandonó la cafetería, las risas y burlas de sus ex compañeros de trabajo y de algunos clientes que estaban presenciando todo el espectáculo que su antiguo jefe se montó resonaban en sus oídos, haciéndole sentir aún más miserable de lo que ya se sentía. Su vida era un rotunda mierda y a cada día que le tocaba vivir le tocaba aprender que siempre se puede estar un poco más bajo.