Capitulo 15

1435 Words
Capitulo anterior... —Mamá... —Se giró entre sus brazos para verla a los ojos, notando la mirada angustiadas y las lágrimas bañando sus partidas mejillas. —Ahora ve, Deivis. —Se separó de él y retrocedió un par de pasos. —Solo te pido que nos perdones... —No tengo nada que perdonar, mamá. Sin importar lo que haya pasado, son mis padres y los amo. —Se puso de pie rápidamente —vendré pronto y juro que te sacaré de aquí. —Su madre le sonrió y él abandonó la prisión con prisa. Una vez fuera, sacó su teléfono celular y escribió un rápido mensaje. "Tenemos que hablar, Erick. Apenas puedas ponte en contacto conmigo." Una vez envió el mensaje guardó el teléfono celular en su bolsillo y emprendió su regreso a casa. Había tomado una desición y sin importar las consecuencias de esta, seguiría adelante. Sacaría a su madre de ese infierno. Capitulo 15 Era casi medianoche y estaban sentados uno al lado del otro en el pequeño balcón ovalado del diminuto departamento de Deivis. El cielo n***o como la tinta se extendía infinitamente sobre ellos, salpicado con millones de estrellas que se reflejaban con intensidad en los ojos verde oscuro de Erick. La estrecha calle de abajo estaba vacía y desolada, con sólo una farola, la cual estaba torpemente doblada iluminando el camino decíerto. A fuera el paisaje era descuidado y sombrío, como todo lo que había en aquel barrio de mala muerte donde el rubio vivía. Deivis, estaba sentado tranquilamente en ropa interior, observando atentamente a Erick, que estaba sentado justo a su lado, en calzoncillos y con un cigarrillo encendido en su mano derecha. Tazas de café frío esparcidas y la edición reciente del Diario "el economista" yacían sin ser tomados en cuenta entre ellos. La noche era bastante fría y el aire olía intensamente a sudor, semen y cigarrillos. Una luz pálida y amarillenta fluyó desde el ordenado dormitorio de Deivis, hacia el balcón, iluminando un pequeño tramo cuadrado de piso entre ellos, el resto del departamento se encontraba en penumbras. El silencio los rodeó a ambos y no hablaban mucho. De hecho, nunca lo hacían, pero Deivis se sintió hipnotizado y hechizado mientras miraba fijamente a Erick, observando cada uno de sus movimientos, la curvatura de sus labios y el ángulo de su mandíbula. El salvaje cabello n***o de Erick, todavía estaba despeinado por haber sido tirado por los dedos desesperados de Deivis, y casi inconscientemente, rozó ligeramente la marca que Erick había dejado en su pálida piel. Deivis sentía mariposas revoloteando en su interior. Revoloteaban con fuerza y vertiginosas, llenando su estómago de una sensación de vértigo que le removía completamente. Se tragó las emociones que lentamente brotaron de su garganta, con Erick era mejor dejar las emociones de lado. Esperaba que el moreno no lo viera, no se percatara de todo el amor que le profesaba su mirada. Esperaba que la poca iluminación del lugar, que lo envolvía como un manto, ocultara la expresión de su rostro en ese momento. Erick, dio una larga calada a su cigarrillo, expulsando una espesa nube de humo de sus labios agrietados. —Ya detente, Deivis, —murmuró abruptamente, volviendo a colocar el cigarrillo en su boca. Deivis, miró sus manos inmediatamente, permaneciendo más silencioso que de costumbre, confundido por las palabras del contrario decidió guardar silencio por unos minutos, hasta que finalmente decidió hablar. —¿Detener qué, Erick? Deivis, no estaba seguro de dónde había adquirido Erick ese repugnante hábito por fumar, él aveces lo hacía, pero solo de manera muy ocasional, aún así, pese a ser un fumador ocasional, detestaba el aroma del tabaco y como se impregnaba en el ambiente. Definitivamente, era algo que le disgustaba muchísimo. El fuerte aroma le hacía arrugar ligeramente la nariz, y era todo lo que podía oler estos días. Cada vez que Erick lo visitaba, lo traía consigo y llenaba el departamento de Deivis por completo con el aroma. Y permanecería durante días y meses, extendiéndose por toda su casa, instalándose en sus muebles y obstruyendo los sentidos de Deivis en todo momento. Lo olía en sus almohadas cuando se iba a la cama todas las noches, y flotaba justo debajo de su nariz cada vez que estaba fuera de casa. Era como si ese maldito aroma estuviera impregnado en su piel, recondadole día tras día a que lugar y a quién pertenecía. A veces, en días particularmente malos, pasaba horas y horas fregando su ropa en el fregadero, tratando de deshacerse del maldito aroma que le recordaba a Erick, ese aroma que lo torturaba, recordándole cuan dependiente se había vuelto de una persona. Entonces lloraba, lloraba en silencio y de pie junto al fregadero, lloraba por que creía que se estaba volviendo loco y que todo estaba sucediendo solamente en su desquiciada cabeza. —Detente de una maldita vez, —dijo Erick, mirando al frente ahora y expulsando más humo. —No sigas mirándome así, es incómodo y me hace sentir extraño. —El pelinegro desvío la mirada y apagó el cigarrillo con cierta brusquedad. Deivis tragó en seco y silenciosamente extendió su mano temblorosa, tomando de la pequeña mesa que los separaba la cajetilla de cigarrillos, sacando uno y arrebatándole a Erick, de las manos el encendedor. Era un fumador ocasional, pero esta era una de esas ocasiones donde necesitaba llenarse los pulmones de humo, con la patética esperanza de relajar los nervios. Erick, no se resistió y Deivis dio una pequeña calada antes de devolverle en encendedor con cuidado. —¿Por qué te incómoda tanto que te mire de ese modo? —Preguntó, haciendo todo lo posible por actuar con indiferencia. Ondulantes zarcillos de humo se torcieron en el aire y desaparecieron en el cielo nocturno. —Ya sabes la respuesta, no entiendo para que preguntas —murmuró Erick, finalmente girándose hacia él y mirándolo a los ojos fijan. —Sabes que no me gusta, yo no te amo Deivis y me incómoda ver esa insana devoción que tienes por mí. —No sé de qué estás hablando, creo que tu ego crece cada día un poco más. — Respondió Deivis en voz baja, mirando la vasta y hermosa extensión del cielo nocturno, donde la pálida luna creciente brillaba como una hoz plateada. Curiosamente, se sentía completamente vacío y sus palabras sonaban extrañas, desprovistas de emociones y sin mucho peso. Se sentía hueco, ajeno a su propio cuerpo. Y, sin embargo, su corazón latía rápida y apasionadamente. —No te pedí que vinieras para confesarte mi amor ni mucho menos para adorarte como si fueras un puto Dios —una sonrisa desdeñosa afloró en sus labios, era una sonrisa amarga y desagradable. —Te pedí que vinieras para decirte que acepto tu propuesta... No abra reclamos ni ningún tipo de compromiso moral o emocional entre ambos, tanto tú como yo, seremos libres para estar con otras personas. Si eres generoso conmigo y me provees de todo lo que necesito y todo lo que me gusta, entonces podremos follar cuando se te pegue la puta gana. La expresión facial de Erick, era todo un poema, el asombro era totalmente visible a través de sus expresiones. Sus ojos se abrieron de sobremanera y su boca se torció en una mueca hostil y desagradable. Deivis, claramente vio como el pelinegro apretaba el encendedor entre sus gruesos dedos. Al parecer, no esperaba oír sus palabras. —¿Hablas en serio? —Erick, quiso saber. —Si, conoces mi situación financiera, necesito costear un abogado y apelar por el caso de mi madre... También, necesito subsistir, sin un impulso, no lograré alcanzar mis objetivos. —Dió una profunda calada a su cigarrillo. —Esta bien, me parece perfecto. —Una risa sin ganas escapó de sus labios, sonando ronca y seca. —Te daré el dinero suficiente para que puedas costear mes a mes todos tus gastos, incluso para que retomes tus estudios o hagas lo que te venga en ganas. El único requisito, es que sigas viviendo en este sitio ya que es bastante discreto para nuestros encuentros. —Me parece perfecto, no tengo objeción alguna. —Intenta sonreír, pero por más que lo intenta no lo logra. —Mañana envíame los datos de tu cuenta bancaria y si no tienes una, entonces deberías hacerte una. —Se pone de pie y abandona el balcón. Deivis, se queda sentado, sin mover ni un solo dedo. La pesadez se acentúa en su pecho y el primer sollozo escapa la sentir el golpe brusco de la puerta. Erick se ha ido...
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