Capítulo uno
En toda mi vida me hubiera imaginado estar en esta situación, un día, dos como máximo mi madre murió en el hospital por cáncer avanzado. ¿Que sería mi vida sin ella? Y aunque lloré y lloré y le pedí a todos los dioses que me la devuelvan las cosas no funcionan así. Y mi salud mental quebró, tiempo sin bañarme, acostada, y nadie te dice como vivir un duelo pero jamás te dicen como es la muerte; cruel. Mi madre era la mejor persona del mundo y no lo digo porque sea su hija, lo digo porque era además mi mejor amiga. Había sufrido tanto con sus padres y con mi padre nunca concretó sus sueños, y fui presencia de como una persona buena, llena de sueños y esperanzas, desaparecía del mundo y todo seguía como si nada hubiera pasado. Pero para mi sí había pasado, se había muerto la única razón por la seguía aquí.
Mi padre entonces tuvo la brillante idea de verme destruirme en pedazos por meses y compartir conmigo un secreto, luego de la muerte de mi madre había salido una herencia; la de la casa de su madre. Quedaba justo alado, pero siempre fuimos una familia pequeña, nunca recibimos amor de una abuela o de algún familiar, nuestra casa quedaba junto a la de ella, pero es como si fuéramos fantasmas, y ahora yo me sentía uno. Él insistió en que tomara su parte y que conociera a los dueños de las otras dos partes, ya que la casa se dividía en tres. No lo sabía, pero los meses de duelo, mis tíos habían vendido sus partes a chicos ricos suponía yo. Acepté, por impulso, por rabia, porque sentía que se lo arrebataron a mi madre. Ella solo quería viajar en familia y nunca lo pudimos hacer, si tan solo ésto hubiera llegado antes. Lloraba mientras sostenía las llaves de aquella casa que si bien quedaba junto a la mía, siempre me la habían negado.
Entonces llegó el momento de entrar, y pude percibir que habían personas dentro, chicos como de mi edad, discutiendo.
—¿Quien está ahí?—retumbó una voz de un joven mientras me acerqué de a poco.
—Hola...—dije casi entre murmuros.
—¿Eres la heredera?—instó uno sentado en la silla del comedor.
Yo asentí con la cabeza.
—¿Y porque apareces hasta ahora? Tenemos que decidir que haremos con el lote.
Yo me rasqué la cabeza y suspiré.
—Mi madre murió...
—Lo siento—dijo retrocediendo su tono.
—Yo también, soy Ellis, un gusto—comentó el joven sentado. El otro no dejaba de dar vueltas por todo el comedor.
—No se si esto es molesto, ustedes saben más que yo, pero yo apenas me entero que ganamos una parte de ésta casa, pensé que todo estaba perdido...
—¿Porque pensarías eso?—preguntó el joven sin nombre.
Yo volví a rascarme la cabeza con gesto pensativo, pero no tenía palabras. No sabía porque nos habían excluido en la familia.
—No les agradaba mi madre, y mi abuela era algo racista...
—¿Tu madre es negra?—preguntó sin rodeos el joven de los ojos verdes, el menos calmado que daba vueltas alrededor de la mesa, los tenía rasgados y morenos.
—Oye no le digas así.
Yo negué con la cabeza rápidamente.
—Solo era trigueña, como tú—lo señalé.
Él asiente con la cabeza.
—Debió ser duro...
—Lo fue.
—¿Entonces no tienes ni la menor idea de que hacer con la parte que te corresponde? —insistió el joven sin nombre.
Yo negué con la cabeza.
—Estudiamos aquí, necesita tiempo, podemos dárselo—insistió el llamado Ellis.
El otro joven se tomó de la nuca e hizo una mueca.
—¿Sabes que? De todos modos creo que ninguno de aquí está preparado para salir allí afuera. Demosle el tiempo que quiera, me da igual.
Dijo por último y se marchó. El otro joven se acercó, tenía una nariz respingada como de modelo y una linda sonrisa.
—Él es Percy, nos conocimos aquí hace unos meses, supongo que cuando tú estabas de duelo...
—Sí, entiendo. Extraño a mi madre.
—Yo también—espetó él.
—¿Murió?
—No, que no somos muy demostrativos, debo graduarme para poder verlos y si los veo antes tengo que hacerlo con las narices entre los libros. Así que supongo que mi padre adquirió este lugar para que pudiera hacerme un hombre.
—¿Que edad tienes?
—Veintisiete.
—Genial Ellis, eres lo suficientemente joven para ésto—dije tomándome de la sien.
—Percy tiene treinta.
—¿Realmente? ¡No se le nota ni un poco!
—A ti tampoco se te nota una edad en específico.
—Eso lo dices ahora, luego verás mis canas—dije riendo mientras me dirigía al jardín delantero—.Todo ha muerto...
—¿A que te refieres?
—El jardín delantero era mi parte favorita de la casa, mi abuela se empeñaba mucho en cuidar sus plantas, había rosas y jazmines, que son tan pero tan difíciles de crecer...
—Su ropa sigue en su cuarto, por si quieres tenerla...
—¿Que? ¿No han quitado todo de la casa?
—Yo me he traído algunas cosas, pero por lo que sé, Percy usa los muebles antiguos. Y no es por nada, pero nadie se ha atrevido a entrar al cuarto de una anciana muerta.
Yo echo una leve carcajada.
—Entonces conoces el pasillo junto a la escalera sin barandales.
—Sí, menudo descuido. Casi siempre dejamos la ventana cerrada para no tener que hacer magia cruzando ese angosto pasillo.
—Yo nunca lo entendí—me reí—.Pero mi abuela estaba loca y yo era muy pequeña para darme cuenta de que lo estaba.
—¿Entonces tuvieron un momento de ser unidas?
Yo asentí.
—Cuando era niña, solía cantarle canciones en la escalera de la piscina como si fuera un escenario, pero luego supe que cantaba horrible.
—¿Que tanto?—rió él.
—Jamás lo sabrás—dije riendo—.En ese entonces quería que todos mis primos y yo viviéramos juntos en ésta casa.
—¿Y que sucedió?
Yo torcí la mueca con los labios y me encogí de hombros.
—Lo vi, crecí, entendí como trataban a mi madre y a mi padre por haberse casado con ella. Dejaron de invitarnos a las cenas, y un día, dejaron también de saludarnos, como si fuéramos desconocidos. Y tenía dos historias, la de mi abuela que pensaba que mi madre me prohibía verla y mi madre que siempre me instó verla porque no importaban las cosas de adultos, ella seguía siendo mi abuela. Y lo supe, mi madre no fomentaba el odio, así que los comencé a odiar por no aceptar a la persona más buena que había existido en este mundo.
—¿Eran muy cercanas, cierto? Digo, con tu madre...
Yo asentí.
—Pero mi abuela solo se destacó por tener empleadas y tapados caros. No quiero ser como ella.
Él se acercó a mí y me proporcionó un leve abrazo.
—No lo serás...
—Eso es porque no has visto mi closet—dije secándome las lágrimas y apartándome.
—Creo que solo eres una chica que está llevando una carga demasiado pesada.
Me recosté entonces sobre las pilastras del jardín seco y oscuro, deteniéndome en el tiempo de mi infancia que había pasado allí y cómo mi madre era tan gentil y piadosa que nunca me apartó de el resto de mis familiares.
—¿Entonces tu abuela era de esas ancianas con tapados caros y sirvientas?
Yo me reí.
—Siempre llevaba lentes oscuros. Aunque nadie en el funeral pareció recordarlo.
—¿Fuiste a su funeral?—preguntó él sorprendido. Yo asentí.
—No fue una buena abuela, pero de alguna forma retorcida, quería ser como ella. Y seguí su estética y que nadie recordara eso, me pareció hipócrita. Como sea nos ignoraron en el funeral y no estuvimos más de quince minútos...
—¿Quienes los ignoraron?
—Los que vendieron estas partes—respondí abrazándome a mi misma.
—¿Tus tíos?
Yo asentí.
—No los llamaría así pero sí, huh, ellos...
—Debe ser difícil...
—Ellis, eres muy tierno, pero debo hablar con mi padre sobre ésto—dije tomando camino al portón.
Él asintió con la cabeza y me saludó con la mano.
Tranqué la puerta y acaricié a los pocos gatos que nos quedaban. Cuando mamá se fue, muchos de ellos se marcharon y lo vacía de la casa me recordaba su ausencia.
—¿Cuando supiste lo de la herencia?—le dije a mi padre mientras él centraba la mesa del comedor.
—Estaba todo preparado, pero lo pospuse por los gastos médicos que generaron las clínicas con el caso de tu madre.
—Le hubiera agradado saber que tenías la herencia ganada.
—Pero no la tenía, y de todas formas, las cosas pudieron ser de otra forma.
—Sí, papá. Las cosas pudieron haber sido diferentes, te lo dije, no la lleves a ese hospital.
—Sabes que yo también me culpo por eso.
—Sí, pero tú perdiste una esposa, yo una madre—dije llevándome la puerta de mi cuarto conmigo. Escuchaba su llanto, se preguntaba cómo podía amar tanto a alguien, y yo me sentía más miserable mientras miraba mi telefono y solo podía verla a ella, nadie estaba disponible, no al menos quienes conocía, así que tomé mi medicación y dormí.
Fueron tantas noches en las que solo recostaba y lloraba gritando su nombre, pero entonces veía que mi padre también lloraba, que se culpaba, que pensaba que la desgracia de mi madre fue haberse casado con él, entonces me detenía y fingía, hasta que volví de noche, a la oscura casa de mi abuela. Siempre me había dado miedo, ella solía decir que hablaba con mi difunto abuelo mientras estaba en su cuarto, así que allí me dirigí, tomé cada uno de los tapados, de sus camisones y su satén, hasta que Ellis me atrapó y encendió la luz.
—Vivo aquí, ¿sabías?
—Lo siento vine por cosas de mi abue...
—Viniste por todo lo que admiraste de ella.
—Sí, pero no lo encuentro todo, como sus albums de fotos, supongo que mi tía habrá dejado intencionalmente estas cosas aquí...
—¿Tu tía era una serpiente?
Yo eché una carcajada.
—Algo así, siempre odio a mi madre y supongo que no hablaba bien de ella a mi abuela.
—¿Que haces aquí, Melanie?
—Supongo que extraño a mi madre...
—¿Y como venir aquí donde la detestaban te hace recordar a ella?
—Aquí puedo ser un desastre en silencio—esbocé—.No me ve mi padre, de hecho cada cosa en mi casa me recuerda a ella y estoy harta de eso.
—¿Y la habitación de tu abuela llenaría ese vacío?
Yo sonreí, recordando.
—Una vez mi madre estuvo muy muy cerca de morir, pero yo era pequeña y mi padre me dejaba con ella. Pero yo cerraba los ojos y fingía seguir durmiendo cuando ella le decía que no podría cuidarme siempre.
Ellis se sentó a la cama junto a los tapados y me miró fijamente.
—¿Que harás el resto del año, Melanie?
—Estar de luto, supongo...
—Melanie, tienes canas y apestas...
—Wow, que buena forma de hacerme sentir.
Él se paró y me tomó de las mejillas.
—Te estás dejando estar.
Yo me solté.
—¿Y que si me dejo estar? ¿No entiendes que la única persona que amaba se murió? Quiero contarle cosas pero no está, cuando despierto recuerdo su imagen y solo sé que no la volveré a ver, ¿que puedes saber tú de eso?
—Nada, pero no creo que nadie que tuviera esperanzas en ti te hubiera dejado tirada todos los días en tu cama, sin bañarte, sin ser lo que quieres ser y me mientes si me dices que no quieres ser lo que alguna vez viste en tu abuela. Quieres ser refinada, quieres ser inalcanzable.
—¿Ah si? ¿Y como lo logro?
—Estudia algo—insistió paciente.
—¿Crees que no he tocado una universidad? ¡Entré a dos universidades eliminatorias!
Él volvió a acercarse y a tomarme de las mejillas.
—Hazlo conmigo, será sencillo.
—¿Porque insistes conmigo, Ellis?
—Porque me gustas, Melanie, aunque no entiendo tu dolor y quisiera traspasármelo, solo sé que necesitas alguien que te impulse.
Yo torcí la mueca y me inscribí en la universidad de Ellis, en abogacía, pero no le dije que lo había hecho antes, lo tomé como un nuevo comienzo, por primera vez se sentía ligero y él me acompañaba a comprar los útiles, a estudiar para el ingreso y aunque mi cerebro ya no era el de antes, logró entrar, así que comenzaron todos a presentarse el primer día.
No tenía nervios, tenía a Ellis y no dejaría que lo que sucedió con mi madre me afectara, creo que le hubiera alegrado verme hacerlo, intentarlo una vez más.
Todas las voces sonaron, pero una retumbó; La de Percy. Los tres estudiaríamos en la misma universidad y no sabía si lo de Ellis se convertiría en algo más, pero sin embargo, Percy, él estaba allí, estoico y no sorprendido de verme.