Holly.
La mañana llega demasiado rápido.
Estoy sentada a la mesa de la cocina con una taza de café entre las manos cuando John entra, ya vestido para el trabajo. El silencio entre nosotros es espeso, apenas roto por el sonido de la cafetera apagándose sola. Ajax todavía no aparece. Sé que sigue durmiendo en la habitación de invitados, y el solo hecho de pensarlo me provoca una incomodidad que no debería existir.
John se sienta frente a mí y despliega el diario sin mirarme.
—Mi hermano se va a quedar hoy también —dice, como si hablara del clima—. Tal vez salga a buscar trabajo o a dar una vuelta.
Asiento.
—Bien.
El tono de mi voz es neutro. Demasiado.
John dobla el diario con lentitud y alza la mirada. Sus ojos se clavan en mí con una intensidad que me hace enderezar la espalda.
—Quiero que mantengas distancia —dice—. De Ajax.
El café se enfría entre mis dedos.
—¿Distancia? —repito—. Vive en esta casa, John.
—No exageres —responde—. Me refiero a que no pases tiempo a solas con él. No charlas innecesarias. No confidencias. Nada que pueda malinterpretarse.
Frunzo el ceño.
—¿Malinterpretarse por quién?
—Por él —dice, rápido—. Y por ti.
Eso me duele más de lo que quiero admitir.
—No entiendo a qué viene esto —digo—. Ayer apenas cruzamos palabras.
—Lo suficiente —responde, con la mandíbula tensa—. Ajax no conoce límites, Holly. Siempre fue así. Y tú… —se detiene, como si eligiera las palabras— tú eres demasiado amable.
Demasiado amable.
Como si ese fuera mi pecado.
—Soy educada —corrijo—. Es tu hermano.
—Y eso no lo hace confiable —replica—. No quiero que te metas en problemas que no existen.
Apoya la mano sobre la mesa, inclinándose hacia mí.
—Mantente alejada —repite—. Si necesita algo, que me lo pida a mí. No quiero verte sirviéndole ni atendiéndolo como si fuera… otra cosa.
Trago saliva.
—Soy tu esposa, no una niña —digo, intentando mantener la calma.
—Justamente por eso —responde—. Porque eres mi esposa.
La palabra vuelve a sentirse como una jaula.
En ese momento, escuchamos pasos en el pasillo. Ajax aparece en la puerta de la cocina con el cabello revuelto y una camiseta vieja que le marca el pecho de una forma obscenamente natural. Sonríe apenas al verme.
—Buenos días —dice.
—Buenos —respondo, automática.
John se pone de pie de inmediato.
—Yo me voy —dice, tomando las llaves—. Hablamos más tarde, Holly.
Me mira una última vez. No es una mirada de cariño. Es una advertencia silenciosa.
Cuando la puerta se cierra, el aire cambia.
Ajax se acerca a la mesa y toma una taza limpia sin preguntar. Se sirve café y me observa por encima del borde.
—Pareces tensa —dice—. ¿Desayuno con interrogatorio incluido?
No respondo enseguida.
—John solo estaba siendo… protector —miento.
Ajax sonríe de lado.
—No —dice—. Estaba siendo celoso.
Levanta la taza en un gesto casual.
—Y cuando John se pone así… suele ser porque sabe que algo ya no está bajo su control.
Mi corazón da un golpe seco contra el pecho.
No digo nada.
Pero tampoco lo niego.
Y en ese silencio, entiendo que la advertencia de John no fue solo para protegerme de Ajax.
Fue para protegerse de perderme.
La cocina se siente más pequeña con Ajax dentro.
El silencio que deja John es distinto al de antes. No es vacío: es expectante. Ajax se mueve con naturalidad, abre cajones, revisa sin pudor, como si no necesitara permiso para existir aquí. Yo me quedo junto a la mesada, fingiendo ordenar algo que ya está ordenado.
—¿Siempre desayunan juntos? —pregunta de pronto, apoyándose contra la encimera frente a mí.
—Cuando los horarios coinciden —respondo, sin mirarlo.
—Ajá —dice—. ¿Y conversan mucho… o solo comparten la mesa?
Levanto la vista, incómoda.
—No veo por qué eso debería interesarte.
Sonríe. Justamente por eso.
—Curiosidad familiar —responde—. John nunca fue muy hablador. Me preguntaba si con su esposa era distinto.
Me giro para buscar una cuchara que no necesito.
—John y yo estamos bien.
—Claro —dice, alargando la palabra—. Esa frase suele decirse cuando no hay mucho más que agregar.
Aprieto los labios.
—¿Siempre haces este tipo de preguntas? —le pregunto—. ¿O es solo conmigo?
—Solo contigo —responde sin dudar—. Con John ya sé todas las respuestas.
Se sirve otro poco de café y da un sorbo lento, observándome por encima de la taza.
—¿Hace cuánto están casados?
—Más de seis años.
—¿Y siguen siendo… cercanos?
El calor me sube al rostro.
—Eso no es asunto tuyo, Ajax.
—No —admite—. Pero es interesante.
Deja la taza y se inclina un poco hacia adelante, sin invadir mi espacio, pero lo suficiente como para que lo sienta.
—Porque John siempre fue celoso —continúa—. Incluso cuando no tenía razones. Hoy parecía tenerlas.
—No las tiene —digo rápido.
Ajax alza una ceja.
—¿Seguro?
El silencio vuelve a caer. Esta vez más pesado.
—No estás siendo gracioso —le digo.
—No intento serlo —responde—. Solo estoy comprobando algo.
—¿Qué cosa?
Sonríe otra vez. Esa sonrisa ladeada que no promete nada bueno.
—Que no importa lo formal que te vistas —dice—, ni lo fuerte que John intente marcar territorio… esta casa está llena de cosas que no se dicen.
Mi corazón late demasiado rápido.
—No juegues conmigo —le advierto.
—Tranquila —responde, levantando las manos—. No quiero nada.
Hace una pausa. Me mira con descaro.
—Por ahora.
Se endereza, toma la taza y se dirige a la puerta.
—Gracias por el café, Holly —dice—. Eres una anfitriona impecable.
Y ahí está la burla.
No en la voz.
En la intención.
Cuando se va, me quedo sola en la cocina con una sensación imposible de ignorar: Ajax no busca seducirme.
Busca incomodarme.
Remover.
Desordenar.
Y lo peor es que lo logra.
Porque mientras lavo una taza que ya está limpia, entiendo que John tenía razón en una sola cosa:
Ajax no cruza líneas.
Las señala…
y espera a que otros las crucen solos.