Capítulo 2: El olor del destino

1228 Words
El sueño era siempre el mismo. Un bosque infinito, árboles altos como torres y la luna llena tan cerca que parecía al alcance de mi mano. Caminaba descalza sobre tierra húmeda, mis pies rozando raíces y musgo, el corazón latiendo al ritmo de una música que no podía oír, pero que vibraba bajo mi piel. A lo lejos, un aullido rompía el silencio. Agudo, melancólico... mío. Pero esta vez, algo era distinto. El aire estaba cargado de una energía espesa, casi eléctrica. Y frente a mí, de entre las sombras, emergía un lobo. Gigante, de pelaje oscuro y ojos dorados como fuego líquido. No me gruñía. Solo me miraba. Como si me reconociera. —Despierta —susurró una voz. No suya. Mía. Desde adentro. Desperté con el corazón galopando, las sábanas enredadas en mis piernas y la nuca húmeda de sudor. La luz del amanecer apenas rozaba las paredes de mi habitación, pero mi cuerpo ya estaba en tensión. Algo invisible me empujaba desde adentro. Mi loba. Estaba más cerca que nunca. —Vamos a dividirnos en dos grupos —dijo Ethan, desplegando el mapa sobre una piedra plana en el centro del claro. El sol del mediodía se colaba entre las ramas como flechas líquidas, iluminando rostros tensos. El consejo joven había organizado una ronda de vigilancia en los límites norte del bosque. No era nada urgente, apenas reportes de lobos solitarios rondando cerca del territorio Moon light. Pero, aun así, el ambiente era serio. Yo estaba junto a Caleb, quien no se había separado de mí desde que llegamos. Su cercanía era un escudo invisible. —Grupo uno: Caleb, Casandra, Liam —anunció Ethan con naturalidad. Yo casi me atraganté con el aire. —Grupo dos: conmigo —continuó, ajeno a mi tensión. ¿Liam? ¿Con nosotros? Lo miré por reflejo. Estaba recostado contra un árbol cercano, con los brazos cruzados. Serio, distante. Irradiaba autoridad sin esforzarse, como si el bosque se adaptara a su energía en lugar de lo contrario. —¿Preparados? —preguntó Caleb, colgándose la mochila al hombro. —Lo estaré cuando volvamos —murmuré. No pasaron ni cinco minutos caminando por el sendero antes de que el silencio se volviera espeso. Caleb intentó mantener la conversación con un par de bromas, pero Liam no decía palabra. Caminaba un poco por delante, atento a cada sonido, cada rastro. Parecía más alerta que de costumbre. O simplemente más incómodo. —¿Te pasa algo? —le pregunté cuando nos detuvimos a revisar unas marcas en un tronco caído. Él me miró por encima del hombro. Sus ojos eran dos brasas encendidas. Tardó un segundo en responder: —No. Su voz era grave, controlada, pero me recorrió como un escalofrío. No por lo que dijo, sino por cómo me miró. Por un instante, sus pupilas se dilataron. Como si viera algo en mí. Como si algo en su interior... reconociera algo en el mío. —¿Seguro? Pareces incómodo. —Estoy alerta. Como debería estar cualquier lobo en una patrulla —dijo, y se giró sin esperar respuesta. Lo vi alejarse con pasos firmes, seguros. Su espalda recta. Su presencia imponía respeto, incluso sin hablar. Y entonces lo sentí. Un olor. No como el de tierra húmeda o ramas rotas. Era algo más profundo, ancestral. Un aroma a bosque antiguo y fuego que llenó mis pulmones sin permiso. Me detuve en seco, confundida. —¿Cas? —Caleb se acercó con el ceño fruncido—. ¿Estás bien? Asentí, aunque no lo estaba. Todo se sentía distinto. Como si mi piel se hubiera vuelto más delgada, como si cada hoja, cada soplo de viento, me tocara de manera más íntima. —Es mi loba —susurré—. Está empezando a despertar. Caleb me tomó la mano, cálido, firme. —Estoy contigo. Pase lo que pase, no estás sola. Lo miré. Y aunque sus ojos me ofrecían calma, una parte de mí... una parte nueva, salvaje, estaba siendo halada hacia otra dirección. Más adelante, cuando hicimos una pausa para descansar, me alejé un poco del grupo. Necesitaba aire. Espacio. Pero no pasaron ni dos minutos antes de sentir otra presencia. —No te alejes tanto —dijo Lian, emergiendo entre los árboles. —Estoy a unos metros. No soy una niña. —No lo dije por eso. Me crucé de brazos. —¿Entonces por qué? ¿Te molesta que esté aquí? Él me miró en silencio. Su ceño estaba fruncido. Como si estuviera luchando con algo interno que no lograba comprender. —Desde que empezamos esta ronda... hueles distinto. Me congelé. —¿Cómo…? —No como una amenaza —aclaró enseguida—. Es algo más… profundo. Y no lo entiendo. Tragué saliva. ¿Él también lo sentía? Ese cambio en el aire. En mí. —Yo tampoco entiendo lo que está pasando —dije, bajando la voz—. Pero lo siento. Como si algo dentro de mí estuviera... abriéndose. Él no respondió de inmediato. Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me dejó sin aliento. Por un instante, no hubo bosque, ni patrulla, ni aire. Solo esa mirada. Solo nosotros. —Ten cuidado —dijo al fin—. Los cambios... pueden destruirte si no sabes quién eres. Se dio media vuelta y se alejó entre los árboles. Y yo me quedé allí, temblando. No por miedo. Sino porque sabía que algo en él... me reconocía. Cuando regresamos a la zona de encuentro, Ethan ya había reunido a su grupo. Algunos revisaban marcas, otros conversaban en voz baja. Caleb se acercó al consejo para entregar un informe. Yo me quedé junto al fuego, sintiendo aún el eco de la conversación con Lian vibrando bajo mi piel. Y entonces apareció ella. Alicia. Como un perfume dulce sobre una herida. —¡Casandra! —exclamó, tomándome del brazo con afectación—. Me alegra que estés bien. Tenía miedo de que te perdieras por ahí, tan distraída como sueles estar. Su tono era brillante. Su sonrisa, impecable. Todos la oyeron. Nadie notó cómo sus uñas se clavaban apenas en mi piel mientras me guiaba hacia el centro del grupo. —Estoy bien —respondí con una calma que no sentía. —Por supuesto. —Me miró con dulzura venenosa—. Aunque sería prudente no molestar demasiado a Lian. Está bajo mucha presión. No querrás distraerlo, ¿cierto? Le sostuve la mirada. —¿Temes que me note? Ella no respondió. Pero el fulgor en sus ojos habló por ella. Lo temía. Lo odiaba. —Recuerda tu lugar, Casandra. Siempre hay un límite que no deberías cruzar. —Y tú deberías dejar de fingir que te importa. Antes de que dijera algo más, Caleb apareció a mi lado. Me rodeó con un brazo, protector. Alicia sonrió aún más, pero sus ojos ya no brillaban. —Qué lindos —dijo—. Qué… naturales se ven juntos. Y supe, con certeza, que no iba a dejarme en paz. Esa noche, el sueño volvió. El bosque. La luna. El silencio. Pero esta vez, el lobo oscuro se acercó. Sus ojos brillaban como fuego en la noche. Cuando tocó mi frente con su hocico, sentí una llamarada que no dolía. Un fuego que me pertenecía. Y en lo profundo de mí, una voz nueva, ancestral, susurró: Él es mío.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD