Pero no le interesaba de modo muy particular el carácter o la personalidad de sus amos. Todo lo que deseaba era salir de París, ya que estaba segura de que los soldados de Napoleón debían estarlos buscando por la ciudad, al no encontrarlos en la casa, como esperaban. El carruaje, tirado por cuatro caballos, partió con cierta lentitud y pronto se reunió con los otros vehículos que avanzaban con asombrosa rapidez sobre el empedrado irregular de las calles de París. Jabina vio, en el corto espacio que recorrieron desde la casa del General hasta las puertas de París, un número considerable de accidentes. Además, la mugre y el agua del camino salpicaban de tal modo las faldas limpias de las damas y las medias de los caballeros, que se sintió satisfecha de ir sentada detrás de los caballos.

