02.

1186 Words
Ajax John camina delante de mí por el pasillo como si esta fuera todavía su casa y no el mausoleo silencioso que acabo de pisar. Lleva los hombros tensos, rígidos, como si cada paso le costara. No dice una palabra hasta que abre la puerta de la habitación de invitados. —Aquí te quedas —dice—. Mañana veré qué haces con tus cosas. Entro sin apuro. La habitación es amplia, ordenada, demasiado pulcra. Una cama perfectamente tendida, una ventana cerrada, un aire que no se mueve. Me quito la mochila del hombro y la dejo sobre la silla. John no se va. Cierra la puerta detrás de nosotros. —Escucha —dice entonces, girándose—. Necesito dejar algo claro desde el principio. Cruzo los brazos, apoyándome contra la cómoda. —Te escucho, hermano. Me observa con una dureza que no recordaba. O quizá siempre estuvo ahí y ahora es imposible ignorarla. —Holly no es parte de esto —dice—. No te acerques a ella. No la mires. No le pidas nada. Si necesitas algo, me lo dices a mí. Alzo una ceja. —¿Nada? —repito—. ¿Ni siquiera un vaso de agua? —Haz de cuenta que no existe —continúa—. O mejor aún, trátala como si fuera una empleada de la casa. Distancia. Respeto. La risa se me escapa antes de poder contenerla. —No es una empleada —digo, despacio—. Es tu esposa. Eso lo enciende. —Justamente por eso —responde, dando un paso hacia mí—. No confundas las cosas. —No soy yo el que las confunde —replico—. Eres tú el que parece tener miedo de que alguien las vea claras. Su mandíbula se tensa. —Ajax, no vine a discutir contigo. Vine a advertirte. —¿Advertirme de qué? —pregunto—. ¿De que mire? ¿De que respire cerca de ella? —De que no cruces una línea —escupe—. Esa mujer es mía. El silencio que sigue es espeso. Incómodo. Peligroso. —¿Tuya? —repito—. Curiosa forma de decirlo. No pareció muy… tuya esta noche. John me empuja con el pecho del dedo índice. —No te metas donde no te llaman. —Entonces deja de traerme a lugares donde nadie habla —respondo, sin bajar la voz—. Porque lo único que hice fue mirarla, y ya te pusiste así. —La miras como si fuera— —Como una mujer —lo interrumpo—. Porque lo es. No una estatua. No un adorno. No una empleada. Sus ojos brillan de rabia. —No tienes derecho. —No he hecho nada —respondo—. Pero dime algo, John… ¿te enfurece más que la mire o que ella me mire a mí? Eso es lo que rompe algo. —No te acerques a Holly —dice, esta vez más bajo, más peligroso—. Si lo haces, no respondo. Doy un paso al frente, quedando a centímetros de él. —Si no quieres perder algo —le digo—, quizá deberías empezar a cuidarlo tú. Nos miramos durante un segundo eterno. Dos hombres midiendo fuerzas. Dos formas opuestas de poseer. Finalmente, John se aparta. —Duerme —dice—. Mañana seguimos con esto. Abre la puerta y se va sin mirar atrás. Me quedo solo. Me siento en el borde de la cama y paso una mano por mi nuca. No estoy cansado. Estoy alerta. Y, contra toda lógica, mi mente no vuelve a la discusión… sino a ella. A Holly. A su ropa absurda. A su silencio forzado. A la forma en que apretó los labios cuando John habló por ella. No la toqué. No la busqué. Y aun así, algo ya empezó. Y sé, con una certeza incómoda, que John también lo sabe. No debería pensar en esto. Pero el silencio de la casa se me mete en la cabeza y me devuelve recuerdos que creía enterrados. Me tumbo boca arriba, con un brazo sobre los ojos, y dejo que la memoria haga lo suyo. John siempre fue el serio. El correcto. El que llevaba a las chicas a cenar y hablaba de futuro cuando todavía estábamos aprendiendo a vivir. Yo era el error. El desvío. El que no prometía nada… y por eso mismo lo quería todo. De jóvenes lo hacíamos por broma. Al menos así empezó. John presentaba a una nueva novia y yo aparecía, tarde o temprano, con una sonrisa insolente y esa fama que me precedía. Una noche, una fiesta, demasiadas copas… y el mismo juego repetido una y otra vez. Un beso robado. Uno solo. Inofensivo, según yo. Nunca fue más que eso. Pero siempre era suficiente. Bastaba un beso para que ellas me miraran distinto después. Para que dudaran. Para que el deseo hiciera su trabajo silencioso y cruel. No las obligaba, no las perseguía. Simplemente estaba ahí, siendo todo lo que John no era: impulso, risa, peligro. Y ellas elegían. Una por una dejaron de llamarlo. Algunas terminaron confesando que querían algo distinto. Otras simplemente desaparecieron. John nunca me gritó. Nunca me golpeó. Pero algo se quebró entre nosotros cada vez que eso pasaba. La enemistad nació ahí. —No puedes evitarlo, ¿verdad? —me dijo una vez, con los puños cerrados—. Siempre tienes que arruinarlo todo. Yo me encogí de hombros. —Si se arruina tan fácil —le respondí—, quizá nunca fue tuyo. No volví a besar a ninguna de sus novias después de eso. No porque me arrepintiera, sino porque ya no hacía falta. La distancia se instaló sola. John construyó su vida lejos de mí, como si mantenerme fuera de su vista fuera la única manera de conservar algo intacto. Y ahora estoy aquí. En su casa. En su territorio. Con su esposa. Holly no es una chica de aquellas noches. No es ingenua ni impulsiva. Hay algo roto en ella, algo contenido a la fuerza, y eso es mucho más peligroso. Lo veo en cómo baja la mirada cuando John habla por ella. En cómo aprieta los labios, como si tuviera demasiadas palabras atrapadas. No quiero repetir la historia. Pero tampoco soy el mismo idiota de antes. John cree que me enfurece la advertencia. Que lo que me molesta es su control. Se equivoca. Lo que me enciende es otra cosa: que siga creyendo que las mujeres son cosas que se pierden por culpa de otros. Holly no es una apuesta entre hermanos. No es un trofeo. Y desde luego no es una empleada. Me giro de costado y miro la puerta cerrada de la habitación. Tal vez mañana me vaya. Tal vez debería. Pero algo me dice que ya es tarde para huir de lo que siempre nos separó: John intentando poseer… y yo recordándole, sin querer, que el deseo no obedece a nadie. Y esta vez, la línea que no debo cruzar está peligrosamente cerca. Y lo peor es que… no estoy seguro de querer detenerme.
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