Prólogo
Me casé con John cuando todavía creía que el amor era suficiente.
Éramos jóvenes. Demasiado. Yo acababa de salir de la universidad y él ya tenía la vida más o menos resuelta, o eso me parecía entonces. John siempre fue mayor que yo, no solo en edad, sino en la manera de mirar el mundo: más serio, más correcto, más medido. Al principio me gustaba sentir que alguien me sostenía, que alguien sabía hacia dónde íbamos.
Ahora, seis años después, lo único que sostiene este matrimonio es la costumbre.
Vivimos en una casa grande, silenciosa, demasiado ordenada. Todo está en su lugar, excepto nosotros. Las conversaciones se reducen a lo necesario: horarios, cuentas, compromisos sociales que cumplimos como si aún fuéramos una pareja normal. Dormimos en la misma cama, pero el espacio entre los dos se ha vuelto un territorio imposible de cruzar. No hay discusiones, no hay reclamos. Solo una distancia pulcra, educada, devastadora.
La intimidad desapareció sin despedirse.
John no me toca. O mejor dicho, ya no me toca como antes. Sus manos se quedaron en una rutina sin deseo, y con el tiempo dejaron de buscarme por completo. Me pregunto si él nota el silencio que se instala entre nosotros por las noches, si siente este vacío que me acompaña incluso cuando estoy a su lado.
Yo sí lo siento.
Lo siento cuando me miro al espejo y me pregunto en qué momento dejé de ser una mujer para convertirme solo en su esposa. Lo siento cuando me acuesto temprano y finjo dormir para no enfrentar otro intento torpe de conversación que no lleva a ningún lado. Lo siento cuando recuerdo cómo era sentirme deseada… y me duele admitir cuánto lo extraño.
Es por eso que la noticia de la llegada de Ajax me descoloca más de lo que debería.
—Mi hermano viene de viaje —dice John una noche, mientras cena sin mirarme—. Se va a quedar un par de días con nosotros.
Asiento, como si no importara. Como si ese nombre no despertara algo inquieto en mi pecho.
Ajax Whitaker.
El hermano menor. El que siempre fue diferente. Recuerdo vagamente encuentros familiares, risas más altas, una energía que contrastaba demasiado con la rigidez de John. Hace años que no lo veo, pero su presencia nunca fue fácil de ignorar. Ajax no entra a un lugar, lo ocupa. No habla en voz baja, no se esconde detrás de formalidades.
Nada que ver con el hombre con el que me casé.
Intento convencerme de que son solo recuerdos exagerados, que el tiempo lo cambia todo. Después de todo, solo se quedará unos días. Una visita breve. Un favor familiar. Nada más.
Aun así, algo en mí se tensa.
Paso los días previos limpiando más de la cuenta, ordenando cosas que ya están ordenadas, buscando excusas para mantener la mente ocupada. No quiero pensar en cómo será volver a verlo, en cómo se sentirá compartir el mismo espacio con alguien que no pertenece a este silencio cuidadosamente construido.
La noche antes de su llegada casi no duermo.
Escucho la respiración de John a mi lado, regular, distante, como todo lo que hay entre nosotros. Me pregunto si alguna vez volveré a sentir algo parecido a la cercanía, o si este matrimonio está destinado a quedarse congelado en una versión pálida de lo que fue.
No imagino que la respuesta está a punto de cruzar la puerta de mi casa.
Cuando Ajax llegue, nada va a romperse de inmediato. No habrá un desastre visible, ni una traición evidente. Solo una grieta. Una mirada. Una sensación imposible de ignorar.
Y yo todavía no lo sé, pero estoy a punto de enfrentar la decisión que va a cambiarlo todo.