Capítulo 8: Un Deseo Fatal

1270 Words
El sol comenzaba a ocultarse detrás de las colinas cuando Samuel, sentado en la terraza de la finca, observaba el vasto paisaje con un nudo en el estómago. Había pasado la tarde esperando instrucciones sobre su "misión", la primera tarea real desde que había pasado la prueba. Álvaro había sido críptico en los detalles, y ahora Samuel sabía que el misterio nunca era una buena señal. Algo grande estaba por venir, y no podía escapar. Apretó los puños mientras la fría brisa del anochecer le acariciaba la cara. La presión estaba comenzando a hacerse insoportable. Recordó la moto robada, la persecución policial, y la forma en que había escapado por un pelo de ser arrestado de nuevo. La piedra había sido la clave para sobrevivir a esa situación, pero cada vez que la usaba, algo salía mal. Algo mucho peor de lo que había imaginado. La puerta de la terraza se abrió, y Álvaro apareció. Llevaba su chaqueta de cuero habitual y un cigarro encendido en la mano. —Samuel, es hora —dijo sin rodeos, exhalando humo lentamente mientras se acercaba—. Mauricio quiere que completes una tarea esta noche. Si todo sale bien, estarás dentro de nuestra operación al cien por cien. El corazón de Samuel comenzó a latir más rápido. Ya no había vuelta atrás. Sabía que estaba atrapado, y cualquier movimiento en falso podría costarle caro. —¿Qué tengo que hacer? —preguntó, intentando mantener la calma, aunque sabía que Álvaro podía ver su nerviosismo. Álvaro sonrió, una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos. —Vas a encontrarte con alguien en la ciudad. No es un intercambio como el anterior. Esta vez, vas a recoger un paquete especial. Algo que tiene mucho valor para nosotros… y para gente que no nos cae bien. —Hizo una pausa para enfatizar sus palabras—. Y por eso, no puedes fallar. Samuel sintió el peso de esas palabras caer sobre él como una losa. —¿Qué tipo de paquete? —preguntó, con el estómago encogido. Álvaro lo miró durante un segundo, como si evaluara cuánto decirle. —No necesitas saberlo. Lo que necesitas saber es que la policía y otros grupos estarán vigilando. No querrán que llegues a destino con ese paquete. Pero si lo logras, estarás bien con nosotros. Samuel asintió, sintiendo el sudor correr por su frente. La policía, o quizás algo peor. Todo indicaba que esta misión era un suicidio. No podía simplemente confiar en su suerte; no cuando el riesgo era tan alto. Miró a Álvaro por última vez antes de tomar una decisión. —Lo haré —dijo finalmente, con la voz baja. Álvaro lo palmeó en el hombro. —Sabía que lo harías. Hay una moto esperándote en el garaje. Buen viaje. --- Unos minutos después, Samuel estaba en el garaje, con la moto lista. Tenía las llaves en la mano, pero sentía que algo faltaba. La piedra. La piedra era lo único que podría asegurar su éxito. La había guardado en su bolsillo, pero no quería usarla. Sabía lo peligroso que era hacer otro deseo, pero no podía arriesgarse a fallar. Sacó la piedra de su bolsillo y la miró con resentimiento. No había un solo deseo que no hubiera terminado mal, pero también sabía que sin ella no tendría ninguna oportunidad. Esta misión era demasiado peligrosa. Sentía que lo estaban mandando al matadero. Cerró los ojos, concentrándose en lo que iba a pedir. —Quiero que esta misión sea un éxito, que no me atrapen ni me detengan. No quiero que nada me impida completar el trabajo. Sintió el calor familiar de la piedra, pero esta vez fue diferente. El calor era más intenso, casi doloroso. Un estremecimiento recorrió su cuerpo, pero cuando abrió los ojos, todo parecía normal. La moto seguía allí, el garaje estaba en silencio. No había señales de que algo hubiera cambiado, pero sabía que el deseo se había cumplido. Al menos, eso esperaba. Subió a la moto y encendió el motor, sintiendo el rugido bajo sus manos. Estaba listo. --- Las luces de la ciudad brillaban en la distancia mientras Samuel conducía a través de las calles, siguiendo las indicaciones que Álvaro le había dado. Cada curva lo acercaba más al punto de encuentro, y cada minuto que pasaba aumentaba la tensión. Sabía que la policía, o algo peor, podía estar esperándolo en cualquier esquina. El tráfico era escaso, y eso solo hacía que el silencio en las calles fuera más inquietante. Finalmente, llegó al lugar indicado: un almacén abandonado en las afueras de la ciudad, justo al lado del puerto. El lugar estaba desierto, y la oscuridad era casi impenetrable. Samuel se detuvo y apagó la moto, bajando con cautela. Era hora de hacer el intercambio. Caminó hacia la puerta del almacén, su corazón martillaba en sus oídos. Llamó a la puerta metálica tres veces, tal como le habían indicado. Unos segundos después, la puerta se abrió con un chirrido, y un hombre alto y corpulento lo miró desde las sombras. —¿Eres Samuel? —preguntó el hombre, con voz áspera. Samuel asintió, sintiendo un nudo en el estómago. —Toma esto y lárgate —dijo el hombre, sacando un pequeño maletín de detrás de la puerta y empujándoselo a Samuel. Samuel tomó el maletín y se dio la vuelta rápidamente. Algo no estaba bien, pero no podía permitirse pensar en eso ahora. Subió de nuevo a la moto y comenzó a acelerar, pero antes de que pudiera avanzar mucho, escuchó el grito del hombre. —¡Es una trampa! ¡Corre! Antes de que Samuel pudiera reaccionar, el sonido de motores rugiendo se acercó rápidamente desde detrás del almacén. Dos coches negros salieron de las sombras, acelerando directamente hacia él. El maletín casi se le cayó de las manos por el susto, pero se aferró a él con fuerza. Pisó el acelerador de la moto, rugiendo hacia las calles de la ciudad mientras los coches lo perseguían. Había hecho el deseo para que todo saliera bien, pero ahora estaba en medio de una persecución mortal. Los coches lo siguieron de cerca, y los neumáticos de la moto chirriaron mientras Samuel tomaba curvas cerradas, intentando perderlos. Las luces de los coches lo cegaban por momentos, y las calles estrechas no le daban espacio para maniobrar. —¡Vamos! —murmuró entre dientes, sintiendo el miedo apoderarse de él. De repente, uno de los coches aceleró hacia él, acercándose demasiado. Intentaron embestirlo, pero Samuel giró la moto en el último segundo, esquivando el golpe. Aceleró aún más, sabiendo que si caía, sería el final. Giró hacia un callejón estrecho, una maniobra arriesgada. Los coches trataron de seguirlo, pero el espacio era demasiado estrecho. Samuel los oyó frenar bruscamente mientras el eco de sus motores se desvanecía en la distancia. Había escapado. El deseo lo había salvado. Se detuvo por un momento, respirando entrecortadamente, mirando hacia atrás para asegurarse de que no lo seguían. El maletín seguía en su mano, intacto. Pero algo no estaba bien. Cuando abrió el maletín para asegurarse de que todo estaba en orden, sus ojos se encontraron con algo que no esperaba. El maletín estaba lleno de dinero, pero también había un paquete pequeño, cuidadosamente envuelto, que no reconocía. Algo peligroso. Samuel cerró el maletín rápidamente, sabiendo que, aunque había escapado, las consecuencias de lo que acababa de hacer lo perseguirían. El deseo había cumplido su misión, pero no sabía cuál sería el costo esta vez. Con el corazón aún latiendo con fuerza, volvió a montar en la moto, sabiendo que lo peor estaba por venir.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD