Ni bien habían terminado ambos de mostrar su agrado a base de quejidos y gimoteos sofocados por el beso, Erick llevó sus manos hacia la nuca de Deivis y bruscamente entrelazó los dedos en su pelo, inclinó la cabeza hacia un lado para tener más acceso a su boca y sumergió su lengua lo más adentro que pudo llegar. Ante eso, Deivis gimió más, completamente perdido en el momento, completamente jodido. Levantó las manos con lentitud y torpeza. Tentativamente. Con ansia y miedo a partes idénticas. Ciegamente las llevó hacia delante y con las puntas de los dedos tocó la piel caliente del torso de Snowden. Lo que provocó que éste pegara un leve respingo y separara sus labios de los de él; apenas unos cuantos segundos, pero los suficientes para mascullar un "Dios mío, Deivis" y luego suspirar algo que sonó como "Sí, así, tócame, por favor" y continuar besándolo.
Sintiéndose envalentonado por la reacción tan positiva de Erick, Deivis se atrevió a colocar sus palmas abiertas sobre su pecho. Fue entonces cuando se dio cuenta de que las manos le estaban temblando: no pudo extender sus dedos sobre la ardiente piel de los pectorales de su amante, sino que sus dígitos se retrajeron en tembleques espasmos como si temieran que, una vez tocando el cuerpo del otro, no podrían despegarse jamás y el miedo a perderlo se acentuará en la yema de sus dedos.
Deivis extendió las manos y sus pulgares rozaron los pezones de Erick. Fue como oprimir el botón de algún aparato electrónico. Erick aspiró una brusca bocanada de aire al tiempo que se movía hacia atrás la cabeza, separándose de los labios del rubio como si sus caricias lo distrajeran demasiado como para seguir besándolo. Fascinado ante esas respuestas, Deivis abrió los ojos y posó su mirada en el pecho bien definido de Erick, acariciando los pezones de éste con genuina devoción, preguntándose si realmente se sentiría así de bien ser tocado por otra persona. Había pensado que sólo las chicas respondían así a las caricias, pero era evidente que no. Erick parecía estar perdiendo la razón, siseando y jadeando ante cada movimiento realizado por las manos de Deivis, y él no sabía en dónde posar la vista: llevaba sus ojos del torso de su amante hacia su rostro y luego regresaba a bajarlos. Observó a sus propias manos recorrer el pecho del otro con cierta timidez, pasando los dedos por cada curva y subiendo hasta la garganta del moreno. Nunca se habían tomado el tiempo suficiente para explorarse mutuamente de esta manera.
Erick levantó la barbilla, brindándole a Deivis más acceso. Éste le tocó apenas levemente la manzana de Adán que, debido a las constantes bocanas que el moreno estaba dando, subía y bajaba tentadoramente por lo largo de su cuello. La sensación de aquel hueso tan masculino bajo sus dedos tuvo un efecto de huracán sobre Deivis: se dio cuenta de lo que estaba a punto de suceder. Se estaba entregando no solo en cuerpo al hombre que amaba, también le estaba entregando su alma.
Y sentía que era recíproco, que no era sólo por curiosidad como Erick decía.
La epifanía de la autenticidad de su deseo fue tan brutal y, al mismo tiempo, tan predecible, que lo asustó, sobre todo porque eso tenía que significar que Erick era alguien especial para él, que estaba enamorado hasta la médula. Sabía que no debía enamorarse, sería difícil sostener una relación con alguien que no aceptaba su propia sexualidad por miedo y lo entendía, vaya que lo hacía. Ese hubiera sido su caso si sus padres no estuvieran en prisión. ¿Como no enamorarse? Si Erick tenía esa facilidad para meterse bajo su piel. No literal, pero sí muy efectivo, y por culpa de eso Deivis se había enamorado perdidamente y no deseaba estar con ninguna otra persona; lo que quería con todas sus fuerzas era que Erick estuviera loco por él, que continuara a su lado, que fuera el único con quien quisiera tener sexo. Que fuera su nombre el que pronunciara con intensidad y anhelo, que en algún momento terminara tan enamorado como él lo estaba.
Hablando de eso…
—Erick… —Murmuró, su voz temblando sin que él lo pudiera evitar, sólo para experimentar aquel nombre en sus labios, para ver qué se sentía decirlo sin reparos, sin barreras, sin ser prohibido.
Erick, creyendo que Deivis le hablaba —tal vez para interrumpir aquello—, bajó la cabeza y abrió los párpados. Lo miró interrogante durante unos momentos; algo parecido al miedo brillando en sus profundos ojos verdes. Deivis caviló en que ese era el momento justo para pedirle que parara y, si tenía un poco de sentido común, tenía que hacerlo, pero Dios, no podía. Pero no quería detener la extraña relación que tenían. Quería llegar hasta las últimas consecuencias, sin importar cuanto doliera.
—¿Pasa algo? —Preguntó Erick con un hilo de voz.
—Yo… No tengo idea de qué es lo que estamos haciendo —balbuceó Deivis, su orgullo algo lastimado por tener que reconocer su absoluta ignorancia en la relación que ambos sostenían.
Erick Snowden parecía respirar de nuevo y sonriendo cálidamente decidió calmar momentáneamente sus temores.
—¿Es necesario etiquetar con un nombre lo que tenemos? ¿Acaso no es suficiente con estar aquí y ahora?
Deivis asintió con la cabeza sin sentirse del todo convencido.
Erick se levantó de la cama y Deivis se asustó por un breve momento, creyendo que el otro lo dejaría desvestido y alborotado. Pero no. Lo que Erick hizo —sin despegar la mirada de Deivis y con una sonrisita en la cara— comenzó a masajear su m*****o sin despegar la mirada de su amante.
Deivis tragó la abundante saliva que se le había acumulado en la boca mientras observaba. Pensó que podría correrse con sólo mirar a Erick pajeándose así, su mano grande cubriendo buena parte de su pene, subiendo lentamente, llevándose la suave piel del prepucio hasta la cabeza y, luego, bajando con un poco de más velocidad hasta toparse con sus testículos. Erick llevó su otra mano hacia éstos precisamente, y se dio una fuerte presión justo ahí.
Erick cerró los ojos, gimió y Deivis le hizo eco. Sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, Deivis llevó una de sus manos por debajo hacia su propia erección, la cual palpitaba dolorosamamente, humeda y ansiosa. Se la apretó y siseó de placer. Erick quien había vuelto a abrir los ojos, no se perdió semejante acción. Se dio un par de fortísimas caricias más y, pareciendo no poder soportarlo, volvió a la cama con el rubio.
—¿Estás ... listo? —Masculló en voz apenas audible, ansiosa y jadeante, inclinándose sobre Deivis y apoyando una rodilla en la cama. Deivis negó ferviente con la cabeza y Erick soltó una risita mientras se acomodaba a horcajadas sobre él, una rodilla a cada lado de sus piernas. —No tengas miedo, ahora estoy aquí a tu lado y es justo donde quiero estar... Te… Te prometo que no te lastimaré —le aseguró con voz ronca.
Deivis se irguió un poco, sintiéndose emocionado por lo de, jamás pensó escuchar esas palabras de los labios de Erick.
—¿Y quién dice que tengo miedo…? —Comenzó a preguntar juguetonamente, pero no pudo completar el cuestionamiento porque Erick pegó su boca contra la suya, besándolo suave pero firme, apretándolo y dejándolo sin aliento. Tomó a Deivis de los brazos y lo levantó hasta sentarlo, bajándole la sábana de un gentil tirón y, de algún modo, logrando quitársela de encima por entero.
Y de repente, aquella gloriosa y enorme mano de Erick —la mano con la que él mismo se había estado acariciando un momento antes—, ahora estaba sobre la erección de Deivis, apretándolo tan duro que lo hizo gemir de placer y de la necesidad de eyacular. Olvidándose de todo pudor o falso orgullo, Deivis curvó su cuerpo hacia arriba buscando más contacto con esa mano. Erick acunó su m*****o de una manera tan ruda pero tan precisa que, Deivis jadeó extensamente, ninguna otra persona con la que haya estado se podía comparar a Erick. Justamente por eso, comenzaba a perder la cabeza con su solo tacto. Ese hombre era su maldita perdición.
Tan solo deseaba correrse. Terminar ya. Porque si no, explotaría.
Apoyándose con las manos sobre el colchón y separando su boca de la de Erick, Deivis arqueó sus caderas una y otra vez, lo más que pudo, perdiendo el control, perdiendo la razón.
—¡Dios, dios, Erick! Oh…
Erick, rápido y brusco, sin dejar de besar a Deivis de donde pudiera alcanzarlo —cuello, clavícula, mentón— introduciendo la mano entre las piernas del rubio. Entonces Erick dejó caer su cuerpo sobre el de Deivis, recibiendo en la misma mano con la que lo acariciaba su también necesitada erección. Deivis puso los ojos en blanco ante la sensación de aquel m*****o contra el suyo, y no se avergonzó de su propio placer porque escuchó un gemido largo y ansioso de parte de Erick, quien lucía como si aquel fuera el mejor momento de toda su puta vida. Deivis se arqueó contra el otro, quien, después de unos momentos de intensos jadeos y suspiros, comenzó a moverse. Erick consiguió que sus dos miembros se frotaran juntos bajo la tensión de su agarre, bajo la caricia nada suave de su puño desesperado; su boca liberando bramidos de urgente placer contra la piel del cuello de Deivis mientras se retorcía encima de él.
—Eres… tan suave —jadeaba Erick, moviendo su mano cada vez más rápido. —No puedo creer que me permitas… Que tú y yo una vez más… Joder, Deivis, joder.
Deivis abrió las piernas lo más que pudo, casi ahogado bajo el peso de Erick, casi asfixiado bajo el peso de la desquiciante necesidad de su deseo, soltando la sábana que tan fieramente había estado agarrando para clavar los dedos en la espalda sudorosa de su compañero. y atrayéndolo; empujando su cadera hacia arriba, hacia él, urgiéndolo; volviéndose loco con los apetecibles ruidos de fricción y humedad que Erick provocaba al acariciar sus dos miembros así.
— ¡Deivis! Ah, Deivis. Te… Te-te deseo tanto… —Susurraba Erick contra una de sus mejillas.
Demasiado bueno. Todo eso era demasiado bueno. Deivis podía haber llorado de lo bien que se sentía, y fue por eso que se concentró con todas sus fuerzas precisamente en sentir y no pensar, intentando fingir que no había escuchado lo que Erick acababa de decir, por que no quería ilusionarse con algo que aún no sería, por que la maldita forma en que lo estaba tratando era muy diferente a la primera vez que estuvieron juntos. De algún modo lo sentía más cercano.
Ya tendría tiempo después de pensar en cómo iría mutando su relación de ahora en más.
Erick presionó con fuerza su aterciopelada dureza contra la suya, mojadas ambas ya de preseminal y de sudor, haciendo olvidar que podía pensar. Deivis estaba seguro de que hacía minutos enteros que había dejado de respirar. Cerró los ojos bien apretados, sintiendo que no lo soportaba más.
—Yo, yo-yo… ah —resolló—, Erick, voy a…
Erick, en vez de decepcionarse, pareció encenderse más ante la inminencia del orgasmo de Deivis.
—Joder, sí, Deivis… Dámelo todo. Córrete en mí y en mi mano. ¿Lo harás? ¿Por mí? Dame ese gusto...
Las palabras sucias y roncas de Erick fueron la gota que derramó el vaso. Deivis se corrió entonces, con tanta fuerza que fue plenamente consciente del desgarrador gemido que abandonaba su garganta y que no pudo contener, consciente de lo maravilloso que se sintió aquello, de la manera en que sus brazos, manos, pies y piernas se le adormecieron. Del escalofrío que recorrió toda su piel en oleadas de ardiente y placentero cosquilleo, de su viaje astral hasta el infinito y aún más lejos.
Fue tan estupendo que creyó haber perdido la noción del tiempo y del espacio durante un buen rato. No le habría extrañado si, al abrir los ojos, Erick le informaba que se había desmayado durante todo un día.
No obstante, no estaba dormido ni nada parecido. Recuperó la respiración poco a poco y lentamente abrió los ojos. Recobró la conciencia del entorno y se asombró de descubrir que la realidad no podía haber sido mejor que cualquier cosa que pudiera haber imaginado: tenía todavía el peso tan añorado del cuerpo de Erick sobre él y las manos de éste seguían sosteniéndolo como si fuera el objeto del cual dependiera el curso del universo. Deivis se percató también de la humedad abundante y pegajosa en la zona de sus vientres y de la respiración entrecortada del otro. Se asombró bastante al descubrir que Erick también había terminado y él ni cuenta se había dado. Así de extasiado había estado en el momento.
De pronto advirtió que tenía los brazos alrededor de Erick, envolviéndolo en un apretado abrazo que no había aflojado durante todo aquel… ejem, proceso. La vergüenza que lo invadió fue tanta que sus mejillas se acaloraron de inmediato.
¿Qué mierda hacía él estrechando de esa manera a Erick Snowden? Se supone que Erick fue claro cuando dijo "sin muestra de cariño después del sexo, eso es para las parejas no para los experimentos."
Humillado y esperando que el otro no se hubiera dado cuenta de su debilidad, Deivis retiró los brazos discretamente. Porque, además y después de todo, el trato con Erick había sido sólo de "experimentar". ¿O no? Nadie había hablado de cariñitos ni arrumacos. Para eso, hasta donde a Deivis le preocupaba, no se necesitaba experimentación ni formaba parte indispensable del acto s****l.
Erick se incorporó un poco al sentir el movimiento de Deivis, quedando su rostro frente al de éste y mirándolo fijamente. Deivis tuvo el repentino impulso de mirar hacia otro lado porque la cara de Erick estaba hermosa, y no había manera de que Deivis pudiera soportarlo mirar así de sonrojado, con los labios tan brillantes e hinchados, los ojos resplandecientes, y… No, no había manera de verlo así y no desear hacer algo al respecto como besarlo hasta la muerte.
Erick, lo miró intensamente antes de sonreír como el idiota que era.
—Eso… fue… algo rápido, ¿verdad? —Preguntó en tono medio divertido y medio preocupado.