Capitulo 5

1997 Words
—¿Qué haces tú aquí? —Lizzy cuestionó indignada. —Obviamente no vengo a verte a ti, ¿está Erick? —Trató de mantenerse sereno y no sacar a relucir sus inmensos celos. Cautelosamente recorrió a la pelirroja con la mirada. Era una chica hermosa, con su largo y sedoso cabello rojizo, su anatomía delicada y la estatura precisa para lucir bien junto a Erick. La chica tenía pecas en todo el rostro, sus ojos color almendra resaltaban bajo sus largas pestañas. ¿Cómo competiría contra ella? No tenía cómo ni de dónde, pensar en ello le hizo sentir aún más frustrado, un poco más miserable y con el corazón un poco más roto. —¿Deivis? —La voz de Erick lo trajo de regreso a la realidad. —¿Qué haces aquí? —Alzó una de sus cejas y lo observó entre desesperado y confundido. —Es tu cumpleaños... Yo... —Quería aventarle el maldito regalo en la cara y huir de su fría mirada. —Pasa, estábamos a punto de cenar. —Posa sus manos sobre los hombros de la pelirroja y con un simple gesto le indica que entre, ella a regañadientes acepta. —Lamento haber venido así, pero no respondías a mis mensajes y estaba preocupado... No sabía que estabas con tu novia. —La voz le tembló y apretó con más fuerza el paquete que cargaba entre sus brazos. —Con Lizzy decidimos dejar lo que teníamos, solo somos amigos y no estoy a solas con ella, están también sus hermanos y uno que otro amigo. —Hace una mueca de fastidio, —ya que has venido hasta acá, quédate. Si te vas darás que hablar. —Se hizo a un lado para que entrara. Tragándose la poca dignidad que le quedaba y las inmensas ganas de llorar entró en el departamento de su amigo. Se sintió cohibido y fuera de lugar al ver más de siete personas sentadas a la mesa, entre ellas a Lizzy, quién lo fulminaba con la mirada. —Les presento a Deivis Müller, un amigo. —Dijo Erick y todos los presentes detuvieron su plática y voltearon a verlos. —Hola. —Saludó secamente Deivis. Nadie respondió y el ambiente inmediatamente se tornó incómodo. Después de aspirar una profunda bocanada de aire para darse valor, Deivis avanzó hasta la mesa y se sentó en el sitio que se le indicó. Todas las personas presentes en la mesa enmudecieron de inmediato ante su presencia. Deivis apretó los labios mientras los saludaba con una leve inclinación de cabeza y un apenas murmurado "buen provecho", deseando con toda su alma poder estar en cualquier otro lugar. Nunca se había sentido tan mal y ajeno como en ese momento. Clavó los ojos en el plato de comida china que, sabía, Lizzy había cocinado y, sin pizca de apetito, comenzó a comer sin mirar a nadie más. Esperaba no ser asaltado de repente por uno de los recurrentes ataques de náuseas que lo asolaban. Después de todo, no sería anormal. Desde que su alimentación fue en decadencia había quedado con el estómago muy delicado y solía enfermarse muy constantemente. Tanto que, a veces, Deivis creía que tantos golpes en su corta estancia en prisión lo habían dejado sin esófago. Durante unos momentos nadie dijo nada, y Deivis se sintió terriblemente incómodo. Sabía que su presencia ahí no era bienvenida por nadie, ni siquiera el mismo Erick lo quería ahí, así que decidió que siendo el cumpleaños de éste, los demás deberían joderse, por que Erick hizo creer que él había sido invitado. —Bueno. Erick —comentó Tania, como para romper el tenso silencio que había caído entre ellos, —¿qué te parece si mientras esperamos a que llegue el pastel, abrimos los regalos? —¡Sí, magnífica idea! —exclamó Agustina, la mejor amiga de Erick, poniéndose de pie y sacando un paquete envuelto en colorido papel de regalo. Deivis quiso ahogarse en su plato de comida. De ninguna manera él iba a darle su obsequio a Erick delante de todos. Confió a que todos creyeran que él se había olvidado de comprarle algo. Total, el país entero sabía que estaba quebrado, no sería extraño que llegara con las manos vacías. —¡Primero el mío, Erick! —dijo Lizzy alegremente mientras sacaba un enorme paquete cuadrado de grandes dimensiones de debajo de la mesa, de casi un metro de alto. Un sonoro oohhhh emitido por las mujeres siguió al instante en que un emocionado Erick tomó el regalo. —Gracias, Lizzy, no debiste… —Comenzó a decir Erick al tiempo que rompía el papel. Se le veía completamente entusiasmado. Los ojos le brillaron cuando una hermosa caja de color azul quedó a la vista, cuando Erick retiró la tapa la caja se abrió en cuatro mostrando otra caja dentro, en las paredes de la caja habían chocolates finos. Cuando se abrió la otra, dentro habían perfumes, conocía la marca y Erick siempre estaba impregnado a ese perfume. La última caja era pequeña y dentro habían las llaves de un auto; Deivis estiró el cuello para poder mirar mejor cuando todos los demás rodearon a Erick. —Ohhh —exclamó Agustina mientras daba saltitos en su sitio. —¡Que tremendo regalo! —¡No me digas que esas llaves son del auto se colección que Erick tanto queria! —Exclamó eufórico Patrick. —¡Bien hecho, hermanita! —Chocó los cinco con Lizzy. Una sensación de amargura le subió por la garganta a Deivis cuando recordó las sencillas camisetas que él le había comprado, sabiendo que nada se comparaba a un regalo de esa magnitud. Erick admiraba las llaves del automóvil de colección completamente embobado y con los ojos brillantes. Se quedó así durante segundos completos, sin decir nada, mientras que, a su alrededor, todos felicitaban a Lizzy por tan fantástica sorpresa. Olvidándose completamente de su plato de comida, Deivis observaba la escena que tenía lugar. Erick se veía tan conmovido que parecía a punto de llorar. Y Lizzy se veía tan hinchada y tan orgullosa de ella misma, que Deivis juraba que saldría volando por la ventana en cualquier momento. —Bueno, aunque estaba de viaje por mis estudios hablamos casi a diario, por lo que muchas veces me comentaste que soñabas con tener ese automóvil —respondió la cretina, mirando de reojo hacia Deivis con un gesto triunfal dibujado en sus rasgos. —Despues de todo fuimos novios tantos años, te conozco mejor que nadie. —Le dedica una sonrisa presumida. —¿Te gusta? Por cierto, el auto está ya en el estacionamiento. —¿Gustarme? —Murmuró Erick. —¡Me encanta, es genial! Gracias, Lizzy. —¡El pastel a llegado! —Gritó alguien a quién no conocía. Ante la mensión del pastel todos comenzaron a aplaudir y a vitorear, mientras Erick estaba entretenido abriendo los regalos. Deivis aprovechó la confusión para levantarse y llevar el plato, todavía con más de la mitad de la cena, hasta el fregadero. Lo dejó ahí y salió a toda prisa de la cocina, incapaz de permanecer un minuto más en un sitio donde sabía que no era querido ni sería extrañado. Dejó el regalo junto al sillón y se decidió a abandonar el departamento de su amigo. Ya había tenido más que suficiente. Nada lo obligaba a quedarse por más tiempo. Ya fuera del departamento y a salvo de miradas curiosas, Deivis se permitió llorar, lágrimas silenciosas que ya no podía seguir reteniendo. Tal vez, después de todo, Erick no era para él, aunque a veces pensara que estaban hechos uno para el otro. Cuando finalmente salió del edificio recibió un mensaje de w******p por parte de Erick. "Lamento no haber respondido a tus mensajes durante toda la semana. Leí cada uno de ellos, simplemente no quise responder. Aunque no es por lo que tú piensas, me gustaría hablar esto personalmente. ¿Mañana a la misma hora y en el mismo lugar? Deivis releyó el mensaje una y otra vez, aferrándose a la esperanza que ese mensaje le devolvía. Quizás, no todo estaba perdido. Rápidamente tecleó en su teléfono celular "ahí estaré, feliz cumpleaños." Guardó el teléfono en su bolsillo y emprendió la larga caminata hasta su hogar. ••• Erick, ya estaba dentro de la habitación cuando Deivis llegó. Ambos se miraron fijamente a los ojos y sin decir palabra alguna se fundieron en un apretado abrazo. Ellos se necesitaban, aunque Erick no lo quisiera admitir. Cuando quisieron acordarse estaban comiéndose la boca en un beso hambriento y cargado de deseo, ahogando suspiros y jadeos en la boca del otro. Erick se encargó de guiar a Deivis hasta el borde de la cama, para luego caer juntos sin separarse. Se miraron fijamente a los ojos y se hecharon a reír. Deivis deseaba aclarar tantas cosas, pero ya abría tiempo para hacerlo. En ese momento tan solo deseaba empaparse de Erick y de su aroma; de sus besos y caricias. La ropa rápidamente comenzó a desaparecer y el contacto piel con piel provocó que jadeara suavemente. ¡Dios, el solo tacto de Erick le quemaba la piel! —Te extrañé, aunque no lo creas... —Murmuró Erick contra el hueco de su cuello. El aliento cálido de su amante le erizó la piel. —También te extrañé, no tienes idea de cuánto... —Aferró sus dedos en los omplatos de Erick y jadeó profundamente al sentir como sus erecciones se rozaban. Erick lo besó, lo besó hasta que sus labios ardieron. No sabía que necesitaba tanto sentir los labios de Deivis hasta ese momento. Lo había extrañado tanto que dolía. Ambos exploraron sus cuerpos, con deseo y anhelo. —Ponte en cuatro —exigió Erick con voz ronca. Deivis no lo cuestionó, rápidamente obedeció y adoptó la postura que se le pidió, dejando completamente expuesto su trasero. Erick se posicionó tras él, comenzando a masajear las nalgas del rubio, juntando y abriendo, deleitándose con la estimulación visual. —Te haré perder la cabeza... —Susurró. Deivis pensaba responder, pero las palabras se atoraron en su garganta al sentir la húmeda y tibia lengua lamer su orificio. La barba incipiente de Erick raspaba de una manera placentera sus bolas y los único que pudo hacer fue aferrarse a las mantas con sus puños y empinar más las caderas, mientras se deshacía en gemidos. No supo cuánto tiempo pasó con el rostro de Erick entre sus pálidas nalgas y la lengua de su amante haciendo estragos en su sensible interior, pero cuando finalmente se separó estaba tan jodidamente que dolía. —Erick... —Gimoteó con voz ronca. Sin embargo, Erick no permitió que terminara con su desesperada suplica. Con algo que sólo podía definirse como una tremenda ansiedad, Erick acunó su cara —aprovechando que ya tenía las dos manos libres— y estampó su boca sobre la de Deivis. Éste, sorprendido a media palabra, fue prácticamente asaltado por la lengua de Erick, por sus labios, por su saliva y su sabor, el cual se coló de inmediato a través de sus pupilas gustativas y provocó que la cabeza le diera vueltas sin control. Tenía un leve gusto a pasta de dientes. Era delicioso, único, caliente, embriagante. Desquiciante. Deivis volvió a gemir antes de poder evitarlo; un gruñido casi gutural que brotó desde el fondo de su garganta y mandó vibraciones por toda su boca y sus labios; Ruido involuntario que parecía ser el indicativo que Erick esperaba para gemir también en respuesta. Se besaron así durante minutos completos. Deivis perdió la noción del tiempo y lo único que sabía quería era que cada segundo que pasaba más y más y que los besos que había compartido con sus anteriores conquistas empalidecían, se avergonzaban y se escondían porque Erick Snowden era un besador increíble y, joder, si Deivis hubiera estado en el lugar de Lizzy también hubiese hecho de todo para seducir al condenado Erick Snowden.
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