Claire caminaba con pasos firmes por el pasillo, su corazón martillando en su pecho mientras las palabras de Vincent seguían resonando en su cabeza.
“Firma los papeles del divorcio”
“Ten un poco de dignidad”
Cada paso hacia la salida del edificio se sentía pesado, como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto más denso. Las lágrimas ardían en sus ojos, pero se negó a dejarlas caer.
No aquí, no ahora.
No quería que nadie viera lo rota que estaba por dentro.
Al salir del ascensor, sus tacones resonaron con fuerza contra el suelo de mármol. A pesar de la tormenta que sentía en su interior, su exterior proyectaba una imagen de fuerza que no sentía.
Los guardias que habían querido detenerla al entrar la miraron desde su posición pero ella los ignoró por completo, avanzando directamente hacia su coche.
Al abrir la puerta y sentarse detrás del volante, el silencio del vehículo la envolvió como un manto pesado.
Está lo puso en marcha y se alejo del edificio. Necesitaba poner distancia lo más rápido posible. Cuando sintió que estaba lo suficientemente lejos, se aparco a un lado de la carretera y se quedó en silencio.
Por un momento, todo se detuvo. Solo podía escuchar su respiración, que se había vuelto pesada.
Sus manos sudorosas se aferraron al volante mientras el primer sollozo finalmente escapaba de sus labios.
Se había contenido por mucho tiempo, había tenido que mantener una calma que hace tiempo Vincent le había robado y eso le había costado toda su energía.
—Dios… ¿por qué? —susurró, apoyando la frente contra el volante mientras el llanto la consumía.
Todo lo sucedido se volvía a repetir en su mente en un frenesí. Las palabras hirientes de su esposo y las de esa mujer.
"Él nunca fue realmente tuyo"
Esas palabras, pronunciadas con tanta despreocupación, estaban grabadas en su memoria, perforando cada rincón de su ser. Y el rostro de Vincent, frío e impenetrable, seguía apareciendo en su mente, una y otra vez.
Ella sabía que su esposo aunque legalmente le pertenecía, no era suyo. Y esa mujer lamentablemente tenía razón.
Vincent no era suyo.
Claire dejó que las lágrimas fluyeran sin control durante unos minutos, permitiéndose liberar la presión acumulada. Pero entonces, recordó la razón por la que estaba allí, la razón por la que no podía rendirse.
Adeline.
Secándose las lágrimas con un pañuelo que tenía en el bolso, Claire respiró profundamente varias veces, obligándose a calmarse.
Debía ir a buscar a su hija.
—Vamos, Claire. Tienes que continuar luchando—se dijo en voz baja, girando la llave del encendido y arrancando el motor.
***
El camino hacia la casa de los Hamilton fue una tortura. Cada kilómetro que recorría se sentía como una eternidad, mientras su mente no dejaba de imaginar cómo estaría Adeline. ¿Estaba preguntando por ella?
Los padres de Vincent no habían sido particularmente cercanos con Claire durante su matrimonio. Su trato siempre había sido distante, casi como si la consideraran una extraña, aunque ellos fueron los autores de su matrimonio.
Ellos consiguieron lo que necesitaban, pero al parecer luego se dieron cuenta que se rebajaron al nivel de personas que lo único atractivo que tenían era dinero.
Ellos fueron quienes se vendieron y luego se limpiaron las manos, haciéndola parecer a ella la intrusa. Aunque ese trato también se debía a la indiferencia de su esposo.
Vincent nunca le dio el lugar que se merecía.
Cuando finalmente llegó a la imponente mansión de los Hamilton, Claire estacionó frente a la gran entrada con manos temblorosas. Se quedó un momento dentro del coche, mirando la casa con sentimientos encontrados.
Luego haciendo a un lado esas emociones inútiles, salió y caminó hacia la puerta principal, su postura firme, aunque sentía que sus piernas podían ceder en cualquier momento.
Llamó al timbre, el sonido resonando en el interior de la casa. Pasaron unos segundos antes de que la puerta se abriera, revelando a la señora Hamilton, la madre de Vincent. Una mujer elegante y fría, cuyo rostro apenas mostraba emoción al verla.
—Claire —dijo la mujer, su tono neutro—No esperaba verte aquí tan pronto…
Claire no se molestó en responder a su saludo.
—He venido por mi hija —declaró con firmeza, mirando directamente a los ojos de su suegra. Ojos que eran idénticos a los de su esposo. Aunque Vincent se parecía físicamente a su padre, era una copia del carácter de su madre.
La señora Hamilton arqueó una ceja, su expresión apenas cambiando.
—Adeline está perfectamente bien aquí. No hay necesidad de que te preocupes.
—Ella es mi hija —replicó Claire, su voz ganando fuerza—Quiero verla. Ahora.
La señora Hamilton la miró fijamente, como si estuviera evaluando si valía la pena discutir. Finalmente, suspiró y se apartó de la puerta, dejándola pasar.
—Vincent nos dijo que podrías venir —comentó mientras la guiaba hacia la sala principal—. Pero, Claire, creo que deberías tomarte un momento para reflexionar. Este ambiente no es bueno para Adeline.
—¿Disculpe? ¿A qué se refiere?—Claire se detuvo en seco, volviéndose hacia la mujer— ¿Está insinuando que no soy una buena madre?
—No estoy insinuando nada, querida —respondió la señora Hamilton con una sonrisa fría— Solo digo que quizás sea mejor para Adeline estar en un entorno más… estable.
Claire sintió que la sangre le hervía.
—Usted no tiene ningún derecho a decidir eso, señora—replicó, su tono tembloroso pero lleno de ira.—Nadie, ni siquiera Vincent, puede decidir lo que es mejor para ella. Además, todo esto es culpa de su hijo quien en lugar de preocuparse por su familia está entreteniendo a su amante.
—Finalmente sacaste las garras. Nunca me trague ese acto de mustia que llevabas a todos los lugares.—insulto la señora mirándola con desagrado.—Ten cuidado de como te refieres a mi hijo y a Ellie.
—Veo que usted está de acuerdo con el comportamiento de su hijo.—Claire se rió.—No me sorprende.
—Tu…
Antes de que la señora Hamilton pudiera continuar, una vocecita familiar rompió el aire.
—¿Mami?
Claire giró la cabeza hacia el sonido, y su corazón casi se detuvo al ver a Adeline parada en la entrada de la sala, abrazando a su osito de peluche.
—¡Adeline! —exclamó Claire, corriendo hacia su hija y arrodillándose para abrazarla con fuerza.
La niña se aferró a su cuello, su pequeña voz llena de alivio.
—Te extrañé, mami —susurró, enterrando su rostro en el hombro de Claire.
—Yo también te extrañé, cariño—respondió Claire, sintiendo cómo las lágrimas corrían por sus mejillas mientras la abrazaba con todas sus fuerzas.
La señora Hamilton observó la escena con los labios apretados, pero no dijo nada. Claire, aún sosteniendo a Adeline, se levantó y la miró con desafío.
—Vine a buscarte —dijo en voz baja, tratando de ocultar la ansiedad que la consumía.
La niña hizo silencio, mientras frunció la boca. Su mirada se desvío hacia el peluche que sostenía, moviéndolo con lentitud como si su mente estuviera en otro lugar.
—No quiero volver a casa —murmuró finalmente, su voz apenas audible.
Claire sintió que el corazón se le rompía. Sabía que esta conversación sería difícil, pero escuchar esas palabras de su hija la dejó sin aire. Era lo que más temía. Además de que sentía la mirada de su suegra sobre ella.
—Addy, amor, tenemos que volver. Esa es nuestra casa… —comenzó a decir, pero su hija la interrumpió, levantando la cabeza y mirándola con ojos llenos de lágrimas.
—¿Nuestra casa? —replicó Adeline, su voz temblando— No es nuestra casa si papá no está allí. No tiene sentido estar allí sin él. Prefiero la casa de mis abuelos aquí no me siento sola.
Claire sintió que las lágrimas se agolpaban en sus propios ojos, pero las contuvo. No podía permitirse derrumbarse ahora.
En este corto tiempo no se había detenido a pensar como su relación con Vincent había afectado a su hija.
Adeline la había visto llorando tantas veces que entendía de mala manera que su hija de cinco años era un poco más madura que los niños de su edad.
—Lo sé, cariño. Sé que es difícil, pero hemos tomado una decisión. Aunque yo quisiera que no fuera así, no podemos seguir juntos, pero eso no significa que te hayamos dejado de querer —intentó explicar, aunque las palabras le sonaban vacías incluso a ella. Realmente era difícil explicar a una niña que ya no viviría junto a sus padres
Adeline apretó los labios y desvió la mirada. Su abuela, que había estado escuchando en silencio, soltó un suspiro haciendo que el cuerpo de Claire se tensara.
—Voy a buscar algo de beber —dijo en voz baja, dándole a Claire una última mirada. Claire agradeció en silencio qué su suegra hubiera decidido irse y darle ese momento a solas con su hija.
—Quiero quedarme aquí, con los abuelos —dijo Adeline de repente, su tono decidido—. Aquí todo tiene sentido. Mamá, no quiero verte llorar más. No quiero volver a esa casa donde siempre estás triste. ¿Por qué tiene que estar pasando esto?
Las palabras de Adeline fueron como puñaladas para Claire. Había tratado de ser fuerte frente a su hija, de no dejar que la viera derrumbarse, pero sabía que no había logrado ocultar todo el dolor. Y ahora ese dolor estaba afectando a su pequeña de la peor manera.
—¿Cómo lo supiste?—pregunto Claire luego de un momento de procesar las palabras de su hija.
—Los escuché. Quería dormir junto a ustedes pero estaban discutiendo. Papi dijo que ya no quería estar más con nosotras.—explico Adeline mirando fijamente a su madre, con los ojos llenos de lágrimas.
Claire maldijo en silencio. Siempre pensó que había protegido bien a su hija, sin embargo, estás palabras que resultaban demasiados maduras para una niña, estaban saliendo de esos pequeños labios.
—Lo siento tanto, Addy —susurró Claire, tomando las pequeñas manos de su hija entre las suyas—No quería que lo supieras de esa forma. Pero por favor, entiende que lo que pasa entre tu papá y yo, no cambiará la relación que tienes con nosotros. Te necesitamos, y yo… te necesito, mi amor. Tenemos que mantenernos unida para poder seguir con nuestra vida.
Adeline miró a su madre, y por un momento, Claire vio la confusión y la tristeza mezclarse en esos ojos que tanto amaba. Pero también vio la resolución de una niña que estaba creciendo demasiado rápido, obligada a enfrentarse a una realidad que no debería ser su carga.
Por un momento pensó en lo egoísta que fue Vincent al pedir el divorcio sin pensar cuanto esto afectaría a su hija.
—Pero aquí estoy mejor —insistió Adeline, su voz quebrada—Aquí nadie está triste. No tengo que ver cómo papá se va o cómo tú lloras cuando piensas que no te estoy mirando. Aquí es diferente, los abuelos siempre están juntos. Tienen muchos años juntos y no van a separarse como tú y mi papá.
Claire cerró los ojos, luchando contra el torrente de emociones que la invadía.
—Nos vamos. Ahora.
Adeline abrió la boca para protestar, pero Claire no le dio oportunidad. Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta principal con ella en brazos, sintiendo una mezcla de frustración.
Adeline estaba con ella, donde pertenecía.
Mientras se dirigía de vuelta a su coche, Claire hizo una promesa silenciosa. No importaba lo que Vincent o su familia intentaran, no dejaría que la apartaran de su hija.
No permitiría que le quitaran lo único que le daba fuerza para seguir adelante.
—Vamos a casa mi amor.—susurro Claire mientras sentía como las lágrimas de su hija humedecían su cuello.
La mujer la sujeto con más fuerza.
Todo esto era su culpa.
—Lo siento mucho, Adeline.—susurro antes de subirla en el auto y arreglar todo para volver a casa.