Capítulo 1: Bajo la misma luna
La noche tenía ese silencio denso que me envolvía como un abrigo viejo.
Desde la ventana de mi habitación, el cielo parecía una pintura mal recortada sobre la línea de árboles que rodeaba el valle. La luna creciente colgaba, sobre todo, blanca y expectante. Faltaba exactamente una semana para la ceremonia de la luna llena. La noche en que, finalmente, me transformaría.
Dieciocho años. No sabía si era miedo o alivio lo que sentía. Quizá ambas cosas. Quizá ninguna.
—¿Otra vez hablando con la luna? —dijo una voz suave desde la puerta.
Me giré y lo vi allí, apoyado en el marco, con los brazos cruzados y esa sonrisa que nunca terminaba de parecer burlona ni del todo seria.
—No hablo. Escucho —le respondí a Ethan, mi primo, con una sonrisa apagada.
—¿Y qué te dice esta vez?
—Que algo viene.
Él no dijo nada por un momento. Entró y se sentó en mi cama, mirando hacia la ventana como si también quisiera escucharla.
—Estás cambiando. Tu olor ha comenzado a mezclarse con el bosque —dijo en voz baja—. Tu lobo se está despertando, Cas. ¿Estás lista?
Negué despacio.
—No estoy segura de qué esperan de mí.
Ethan soltó una risa breve y negó con la cabeza.
—¿Quién te dijo que importa lo que esperan? No tienes que demostrarle nada a nadie.
Me apoyé contra el marco de la ventana.
—¿Ni siquiera a la manada?
—A ellos menos. —Se inclinó hacia mí—. La manada ha estado ciega tanto tiempo que, cuando abras los ojos, van a asustarse de lo que verán.
No supe cómo responder. Me limité a sonreírle con gratitud. Ethan siempre había sido mi ancla.
—Mañana entrenas con Caleb, ¿cierto?
—Sí.
—Entonces intenta no romperle algo. O al menos no el ego, que lo tiene muy bonito.
Reí suavemente, y con esa risa me fui a dormir, tratando de convencerme de que todo estaba bien. Aunque, en el fondo, sabía que todo estaba a punto de cambiar para siempre.
El claro de entrenamiento estaba empapado de rocío cuando llegué. El aire aún olía a noche, y el sol apenas se abría paso entre las ramas. Caleb ya estaba allí, estirando los brazos por encima de la cabeza. Llevaba una camiseta sin mangas que dejaba ver los músculos tensos de sus hombros. Se giró al oír mis pasos, y su sonrisa me alcanzó antes que sus palabras.
—Madrugaste. ¿No podías esperar para verme? —bromeó.
—Sí, estaba deseando patearte el trasero —le dije con una sonrisa.
Él se echó a reír, esa risa suya que me hacía sentir liviana, como si el mundo no fuera tan pesado cuando él estaba cerca.
—Entonces vamos a empezar —dijo, tirándome una botella de agua—. Hoy vamos a trabajar reflejos. Cuando te transformes, necesitarás que tu cuerpo y tu instinto estén alineados.
—¿Y tú vas a ayudarme con eso? ¿Un lobo con ego de montaña?
—Yo soy el ego y tú el equilibrio. Gran equipo.
Pasamos casi una hora entre ejercicios, bromas y correcciones. Caleb era bueno enseñando: paciente, firme, pero también divertido. Cuando me equivocaba, en vez de burlarse, me ofrecía una forma mejor. Cuando acertaba, me lo hacía saber con un simple “bien hecho”, mirándome con un brillo cálido en los ojos.
Había momentos en que se acercaba demasiado, en que nuestras manos se tocaban o nuestras respiraciones se cruzaban, y yo sentía que mi corazón latía con una fuerza distinta. ¿Era nervios? ¿Era él?
—Eres fuerte —me dijo cuando terminé una serie de movimientos con rapidez—. Y no lo sabes todavía, pero cuando tu loba despierte, el mundo va a notarlo.
Le sonreí, sin atreverme a responder lo que pensaba.
Él me gustaba. Lo hacía desde hacía tiempo. Con él todo era fácil, todo parecía en equilibrio. A diferencia de otros, nunca me había mirado como "la huérfana" o "la débil".
—Voy a buscar más agua —dijo—. No te vayas a desaparecer, ¿eh?
—No tengo a dónde ir —respondí.
Lo vi alejarse hacia los árboles. Apenas se perdió de vista, sentí otro aroma acercarse. Uno que conocía bien, aunque deseara no hacerlo.
—Qué dedicación, Casandra. Casi pareces una loba de verdad.
Me giré. Alicia estaba de pie al borde del claro, con una sonrisa perfecta pintada en el rostro. Su cabello recogido con esmero, su ropa impecable a pesar de la hora. Era la imagen de la loba ideal: bella, serena, encantadora. Al menos para los demás. Yo conocía otra cara.
—Estoy entrenando. Eso es lo que se supone que haga.
—Sí, claro. Qué adorable. Aunque todos sabemos que no importa cuánto sudes, hay cosas que no se pueden fingir. La sangre no miente.
Clavé mis ojos en los suyos, conteniéndome.
—¿Quieres decir algo o solo viniste a oler el sudor de los demás?
—Tranquila —dijo, dando unos pasos hacia mí—. Solo me preocupa que estés… ilusionándote.
—¿Con qué?
—Con Caleb. —Sonrió con malicia—. O con Liam.
Mi cuerpo se tensó.
—No estoy ilusionada con nadie.
Alicia rio suavemente, como si supiera más de lo que decía.
—Está bien. Solo recuerda tu lugar. No todas estamos hechas para liderar. Algunas nacimos para acompañar… y otras, simplemente, para mirar desde abajo.
Sus palabras ardían como veneno. Y lo peor era que nadie más oía esa voz, solo yo. Porque cuando Caleb regresó con el agua, ella ya había vuelto a sonreír con dulzura, como si nada hubiera pasado.
—¡Alicia! —dijo él, sorprendido—. ¿Viniste a entrenar?
—No, solo a saludar. No quería interrumpir. Casandra lo está haciendo muy bien, ¿sabes? Creo que tiene mucho potencial.
Me miró de reojo. Yo solo asentí, fingiendo que todo estaba bien. Pero por dentro… una parte de mí quería transformarse ya, solo para callarla.
Después del entrenamiento, Caleb y yo nos sentamos bajo uno de los árboles que bordeaban el claro. El sudor nos pegaba la ropa al cuerpo, pero el aire fresco del bosque aliviaba el calor. Yo tenía una piedra en la mano y la giraba entre los dedos sin mirar, como si eso pudiera distraerme del ritmo irregular de mi corazón.
Él me miró en silencio un momento. Luego habló:
—¿Puedo preguntarte algo… sin que me muerdas?
—Depende —dije, sonriendo débilmente.
—¿Qué sientes cuando estás conmigo?
Mi respiración se detuvo. Levanté la vista. Sus ojos color miel me buscaban con una mezcla de valentía y temor.
—Contigo… me siento segura —respondí al fin—. Como si todo fuera menos pesado. Como si pudiera respirar sin pensar.
Él tragó saliva.
—Te amo, Casandra. Lo sé desde hace tiempo. No quería decirlo tan pronto, no así… pero a veces siento que, si me quedo callado un día más, voy a enloquecer.
Mi cuerpo se tensó. No por rechazo, sino por miedo. Miedo de perderlo. De perderme. De no ser suficiente.
—Yo… Caleb, yo no sé lo que va a pasar cuando despierte mi loba. No sé si cambiaré, si sentiré diferente. Solo sé que ahora mismo… tú me importas.
Él acercó su mano a la mía y la tomó con suavidad. No dijo nada. No lo necesitaba.
Durante un rato, solo estuvimos ahí, compartiendo el silencio y el temblor suave de dos corazones que querían encontrarse, pero temían lo que vendría después.
Esa tarde, mientras caminaba con Ethan hacia el salón comunal de la manada, donde se celebraba la llegada de un nuevo grupo de exploradores, me topé de nuevo con ella. Alicia.
Vestida con un conjunto claro que resaltaba su figura, se acercó con una sonrisa encantadora. A su lado venía Liam, serio como siempre, y otros dos del consejo joven. Su cabello brillaba como la luz de la luna, y su voz era un canto afinado por el engaño.
—¡Casandra! —exclamó, abriendo los brazos como si fuésemos hermanas—. Me alegra tanto verte. ¿Vienes con nosotros al salón? ¡Será divertido!
Ethan me miró de reojo, sorprendido por su amabilidad. Alicia jamás había mostrado tanto entusiasmo conmigo. Pero delante de los demás, ella era siempre la perfecta loba solar.
—Claro… —murmuré, aunque una parte de mí ya deseaba escapar.
Durante todo el trayecto, Alicia caminó junto a mí, enlazada a mi brazo como si fuéramos las mejores amigas. Sonreía, reía, hacía comentarios dulces. Liam, aunque callado, parecía tolerarla bien. Ethan no dijo nada, pero su mirada hacia ella fue cada vez más desconfiada.
Al llegar al salón, me excusé para ir al baño. Necesitaba un respiro.
Alicia fue detrás. Su perfume dulzón me alcanzó antes de oír su voz.
—No te ilusiones con Caleb —susurró, mirándose en el espejo como si hablara consigo misma—. Todos saben que solo está contigo por lástima. Y créeme, cuando Liam decida quién será su Luna… tú no estarás ni en la lista de opciones.
La miré a través del reflejo. Sonreía.
—¿Eso te dices para dormir tranquila?
Ella me giró una mirada afilada.
—No me subestimes, Casandra. No eres nada. Solo la sobrina huérfana. Y por más que intentes brillar, yo siempre voy a estar delante.
Cuando salimos del baño, volvió a tomarme del brazo y dijo en voz alta, para que todos la oyeran:
—¡Casandra me estaba contando lo emocionada que está por la ceremonia! ¿Verdad que va a ser una noche inolvidable?
La sonrisa en mi rostro fue tan falsa como la suya. Pero por dentro, mi loba rugía. Y estaba cada vez más cerca de despertar.
Esa noche, volví a la ventana. La luna seguía creciendo: más redonda, más cercana.
Me abracé las piernas, sintiendo que algo dentro de mí empujaba. Como una voz lejana, como una energía escondida que se removía bajo la piel.
No sabía qué clase de loba sería. Ni si tenía el derecho de soñar con liderar, con amar, con ser algo más que la sombra de otros.
Pero una parte de mí, la más profunda, sabía:
No nací para mirar desde abajo.