Erick se sentía confundido, ¿realmente era homosexual? ¡No, por supuesto que no lo era! El único hombre con el que había estado era Deivis, además él no ponía el culo cuando follaban. Era Deivis, quién ejercía el papel de la mujer en la relación, por ende, el único homosexual era su amigo. Pensar en esas excusas baratas le hacía sentir incómodo, pero mucho más incomodidad generaba la idea de ser homosexual.
—¿Qué te tiene tan pensativo, Erick? —La gruesa voz de su padre logró sacarlo de sus cavilaciones.
—Nada importante papá, solo estoy algo distraído, me preocupa el tema de mi tesis. —Trató de sonar bastante convincente para que su padre dejara de preguntar lo que no le importaba.
—Te irá bien, puedo recomendarte unos casos que te asegurarán aprobar. —Clavó la mirada en su hijo —debes tener más confianza en ti mismo y mostrarte seguro a la hora de presentar tu tesis.
—Gracias papá, tus consejos y apoyo me serán de mucha utilidad. —Una risa nerviosa escapa de sus labios. Si tan solo su padre supiera lo que hace con Deivis en aquellas cuatro paredes, de seguro lo asesina con sus propias manos. Para nadie era un secreto que su padre era homofóbico.
—¿Por cierto, qué es de la vida de Deivis Muller? ¿Siguen viéndose?
—Si, lo frecuento de vez en cuando. —Sus manos comenzaron a sudar, no le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación.
—Me enteré por una muy buena fuente que ese chiquillo es maricón. No quiero que vuelvas a verlo ni mucho menos a ayudarlo, no quiero a ese degenerado cerca de ti. —El hombre aparentaba calma, pero su voz sonaba severa.
—Papá... —Guardó silencio sin saber que argumento decir para que su padre cambiara de opinión.
—¡No estoy pidiendo tu maldita opinión, Erick! Dentro de poco serás abogado, tienes un futuro brillante por delante y no necesitas echarte mierda encima por eso. ¡No se te ocurra ensuciar nuestro apellido! —Exclamó con severidad para posteriormente levantarse del cómodo sillón y abandonar la sala de estar.
Erick al ver que estaba solo llevó sus mano a la cabeza jalando un poco su cabello. ¿Qué se supone que debería de hacer? No quiere dejar de ver a Deivis, es una buena compañía para matar la soledad que Lizzy dejó el día en que decidió ir a estudiar al extranjero. Podría seguir viéndolo, su padre no tenía por que enterarse.
•••
Deivis estaba agotado, agotado y frustrado. Había asistido a innumerables entrevistas de trabajo y en cada una de ellas le decían lo mismo, "le llamaremos pronto." Pero jamás llamaban. Sus escasos ahorros se estaban acabando y no sabía cómo subsistir con lo que le quedaba, lo único que tenía claro era que debía asegurar el cuchitril donde vivía. La comida podía escasear, pero no podía permitir que le faltara un techo. Erick, más de una vez pagó su alquiler y llenó su despensa, pero no quería abusar de él, por que algún día podía llegar a pensar que solo estaba con él por interés, cuando en realidad estaba a su lado por que lo amaba y lo necesitaba incluso más que el aire que respiraba.
Tragándose su orgullo, decidió presentarse en la entrevista de trabajo en el bufete de abogados "Snowden" donde él padre de Erick era el dueño de tan majestuoso lugar. Al llegar al edificio, se acercó inseguro al recibidor, donde una atractiva y escultural recepcionista lo recibió. Al verlo, la mujer le dedicó un gesto desdeñoso a causa de su apariencia humilde. ¿Cuantas veces él hizo lo mismo? Vaya, que irónica podía ser la vida. Deivis mordió su labio inferior tratando de contener las ganas de mandarla a la mierda, "necesito un maldito trabajo" se dijo a si mismo, por lo que se tragó su inservible orgullo y habló.
—Buenos días, soy Deivis Müller, vengo a la entrevista de trabajo. —Notó que la mujer al escuchar su nombre cambió su expresión a una de asco y desprecio. El caso Müller era conocido a nivel nacional y un país entero los odiaba por los horrores de su padre.
—Noveno piso, oficina 9B. —Fue su escueta respuesta.
—Gracias... —Con grandes zancadas se encaminó hasta los ascensores.
Subió al ascensor y presionó el noveno piso. Miró su reflejo en los espejos que ejercían de pared y sintió asco de si mismo. Estaba más delgado, ojeroso, su cabello mucho más opacó. Si unos meses atrás alguien le hubiese dicho que estaría viviendo tal situación se abría reído hasta tener calambres. Era increíble cómo todo podía cambiar de un momento para otro. El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron, bajó rápidamente y buscó la oficina que la recepcionista le indicó.
Al llegar, le extrañó que no hubiera nadie más esperando para la entrevista. Snowden abogados era una empresa muy popular a nivel nacional, para cualquiera era un sueño trabajar en ella, aunque sea barriendo el maldito piso. En ese momento, supo que algo andaba mal, pero era mayor su desesperación por tener un empleo que cualquier alarma dentro de su paranoica cabeza. Con temor tocó tres veces a la puerta, a los segundos Edward Snowden estaba frente a él, tan imponente y gallardo.
—Te estaba esperando —el hombre se hizo a un lado invitándole a pasar.
—Buenos días, señor Snowden. —Se adentró en la oficina del hombre. Su postura y expresión gritaban "inseguridad".
—Me sorprendió ver tu nombre entre la lista de postulantes. —Cerró la puerta tras él —jamas pensé que te atreverías a hacerlo.
—Necesito trabajar, aprendo rápido, soy bastante eficiente y ordenado. Me puedo adaptar a cualquier puesto. —Sintió sus orejas enrojecer ante la humillación que sentía y la potente mirada de Edward no ayudaba en nada.
—Me imagino que sí, pero en esta empresa cuidamos la reputación. Los trabajadores deben tener un reputación impecable y tú no encajas en esa categoría. —Comenzó a caminar sigilosamente al rededor del joven. —Tienes antecedentes penales y eres hijo de un delincuente. No es nada personal Deivis, pero no puedo contratarte.
—Esta bien... —Sus piernas temblaron ligeramente y las palabras se atoraron en su garganta. —Será mejor que me vaya... —La cercanía del hombre comenzaba a incomodarle.
—Aún no terminó de hablar, es de mala educación dejar a alguien con la palabra en la boca. Al parecer tu padre no supo educarte como es debido. ¿Qué se puede esperar de una escoria de su calaña? Era evidente que haría de ti un montón de basura. —Con brusquedad lo tomó de los hombros para estrellato contra la pared. —Se que eres maricón y por ese motivo quiero que te alejes de mi hijo, no me obligues a lastimarte Deivis, sería una lástima estropear está cara tan bonita...
—¡Váyase a la misma mierda! —Exclamó con desprecio para luego empujar al hombre con todas sus fuerzas, sin importar que lo superara en tamaño y grosor.
—¿Cuanto dinero quieres para dejar en paz a Erick? —El hombre esbozó una sonrisa retorcida.
—No quiero su puto dinero, Erick es mi amigo y no saldré de su vida a menos que sea él quien me lo pida. —Apuntó al hombre con su dedo índice mientras lo mira fijamente a los ojos. —Ahora me voy, no quiero seguir perdiendo el tiempo con alguien como usted. —Se dió media vuelta y abandonó la oficina con un sonoro portazo.
•••
Había transcurrido una semana sin noticias de Erick, ninguna llamada, ningún mensaje y dejaba en visto los mensajes de w******p. ¿Acaso esa era su manera silenciosa de decirle adiós? De solo pensar en ello le dolía, no podía imaginar sus amargos días sin Erick. Estaba tan distraído en sus pensamientos que no se dió cuenta de la presencia de Bruno, su amigo y colega de trabajo.
—Hoy estás más distraído que de costumbre —pasó uno de sus brazos alrededor de los hombros del rubio. —¿Todo bien?
—No, nada está bien... A veces me siento tan cansado, siento que estoy remando en contra de la corriente. —Deja escapar un suspiro mientras hurguetea sus bolsillos en busca del paquete de cigarrillos y el encendedor. —Además él idiota de Erick dejó de responder mis mensajes hace una semana. —Saca un cigarrillo y lo enciende, apoyando posteriormente su espalda contra la pared del sucio callejón en el que se encontraban.
—¿Pelearon? —Bruno hizo una mueca de disgusto que no pasó desapercibida para Deivis.
—No que yo sepa. —Se encoje de hombros tratando de restar importancia a la situación. —Quizás está demasiado ocupado con la presentación de su tesis.
—¡Oh, vamos amigo! Esa excusa es demasiado estúpida, él imbécil podrá estar muy ocupado, pero responder un mensaje no le tomara más de un jodido minuto. —Comienza a alzar la voz con cada palabra.
—Si, lo sé —admite con amargura. —Sabes, hoy es su cumpleaños, pensé que nos veríamos...
—No dejes que acabe todo así, que sea hombre y te de la cara. Sabes dónde vive, ve a su casa y enfrentalo Deivis. —Palmeó su hombro con cariño —usa la excusa de que querías saludarlo por su cumpleaños.
—No lo sé, él jamás me a invitado a su casa. Sé que vive solo, pero no lo sé... —Arrojó la colilla del cigarrillo al piso y la apagó con la punta de su botín.
—Si no lo haces estarás lamentándote a diario, sal de la incertidumbre de una vez. —Fijó su mirada en la de él.
—Tienes razón, iré. —Aun se reflejaba la duda en sus ojos azules, pero su amigo tenía razón, debía saber de una jodida vez que es lo que pasaba entre ellos.
•••
Deivis llegó al edificio donde su amigo con derechos vivía. El edificio era lujoso y él se veía tan fuera de lugar parado en medio de la recepción. Mentalmente agradeció a cualquier ser superior por su buena suerte, el conserje no estaba en su sitio, por lo que podría entrar sin avisar. Rápidamente se encaminó a los ascensores y subió en uno. Marcó el botón que conducía al penhouse y se recargó contra la pared de cristal del ascensor, mientras apretujaba entre sus brazos el paquete envuelto en papel de regalo que llevaba para Erick.
Cuando el ascensor se detuvo bajó rápidamente, necesitaba saber que pasaba entre ambos, pero a la vez se sentía tan jodidamente asustado. Se quedó de pie en medio del pasillo, debatiéndose mentalmente en si tocar a su puerta o regresar por donde vino. Con su corazón latiendo a mil se decidió por continuar, sin darle más vueltas al asunto golpeó la puerta con más fuerza de la debida. El click de la puerta lo hizo sentir mareado, pero lo peor, fue ver ahí de pie a Lizzy.