John me observa desde la puerta del dormitorio mientras termino de abotonar la blusa.
—Ponte algo… apropiado —dice, con ese tono suyo que no admite discusión—. No es una salida con amigos. Es mi hermano.
Apropiado.
La palabra se me queda clavada en el pecho.
Bajo la mirada hacia mi reflejo: una falda recta que me llega por debajo de la rodilla, una blusa blanca cerrada hasta el cuello, zapatos bajos. Parezco una versión domesticada de mí misma. Una mujer correcta. Una esposa.
—¿Así está bien? —pregunto, aunque sé la respuesta.
John asiente, pero no sonríe.
—Ajax es… cercano —advierte—. Siempre lo fue. No quiero malentendidos. Mantén tu lugar. Sé amable, sí, pero sin exagerar. Sirve la comida, ofrece café, lo normal. Nada más.
Nada más.
Asiento otra vez. No porque esté de acuerdo, sino porque es lo que se espera de mí. El papel de esposa se me ajusta como una prenda que ya no es mía, pero sigo usándola porque no conozco otra.
Cuando el timbre suena, siento algo extraño en el estómago. No nervios. Expectativa. Y eso me molesta.
John abre la puerta.
Ajax entra como si la casa le perteneciera.
Es más grande de lo que recordaba. Más ancho, más sólido. Lleva una camiseta oscura que se le pega al torso y marca unos músculos que no parecen decorativos, sino usados. Sus brazos son fuertes, llenos de venas visibles, como si el esfuerzo fuera parte natural de su cuerpo. Huele a viaje, a aire libre, a algo peligrosamente vivo.
Levanta la vista… y me encuentra.
Sus ojos verdes se clavan en mí con una intensidad descarada, lenta, sin el menor intento de disimulo. No me mira como John. No me atraviesa ni me ignora. Ajax me recorre. De arriba abajo. Sin pudor. Sin culpa.
Una sonrisa ladeada aparece en su rostro.
—Vaya —dice—. Así que esta es Holly.
Su voz es grave, cargada de algo burlón que me eriza la piel.
—Hola, Ajax —respondo, extendiendo la mano.
Él la toma, pero no para estrecharla. Sus dedos envuelven los míos con firmeza, cálidos, demasiado presentes. Sostiene el contacto un segundo más de lo necesario.
—Encantado —dice, sin soltarme—. Aunque debo admitir que esperaba algo… distinto.
Inclina la cabeza, observándome con diversión descarada.
—Pareces lista para vender biblias puerta por puerta.
Siento cómo el calor me sube al rostro.
—Ajax —interviene John, seco—. Compórtate.
Ajax ríe, una risa baja, provocadora, antes de soltar mi mano.
—Tranquilo, hermano. Solo estoy admirando lo… formal que es tu esposa.
La palabra esposa pesa más de lo normal.
Durante la cena, Ajax se mueve por la casa con una comodidad insultante. Se sienta, se estira, ocupa espacio. Cada gesto suyo es exceso comparado con la contención de John. Cada vez que me levanto a servir, siento su mirada siguiéndome, deteniéndose en mis caderas, en la curva de mi espalda, como si la ropa recatada no hiciera más que llamar su atención.
—¿Siempre te vistes así? —me pregunta en voz baja cuando paso cerca de él con la jarra de agua.
—Así es suficiente —respondo, consciente de la presencia de John.
—Para algunos —murmura Ajax—. Para otros, debe ser un castigo.
Nuestros ojos se cruzan. Hay algo peligroso ahí. Algo que no debería estar naciendo.
John no lo nota. O finge no hacerlo.
Cuando me siento de nuevo, siento el peso de la mirada de Ajax sobre mí, insistente, lujuriosa, como si ya supiera que esta casa no es tan fría como aparenta… y que yo tampoco lo soy.
Y en ese instante, lo entiendo.
La llegada de Ajax no es una visita.
Es una amenaza.
Y, peor aún, una tentación.
La conversación se instala en la sala como un duelo silencioso. John se sirve una copa de vino y le ofrece otra a Ajax, más por cortesía que por ganas reales de compartir algo con él. Yo me quedo de pie unos segundos, sin saber si sentarme o desaparecer, hasta que John me indica con un gesto seco que me quede cerca.
—Entonces —dice John, acomodándose en el sillón—, ¿cómo estuvo el viaje? Mamá dijo que pasaste por tres países en menos de un mes.
Ajax se deja caer en el sillón opuesto con una soltura que desarma. Apoya un brazo en el respaldo, abre un poco las piernas. Ocupa el espacio sin pedir permiso.
—Intenso —responde—. Calor, caos, noches largas. Lo normal cuando no tienes un lugar fijo al que volver.
Sus ojos se desvían hacia mí apenas un segundo. Lo suficiente para que yo lo note.
—Suena… inestable —opina John—. Ya no tienes veinte años, Ajax.
Ajax sonríe, ladeado, como si ese comentario le causara gracia.
—Curioso —dice—. Yo pensaría que justo ahora es cuando más ganas dan de moverse.
—¿Y trabajo? —continúa John, ignorando el comentario—. ¿Sigues saltando de una cosa a otra?
—Busco algo —responde Ajax—. Algo que valga la pena. No tengo prisa por encerrarme en una oficina para pudrirme despacio.
Bebo un sorbo de agua para disimular la tensión que me sube por el cuello.
—A Holly no le gustaría una vida así —dice John de repente, sin mirarme—. Ella necesita estructura.
Parpadeo.
—Yo no he dicho—
—¿Ah, no? —interrumpe Ajax, girando el rostro hacia mí—. Entonces dime, Holly. ¿Te gusta la estructura?
Abro la boca para responder, pero John se adelanta.
—A ella le gusta la estabilidad. El orden. Las rutinas claras.
Las rutinas claras.
Las palabras me caen como una losa.
Ajax alza una ceja, divertido.
—Vaya —dice—. Qué conveniente. Pensé que hablabas de tu esposa, no de un horario de oficina.
La tensión se espesa.
—No es necesario que la pongas incómoda —dice John, firme.
—No lo hago —responde Ajax—. Solo intento conocerla. Aunque parece que no hace falta que ella hable para eso.
Se inclina un poco hacia adelante, apoyando los antebrazos en las rodillas. Sus músculos se tensan bajo la tela de la camiseta.
—¿Siempre respondes por ella? —pregunta—. ¿O hoy es una ocasión especial?
John aprieta la mandíbula.
—Holly y yo nos entendemos perfectamente.
Ajax suelta una risa baja.
—Eso no es lo que parece desde aquí.
Mi corazón late más rápido. No por miedo, sino por algo mucho más peligroso: sentirme vista.
—Hermano —continúa Ajax—, si no quieres que hable con tu esposa, dilo directamente. No hace falta fingir que es muda.
El silencio cae pesado.
John se pone de pie.
—Creo que estás cansado por el viaje —dice—. Mañana hablamos con más calma.
Ajax se reclina otra vez, sin perder la sonrisa, y esta vez me mira sin rodeos.
—Seguro —dice—. Aunque me encantaría escuchar qué piensa Holly… cuando se lo permitan.
Nuestros ojos se encuentran.
Y en ese cruce breve, cargado de burla y algo más oscuro, entiendo que Ajax no solo ve la grieta en mi matrimonio.
Está dispuesto a meter los dedos en ella.