El sol ya estaba alto cuando Samuel llegó de vuelta a la finca de Mauricio. El viento caliente de la mañana le golpeaba el rostro mientras bajaba de la moto, con el maletín aún firmemente en su mano. Aunque había logrado escapar por los pelos la noche anterior, el peso de la incertidumbre y la tensión aún pesaba sobre sus hombros. Sabía que no estaba fuera de peligro.
Mientras caminaba hacia la entrada principal de la finca, intentó calmar su respiración y poner en orden sus pensamientos. El paquete. Lo había abierto para asegurarse de que todo estaba bien, pero ahora tenía que explicar por qué lo había hecho, sin levantar sospechas. La verdad era demasiado peligrosa de admitir.
Dos hombres corpulentos que trabajaban para la seguridad de Mauricio lo esperaban en la puerta. No dijeron nada, solo lo miraron con ojos severos y lo guiaron hacia adentro, donde sabía que Mauricio "El Tiburón" lo esperaba.
El salón principal de la finca era amplio y lujoso, con muebles de cuero y madera oscura que reflejaban el poder y la riqueza de su dueño. Al entrar, Samuel vio a Mauricio sentado en una gran butaca de cuero, un vaso de whisky en la mano y una sonrisa tranquila en el rostro. Álvaro estaba de pie cerca de una ventana, mirando hacia afuera, pero se giró para observar a Samuel con interés en cuanto entró.
Mauricio se levantó lentamente, dejando el vaso sobre una mesa.
—Samuel, Samuel... —dijo, su voz profunda y calmada—. Me dijeron que lo lograste. —Sonrió, pero en sus ojos había algo más, algo que indicaba que no esperaba que Samuel hubiera salido ileso de esa misión.
Samuel tragó saliva, intentando no parecer nervioso. Sabía que Mauricio estaba acostumbrado a manejar a sus hombres con precisión y frialdad, y ahora se encontraba en el centro de su atención.
—Sí, lo logré —respondió Samuel, mostrando el maletín—. Tuve una pequeña complicación, pero todo está aquí.
Mauricio caminó lentamente hacia él, sus pasos suaves pero cargados de autoridad. Se detuvo frente a Samuel y miró el maletín por un segundo, antes de alargar la mano.
—¿Una complicación, dices? —preguntó Mauricio, tomando el maletín y observándolo cuidadosamente—. Álvaro me dijo que había ciertas… dificultades en el camino. —Sus ojos se clavaron en los de Samuel, buscando cualquier signo de debilidad o mentira—. Me sorprende que estés aquí, de pie, sin un rasguño.
Samuel sintió un nudo en el estómago. No podía decir la verdad sobre la persecución y menos sobre la piedra.
—Sí, hubo una persecución —dijo Samuel, eligiendo cuidadosamente sus palabras—. Dos coches me siguieron, pero logré perderlos. Durante la persecución, el maletín… se abrió. No tuve más remedio que verificar que todo estuviera en orden. No toqué nada, lo cerré de inmediato.
Mauricio lo miró fijamente durante unos segundos que se sintieron como horas. Luego, en silencio, dejó el maletín sobre una mesa cercana y lo abrió.
El silencio en la habitación era espeso. Mauricio examinó el interior del maletín con una precisión fría, primero viendo los fajos de dinero, luego su mirada se deslizó hacia el pequeño paquete cuidadosamente envuelto que había en su interior. No dijo nada mientras levantaba el paquete, sopesándolo en su mano.
—Álvaro, pásame la báscula —ordenó Mauricio, sin apartar la vista del paquete.
Álvaro se acercó a una estantería cercana y sacó una pequeña báscula portátil. Colocó el paquete sobre ella y, con una leve sonrisa, observó el peso que aparecía en la pantalla. El peso no había cambiado.
Mauricio frunció el ceño por un breve segundo, pero luego volvió a sonreír, satisfecho.
—Parece que todo está en orden —dijo finalmente, con una voz que no dejaba adivinar si estaba aliviado o aún suspicaz—. Bien hecho, Samuel.
Samuel soltó el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta, pero aún no se sentía completamente a salvo. La mirada de Mauricio había sido demasiado penetrante, demasiado observadora.
Mauricio cerró el maletín y lo entregó a Álvaro.
—Este chico sabe moverse —dijo, dándole una palmada amistosa en el hombro a Samuel—. Me sorprende, debo admitirlo. No esperaba que pudieras con esto, pero parece que he subestimado tus habilidades. Aunque... —hizo una pausa, como si saboreara la próxima frase— ...sabes lo que dicen, ¿no? La suerte no dura para siempre.
Samuel asintió, tratando de mantenerse impasible.
—Hiciste un buen trabajo. —Mauricio se acercó nuevamente a su vaso de whisky y levantó la mano en un gesto despreocupado—. Descansa en la finca. Has demostrado ser útil, pero no te relajes demasiado. Pronto habrá más trabajo.
Samuel asintió, su boca seca. Mientras se daba la vuelta para salir de la habitación, Álvaro lo siguió con la mirada, sin decir una palabra, pero con una leve sonrisa en sus labios. Parecía que Álvaro sabía algo más, algo que Samuel no comprendía del todo. La sensación de que estaba siendo vigilado no lo abandonaba.
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Esa noche, Samuel se dejó caer sobre la cama en su habitación, agotado tanto física como mentalmente. Había logrado salir ileso, pero a qué costo. Se giró hacia la ventana, mirando la luna que brillaba débilmente sobre los jardines de la finca. La piedra estaba allí, en su bolsillo, y aunque le había salvado la vida una vez más, no podía dejar de sentir que cada vez que la usaba, se acercaba más a algo inevitable, algo que no podría controlar.
El peso de las mentiras y el peligro constante estaban comenzando a aplastarlo. Sabía que Mauricio, aunque lo había felicitado, lo tenía bajo observación. Y Álvaro, ese hombre que parecía ser el intermediario entre él y el jefe, parecía disfrutar viéndolo nervioso, viéndolo luchar para mantenerse a flote.
Mientras Samuel cerraba los ojos, exhausto, una idea comenzó a formarse en su mente. No podía seguir así. Dependiendo de la piedra, mintiendo, huyendo de las consecuencias. Pero ¿cómo iba a salir de todo esto? Sabía que no podría escapar de Mauricio ni de Álvaro tan fácilmente. Y, sin embargo, tenía que encontrar una salida.
El sonido de los grillos afuera y el crujido de las hojas mecidas por el viento fueron el único consuelo que tuvo esa noche. Pero incluso en la tranquilidad de la finca, Samuel sentía que algo oscuro se cernía sobre él, y que los verdaderos peligros apenas comenzaban.