Ajax.
Vuelvo a la casa cuando ya es de noche.
No hay luces encendidas en la sala, pero la cocina está iluminada. El sonido suave de algo hirviendo me guía hasta allí. Holly está de espaldas a la puerta, concentrada en lo que hace, con el cabello recogido de cualquier manera y esa ropa correcta que parece elegida para borrar cualquier curva.
Siempre aquí.
Me apoyo en el marco de la puerta sin anunciarme.
—¿No tienes otros intereses? —pregunto, con voz tranquila—. ¿O la cocina es tu único territorio?
La veo tensarse de inmediato.
—Me gusta mantener la casa en orden —responde, sin girarse.
—Claro —digo, avanzando despacio—. A John también le gusta eso. El orden. Las cosas en su lugar.
Me acerco lo suficiente como para sentir el calor de su cuerpo. No la toco todavía. No hace falta. Su respiración cambia apenas, casi imperceptible, pero yo lo noto.
—¿Siempre estás aquí cuando él no está? —pregunto—. Es curioso.
—No deberías estar tan pendiente de mí —dice, con rigidez.
Sonrío.
—Y tú no deberías ponerte así solo porque estoy cerca.
Me coloco detrás de ella, sin invadirla del todo. Inclino el rostro apenas, inhalando. Huele a jabón, a algo suave, doméstico. Demasiado contenido para alguien como ella.
—Usas aromas tranquilos —murmuro—. Como si temieras llamar la atención.
Su espalda se tensa más.
—Ajax…
—Relájate —respondo—. No estoy haciendo nada.
Extiendo la mano y rozo su brazo al pasar, apenas un contacto leve, como si fuera accidental. Su piel está caliente. Viva. Su respiración se acelera, y eso me arranca una sonrisa lenta.
—Te escondes demasiado —continúo—. Esa ropa… —dejo la frase en el aire—. Es una pena.
Se gira al fin, enfrentándome, con los ojos brillantes y la mandíbula apretada.
—No me visto para ti.
—Lo sé —digo—. Te vistes para desaparecer.
Doy un paso más cerca. No la encierro. No la toco. Solo existo en su espacio.
—Pero no puedes —añado—. Tu cuerpo no sabe esconderse. Aunque lo intentes.
Traga saliva. Su pecho sube y baja con más rapidez.
—Esto no está bien —dice.
—No —admito—. Pero tampoco está mal.
Levanto la mano y esta vez apoyo los dedos un segundo más firme en su brazo, solo para luego retirarlos.
—Dime algo, Holly —murmuro—. ¿Alguna vez te miran… o solo te vigilan?
El silencio entre nosotros es espeso, eléctrico.
Entonces me aparto.
—Tranquila —digo, tomando una manzana del frutero—. No vine a tentarte. Solo a recordarte algo.
La observo una última vez antes de salir de la cocina.
—Que esconder lo que eres… siempre termina cansando.
La dejo sola, respirando demasiado rápido, con el corazón golpeándole el pecho.
Y sé que cuando John llegue, ella no va a saber explicarle por qué se siente así.
Porque yo no hice nada.
Y aun así, lo moví todo.
No debería volver a la cocina.
Pero lo hago.
Holly sigue ahí cuando regreso, como si ese espacio fuera su refugio y su condena. Está de espaldas otra vez, removiendo algo en una olla que no necesita atención. Su cuerpo delata lo que su postura intenta negar: está tensa, alerta, esperando.
Cierro la puerta detrás de mí con cuidado.
—Sigues aquí —digo—. Empiezo a pensar que este lugar es lo único que te permiten ocupar.
No responde. Su respiración ya va más rápido.
Camino despacio hasta quedar detrás de ella. Esta vez no finjo distancia. No la toco, pero estoy lo suficientemente cerca como para que me sienta entero.
—John no está —añado, en voz baja—. Puedes respirar.
Se queda quieta.
—Deberías irte, Ajax.
Sonrío.
—Eso dices con la boca —murmuro—. Tu cuerpo dice otra cosa.
Inclino la cabeza apenas hacia ella, lo justo para que mis palabras le rocen el oído.
—Si no fueras su esposa… —dejo la frase colgando.
La veo estremecerse.
—No digas eso —susurra.
—¿Por qué? —pregunto—. ¿Porque no es cierto… o porque lo es demasiado?
Rodeo la mesada y me coloco frente a ella. No la encierro. No hace falta. Sus ojos no saben a dónde ir.
—Te escondes en esa ropa como si fuera una armadura —continúo—. Pero debajo hay una mujer que no fue hecha para pedir permiso para existir.
Traga saliva.
—No tienes derecho a hablarme así.
—No —admito—. Pero alguien tenía que hacerlo.
Bajo la voz. Cruzo la línea con intención.
—Porque mírame bien, Holly —digo—. Si yo fuera tu marido, no permitiría que te marchitaras así. No dejaría que nadie olvidara lo que tengo en casa.
El silencio se vuelve insoportable.
—No soy tuya —dice, con un hilo de voz.
La miro directo a los ojos.
—Lo sé.
Me acerco un poco más. Solo palabras. Solo verdad.
—Pero tampoco eres de él como cree.
Eso es lo que la desarma.
Su respiración se agita, visible ahora, imposible de ocultar. Doy un paso atrás antes de que el aire se vuelva irrespirable.
—Relájate —digo, más suave—. No he hecho nada que no puedas negar.
Tomo mi chaqueta del respaldo de la silla.
—Pero recuerda esto —añado, antes de irme—: cuando alguien empieza a verte… es muy difícil volver a fingir que no existes.
Salgo de la cocina dejándola ahí, con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido, con una verdad clavada en la piel.
No la toqué.
No la besé.
Pero acabo de decir en voz alta lo que John teme…
y lo que ella ya no puede dejar de sentir.