Capítulo 3: Marcas invisibles

1110 Words
El calor comenzó en mi nuca. No era un calor común. Era más bien una quemazón suave, como si una mano invisible se posara sobre mi piel y descendiera por mi espalda, dejando un rastro de fuego líquido que se internaba en mi columna vertebral. Me desperté sobresaltada, con la respiración agitada y el corazón golpeando como si quisiera salirse del pecho. No era miedo. Era otra cosa. Deseo. Urgencia. Instinto. Me senté en la cama, empapada de un sudor tibio, y caminé descalza hasta el espejo. Mi reflejo parecía el mismo, pero lo sentía distinto. La habitación estaba en penumbra, pero, aun así, mis ojos brillaban. No solo por la luz: por dentro. Mis sentidos estaban alertas. Afinados. Como si pudiera escuchar el crujido de una rama a kilómetros, o distinguir cada perfume flotando en el aire. Y lo más extraño… era mi piel. Ardía. Justo ahí, donde él me había mirado. Liam. Apreté los dientes, girando bruscamente el rostro. No quería pensar en él. Él no era parte de mi historia. Yo estaba con Caleb. Él me acompañaba. Él había estado desde siempre. Y sin embargo… Cada vez que cerraba los ojos, el lobo oscuro del sueño volvía a aparecer. Me observaba. Me olía. Me reconocía. ¿Estaba soñando con Liam? ¿O con algo más profundo y salvaje? Tratando de volver a la realidad y de dejar aun lado todo aquello, me duche y me cambien, luego de desayunar me fui a entrenar. El campo de entrenamiento estaba casi vacío a esa hora. Caleb me esperaba con dos espadas de madera y una sonrisa cálida. —¿Lista para partirme en dos hoy también? —bromeó, girando una espada con soltura. —Eso siempre —respondí, esbozando una sonrisa que no alcanzó a borrar la inquietud en mi pecho. Comenzamos la práctica. Los golpes eran firmes, el ritmo exigente. Caleb conocía mis movimientos mejor que nadie, y a medida que avanzábamos, se hizo evidente que yo también había cambiado. Mis reacciones eran más rápidas, mis bloqueos más certeros, mis pies más ligeros sobre la tierra. —Estás diferente —comentó, deteniendo un ataque y tomándome la muñeca con suavidad—. Es como si tus reflejos se hubieran multiplicado. —Lo han hecho. No sé cómo, pero desde ayer… siento que todo vibra distinto. La tierra, los árboles, las personas. Todo tiene un pulso nuevo. Como si estuviera… viva de otra forma. —¿Y tú? —preguntó en voz baja—. ¿Te sientes distinta? —Sí —dije con sinceridad—. Yo también. Un silencio se extendió entre nosotros. Luego él se acercó un poco más. —¿Es por Liam? El golpe fue inesperado. No por sus palabras, sino por el dolor en su tono. No era un reclamo. Era una g****a que se abría sin que él lo deseara. —No lo sé —admití, bajando la mirada—. Él me altera. Me desconcierta. Pero tú… tú me sostienes. Caleb asintió con tristeza. Me soltó con delicadeza, como si no quisiera romperme. —Estoy contigo, Casandra. Pase lo que pase. Aunque tu loba elija a otro, yo seguiré eligiéndote a ti. Quise decirle algo. Algo que lo salvara. Que me salvara. Pero no encontré palabras. Porque en lo más profundo, aunque no quería herirlo, una parte de mí ya estaba siendo marcada desde otro lugar. Esa misma tarde, la manada se reunió en la plaza central para una ceremonia informal. Daban la bienvenida a un nuevo grupo de aprendices guerreros. El ambiente era festivo, con música suave y cestos de frutas silvestres adornando las mesas. Risas, conversaciones, vino de moras. Pero para mí, todo parecía un telón. Una ilusión lejana. Sentía presión en el pecho. Un peso sutil, como si algo invisible me rodeara el cuello, me empujara desde dentro. Y entonces la vi. Alicia. Vestida de blanco. Elegante. Impecable. Caminando entre los ancianos del consejo como si ya fuera parte de ellos. Su risa era controlada, su postura perfecta, y sus palabras… medidas como dagas disfrazadas de seda. Me acerqué, mezclándome entre los presentes hasta quedar lo bastante cerca para escuchar. —Creo que sería beneficioso para la estabilidad del clan que Lian tenga a su lado una compañera fuerte —decía Alicia con una sonrisa cortés—. Alguien de confianza. Leal. Que ya conozca nuestras tradiciones. —¿Te estás proponiendo como Luna? —preguntó el anciano Marius, entre divertido y cauto. Alicia soltó una risa ligera. —No me propongo. Solo me ofrezco, si él me considera digna. Los ancianos intercambiaron miradas. Fue entonces cuando Liam, que hasta ese momento no había intervenido, alzó la vista. Su mirada me encontró. No dijo nada. No frunció el ceño. No sonrió. Solo me observó. Largo. Intenso. Como si algo dentro de él reconociera algo en mí… y no supiera aún si eso era un milagro o una amenaza. Y fue en ese instante cuando lo sentí. Una presión en el centro del pecho. Un calor punzante en la base del cuello. Como si una marca invisible comenzara a trazarse sobre mi piel, no con tinta, sino con fuego. Llevé la mano al lugar… no había nada. Pero yo sabía que estaba ahí. —No se lo digas a nadie —susurró una voz en mi interior. No era mía. Era ella. Mi loba. Mi esencia despierta. Ya en la casa, caída la noche, Ethan irrumpió en mi habitación sin tocar. Su rostro estaba tenso, sus pasos decididos. —¿Qué pasa contigo? —dijo, cerrando la puerta tras él. —¿De qué hablas? —Te vi hoy. Mirando a Liam. Y a él… mirándote a ti. Me crucé de brazos. —No pasó nada. —¿Estás segura? Lo miré, cansada. Cansada de fingir que no sentía lo que sentía. De luchar contra una voz interior que ya no podía callar. —No lo entiendo, Ethan. No sé qué me está pasando. Siento cosas que no sé si son mías o… de ella. Él se sentó a mi lado, con la gravedad de alguien que conoce secretos que no puede decir en voz alta. —Hay marcas que se forman sin que las veas. Vínculos que existen antes de que los aceptes. Si él es tu compañero predestinado, lo sabrás. Lo sabrán ambos. —¿Y Caleb? —pregunté, apenas susurrando. —Caleb te ama. Pero el alma… no puede mentirle a la loba. Me abracé las piernas, en silencio. El miedo me envolvía como una sombra. Porque si Liam era mi compañero… lo sabría pronto. Y si me rechazaba… No quedaría marca alguna. Solo la cicatriz.
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