Capítulo 4: La ceremonia de la luna

1443 Words
El olor a pan recién horneado se colaba por los pasillos de la casa como una promesa de consuelo. En la cocina, Ethan tenía harina hasta en las pestañas y cantaba desentonado mientras removía una mezcla con más entusiasmo que técnica. —Eso se ve espantoso —dije desde la puerta, apoyada contra el marco, con los brazos cruzados. —¿Tú qué sabes de cocina, Cas? —replicó sin girarse—. Esta es la receta secreta de la abuela. —La abuela quemaba el agua. —Y aun así vivió cien años. Algo sabría. Entré en la cocina riendo. La mesa estaba cubierta de ingredientes desordenados: huevos partidos, cáscaras de naranja, un frasco de miel volcado. En el horno, una hogaza de pan comenzaba a dorarse. —¿Y Caleb? —pregunté mientras me acercaba a probar con el dedo la masa que Ethan batía. —Dijo que iba a la zona de meditación, pero seguro se distrajo entrenando. O se quedó mirando la luna otra vez, como tú. —No es tan malo mirar la luna —murmuré. —Lo sé. Pero tú no la miras… tú la escuchas —dijo Ethan con una sonrisa suave—. Desde niña lo haces. Lo miré. Tenía razón. Siempre había sentido que esa luz redonda en el cielo decía cosas que nadie más oía. Hoy más que nunca. La ceremonia sería esa noche. La ceremonia de la luna llena. La noche en que mi loba, finalmente, dejaría de susurrar y hablaría con voz propia. ** Más tarde, Caleb llegó con una sonrisa y una pequeña caja de madera. —Te traje esto —dijo, entregándomela con las manos aún húmedas por el rocío. La abrí. Dentro había una piedra lunar tallada en forma de colgante. Brillaba con un azul pálido, como si contuviera un pedazo de cielo nocturno. —¿Es… para la ceremonia? —Es tu amuleto. Dicen que quien la lleva durante su primera transformación, mantiene parte de su conciencia humana. —¿Y tú crees en eso? —Creo en ti —dijo, sin vacilar. Mi garganta se cerró un poco. Caleb tenía esa forma de entregarse sin pedir nada a cambio. A veces dolía. Porque no sabía si yo podía corresponderle del modo que merecía. ** La noche cayó como un manto solemne sobre el bosque. La luna comenzó a alzarse temprano, blanca y redonda como un ojo que todo lo ve. La ceremonia estaba a punto de comenzar. Todo estaba en silencio, incluso los animales. Como si supieran que esta no era una noche cualquiera. Como si la tierra entera contuviera el aliento ante lo que estaba a punto de suceder. Me vestí con las ropas ceremoniales que Ethan me había dejado sobre la cama. Una túnica blanca de lino, sencilla, pero con bordados antiguos en los puños y el dobladillo. La usaban todos los que se presentaban ante la luna por primera vez. Todos los que iban a despertar. Al verme al espejo, no me reconocí. Mis ojos brillaban. Literalmente. Tenían un destello ámbar que no se desvanecía. El pulso me latía en las muñecas, en la garganta, en la base de la columna. Mi cuerpo vibraba con una energía que no comprendía del todo, pero que me llenaba por dentro. No era miedo. Era urgencia. Era... destino. Ethan me esperó al pie de la escalera. Tenía la mirada orgullosa, aunque no decía nada. Sabía lo que se jugaba esta noche. Lo que yo podía perder... o ganar. —¿Lista? —preguntó en voz baja. —Nunca lo estaré. Pero voy igual —respondí. Él sonrió. —Entonces eres más valiente de lo que crees. Caminamos en silencio por el sendero que llevaba al círculo ceremonial. Las antorchas marcaban el camino; cada llama parecía una estrella caída. El bosque susurraba. La luna, en lo alto, redonda y perfecta, me observaba. Me sentí desnuda. Vista. Elegida. Cuando llegamos al claro, la manada ya estaba reunida. Hombres y mujeres de todas las edades, sentados en semicírculo, rodeaban la piedra del despertar: un antiguo altar de roca blanca que brillaba con la luz de la luna. Delante, el alfa del clan, un lobo viejo de mirada aguda llamado Arold, nos esperaba junto a los ancianos del consejo. Caleb me hizo un gesto desde un costado. Estaba vestido con una túnica azul oscuro, más sobria, pero igual de ceremonial. Me sonrió con los ojos. Me transmitió fuerza. Y por un momento, me aferré a eso. Y entonces lo vi. Liam. Vestía de n***o. Apoyado contra uno de los árboles, con los brazos cruzados. No hablaba con nadie. Su cabello caía ligeramente sobre la frente, y su mandíbula estaba apretada. No me miraba. Pero yo sentía su atención como un tacto invisible sobre la piel. Estaba tenso. Demasiado. Como si estuviera peleando consigo mismo. Y quizá lo estaba. El alfa Arold alzó la voz. Firme. Ceremonial. —Esta noche, la luna se muestra en su plenitud. Esta noche, Casandra Arendt se presenta ante ella para recibir el llamado de su sangre. Para aceptar la forma que siempre le ha pertenecido. Me adelanté con pasos lentos. El silencio era absoluto. Cada hoja crujía con significado. Me detuve frente a la piedra. El corazón me golpeaba con fuerza. Respiré hondo. Cerré los ojos. La luna ardía detrás de mis párpados. Entonces sucedió. Primero, fue un calor en el pecho. Luego, una presión en los hombros, en la columna, en los huesos. Como si algo dentro de mí se estirara. Se desplegara. Mi piel comenzó a arder. Mi garganta vibró con un sonido que no era humano, ni animal, sino ancestral. Un rugido silencioso. Y en un instante, lo sentí: ella. Mi loba. No como un susurro, sino como una ola que me arrasó. Como una conciencia antigua y salvaje que me llenó desde dentro. Abrí los ojos. Y todo era distinto. Podía ver la energía en las personas. Oler sus emociones. Escuchar sus corazones. Todo era nítido, vibrante, vivo. Y entonces, lo sentí a él. Liam. Su energía me golpeó como una explosión sorda. Mis sentidos lo buscaron sin permiso. Lo encontraron. Nuestros ojos se cruzaron. Y en ese momento, lo supimos. Él era mío. Y yo... era suya. El vínculo no se formó. Ya estaba allí. Solo se hizo visible. Como una línea dorada que conectaba nuestros pechos. Invisible para los demás, ardiente para nosotros. El mundo se congeló. La luna nos envolvió. Pero él… retrocedió un paso. Su rostro era una tormenta contenida. No alegría. No alivio. Negación. —No —susurró, aunque nadie más lo oyó. El lazo vibró, se tensó… pero no se rompió. Mi loba rugió dentro de mí. Dolida. Rechazada. Pero también furiosa. Arold, sin notar lo que había pasado, habló de nuevo: —Tu transformación está cerca. Tu cuerpo ya responde. Cuando el momento llegue, lo sabrás. Esta noche has dado el primer paso hacia tu verdadera forma. Todos aplaudieron. Caleb me abrazó apenas. Ethan asintió con orgullo. Alicia… me observaba. Su sonrisa era cortés. Sus ojos, cuchillas. Pero yo solo podía mirar a Liam. Que ahora me daba la espalda. Más tarde, mientras todos comían y reían, yo me refugié bajo uno de los robles del borde del claro. El vínculo me quemaba. No podía ignorarlo. Tampoco podía fingir que no había pasado. Y entonces él apareció. —¿Por qué huyes de esto? —pregunté, sin mirarlo. —No estoy huyendo —dijo Liam. Su voz era baja, dura. Me giré. Lo enfrenté. —Lo sentiste. Lo sé. ¿Por qué lo niegas? —Porque esto no tiene sentido —espetó—. No puede ser contigo. Me dolió. Más que cualquier herida física. No sus palabras. Su convicción. —¿Porque soy yo? ¿O porque no soy ella? Él se quedó en silencio. Me miró como si quisiera decir algo más, pero no pudiera. —No estoy hecha para ser tu sombra, Liam. Ni para rogar por un lugar a tu lado. —No te estoy pidiendo que lo hagas —dijo, con el ceño fruncido—. Solo que entiendas que esto... no es conveniente. No ahora. —¿Conveniente? Me reí. Pero no era una risa alegre. Era amarga. Dolida. Como la de una loba que ha sido marcada y rechazada en la misma noche. —La luna no pregunta si es conveniente. Solo marca. Solo elige. Di un paso hacia él. —Y tú puedes negarlo todo lo que quieras… pero algo dentro de ti ya me reconoció. Sus ojos se oscurecieron. Su mandíbula se tensó. Pero no dijo nada. Se alejó. Y el vínculo… vibró con tristeza.
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