CAPÍTULO 1 "UN EMPLEO A LA BASURA"
Su cuerpo desnudo cabalgaba frenéticamente sobre él, que yacía acostado sobre el escritorio. Sus senos firmes apenas se movían ante la fuerza de gravedad. Ella llevaba el ritmo, y el contro de como quería ser penetrada. Le encantaba el roce de su clítoris con la piel de aquel hombre, pero ella quería más. Quería más fuerte, más duro, más rápido. Gritaba sin preocuparse quién la pudiera oír. El placer que le producía ese pene incrustado en su v****a, era justo como le encantaba vivir. Él ya podía sentir las ganas inevitables de eyacular. Estaba cerca de llenar sus adentros con semen caliente mientras que ella ni siquiera había conseguido excitarse. Eso es lo que pasa cuando se topan con una adicta al sexo, y un aficionado que no conoce la mecánica femenina. Ella gemía tratando de calentarse a sí misma puesto que aquel sujeto no lo podía lograr, pensaba en cosas pervertidas que hicieran estremecer su mente, erizar su piel, y calentar su sangre. Fue justo en ese momento cuando entró la sirvienta a la oficina del chico llevando una charola con bocadillos, y algo de tomar. La misma charola que dejaba caer al piso cuando descubría la escena s****l de aquellos dos degenerados que había dejado solos hace apenas cinco minutos.
— ¡Son unos cerdos! — gritó la sirvienta al verlos allí desnudos teniendo sexo sobre el escritorio.
— ¡Hola Gertrudis! — saludó ella sonriendo nerviosamente sabiendo en el fondo que acaba de perder su empleo.... ¡Otra vez!
¿Qué sentimos realmente cuando tenemos sexo? ¿Qué es esa sensación de corriente eléctrica que recorre nuestros cuerpos? ¿De dónde sale esa música que creemos escuchar? Quizás sea las diminutas partículas de adrenalina viajando a la velocidad de la luz mientras nos encontramos moviendo nuestro cuerpo como locos tratando de saciar esa terrible sed provocada por el deseo. Ésto se aplicaría perfectamente para una persona normal. En promedio las personas normales tienen relaciones sexuales una vez por semana. Una vez cada tres días cuando son muy fogosas, pero ¿Qué sucede cuando no somos una persona "normal"? Cuando el sexo se transforma en algo necesario para vivir. Existen cosas rutinarias que se pueden volver adictivas para algunas personas. Por ejemplo el café, el internet, las mascotas, pero también existen personas que se crean una adicción al sexo. Se vuelve una especie de requisito obligatorio en su día tras día. A estas personas se les conoce como ninfómanas. Esta historia comienza con una chica ninfómana llamada Francia. Realmente hermosa, con cabellos dorados como el mismo oro, ojos tan verdes como la esperanza más pura, piel blanca con un delicado bronceado seductor que siempre le funcionaba como una clase de gancho para atraer a sus víctimas, su cuerpo era bastante sexi a pesar de no ser la escultura exuberante que ella siempre quiso ser, era verdaderamente una mujer muy atractiva, y con un apetito s****l que tenía la misma voracidad que el agujero n***o más potente que pudiera existir en el universo. Tenía 23 años recién cumplidos, una vida completa por delante, y miles de bocas que callar. Siempre había sido criticada por muchas personas que la detractaban, incluyendo entre ellos a integrantes de su propia familia.
Francia Archer era un verdadero desastre laboralmente hablando. En menos de un año había perdido ocho empleos muy importantes como asistente de artistas que contaban con fama internacional. Cantantes, deportistas olímpicos, actores, escritores, entre otras profesiones que ella solamente tenía la misión de servir en las exigencias que dichas celebridades pudieran necesitar. Sin embargo ella metió la pata en cada una de las oportunidades al dejar que su condición de ninfómana se ante pusiera al trabajo que debía hacer. Francia se había follado a todos, y cada uno de sus patrones perdiendo el empleo en cada una de las ocasiones. No importaba cuánto se esforzara por pensar en otra cosa, en abstenerse al deseo que su entrepierna le expresaba a gritos. Ella siempre terminó cediendo. Era casi imposible para ésta jóven estar en una habitación a solas con otra persona sin que surgiera algo s****l. La más mínima insinuación, el más ligero roce, incluso una mirada espontánea podía hacerla detonar como una granada incendiaria que quema todo a su paso. Era como si un espíritu lujurioso la poseyera repentinamente convirtiéndola en una máquina hambrienta de sexo. La persona encargada en conseguirle este tipo de empleos, también resultaba ser su mejor amiga de la infancia. Su nombre era Jimena Bustamante. Morena, de cabello n***o como el ébano más oscuro, y un espectacular cuerpo excelentemente definido, con curvas que podían volver loco a cualquier hombre. Jimena tenía exactamente la misma edad que Francia. Juntas podían presumir esos más de diez años que llevaban siendo las mejores amigas. Vivían juntas en un modesto apartamento en el centro de la ciudad. Aún así Jimena comenzaba a quedarse sin opciones de trabajo para su compañera. Cada vez era más difícil conseguir una persona que estuviera dispuesta a contratar a Francia para asistir al artista que manejaba. Y es que ningún mánager en su sano juicio confiaría a su cliente en las manos de una chica con la reputación que precedía a Francia. Su amiga Jimena incluso le había conseguido trabajo asistiendo mujeres para tratar de evitar que su ninfomanía se manifestara, pero siempre terminó obteniendo el mismo resultado. Tener sexo lésbico con las artistas que se supone debía asistir, era igual, o peor que todo lo que venía haciendo. Jimena muchas veces trató de ayudarla llevándola a verse con los mejores psiquiatras para tratar su adicción al sexo, sin embargo no importaron las largas secciones de terapias intensivas, y los costosos tratamientos con medicamentos para dopar su cerebro. Jimena fue a recogerla un día al consultorio del doctor que la estaba viendo para llevarse la sorpresa que rebasó el vaso cuando los descubrió también teniendo sexo en el consultorio. Lo que hacía cada vez más difícil ayudar a su mejor amiga, y lo peor era que las opciones de trabajo para ella se habían agotado. Jimena no podía hacer nada más, aquella situación se escapaba de sus manos.