Capítulo 5: La herida del vínculo

1109 Words
El bosque amaneció envuelto en una niebla espesa, como si la luna, aún colgando en el cielo, no quisiera irse del todo. Como si supiera que algo había cambiado… y que nada volvería a ser igual. Desperté antes del alba. El sudor empapaba mi nuca y mi corazón latía con fuerza, como si hubiera estado corriendo en sueños. No recordaba qué había soñado. Solo que él estaba allí. Liam. Su voz, su energía, su negativa… grabada como fuego en mi piel. Me senté en la cama, con las piernas encogidas contra el pecho. Por dentro, sentía un zumbido constante. Como un susurro bajo mi piel. Mi loba estaba despierta. No completamente, no del todo… pero ya no dormía. —¿No dormiste nada? —preguntó Ethan desde la puerta, con el cabello revuelto y una taza humeante en la mano. Negué con la cabeza. —¿Pesadillas? —No. Solo… lo sentí. Él se acercó, se sentó a mi lado y me pasó la taza. Té de hojas silvestres. Amargo, pero reconfortante. —¿Liam? Asentí. —¿Te habló? —Sí. Para negarlo. Ethan no dijo nada de inmediato. Solo bebió un sorbo y luego apoyó el mentón en la mano. —Puede resistirse todo lo que quiera, Cas. Pero un vínculo no desaparece porque alguien decida que no le conviene. —¿Y si intenta romperlo? —Solo los verdaderamente cobardes lo hacen. Y Liam no es cobarde. Es terco, confuso… pero no cobarde. Apreté la taza con fuerza. —Entonces, ¿por qué me duele tanto? Ethan me miró. Su expresión se ablandó. —Porque eres valiente. Y los valientes sienten más. Pasamos la mañana en silencio. Caleb no apareció hasta bien entrada la tarde. Cuando lo vi llegar, supe que lo sabía. Se detuvo en la puerta, con los ojos brillantes y un ramo de flores silvestres en la mano. No dijo nada. Solo me miró. Y entendí. Su instinto también lo había notado. Él no tenía el vínculo… pero lo sentía. Y aun así, me sonrió. —¿Salimos a caminar? —preguntó con voz suave. Asentí. No tenía fuerzas para negarle nada. Nos internamos por el sendero del río, donde los helechos crecían altos y las raíces marcaban el camino. Caleb hablaba de cosas simples: los entrenamientos, la llegada de nuevos exploradores, una disputa entre dos clanes cercanos. Yo lo escuchaba, pero mis pensamientos siempre volvían a lo mismo. A la ceremonia. A él. —No tienes que fingir que estás bien —dijo Caleb, de pronto, deteniéndose—. No conmigo. Bajé la mirada. Él dio un paso y tomó mi mano. —Te amo, Casandra. Lo hago desde hace tiempo. Pero sé que algo cambió anoche. No me lo tienes que explicar. Solo quiero saber si… ¿aún quieres que esté aquí? Mi corazón se rompió un poco más. —Sí —dije, en un susurro—. Pero no quiero lastimarte. Él sonrió con tristeza. —Entonces solo déjame caminar a tu lado… mientras pueda. Esa noche, los sueños regresaron. El lobo oscuro me observaba. Pero esta vez no solo lo veía… lo sentía. Sentía su pelaje, su aliento. Su rabia contenida. Era Liam. Pero no como humano. Como lobo. Su esencia, su energía, su negación. Y en el sueño, mi loba lloraba. Los días siguientes pasaron lentos. La manada seguía con sus rutinas, y todos fingían que nada había pasado. Todos… excepto Alicia. —Parece que la ceremonia te afectó más de lo normal —dijo con una sonrisa afilada mientras entrenábamos en el campo. —Estoy bien —respondí, sujetando mi espada de madera. —Claro. Tan bien que ni siquiera puedes mirar a Liam sin temblar. —Se acercó más—. No te ilusiones, Cas. No eres su tipo. Ni como loba, ni como mujer. —¿Y tú sí? Alicia parpadeó, sorprendida por mi tono. —Él necesita a alguien con fuerza. Con presencia. Con tradición. —¿Y tú lo amas? —pregunté, bajando la espada—. ¿O solo lo deseas porque lo ves como un trofeo? Su expresión cambió. Un destello de furia cruzó su rostro. —Él es mío —escupió—. Siempre lo ha sido. —Entonces deberías preocuparte… porque su lobo no te eligió. La golpeé con fuerza en el pecho, haciendo que retrocediera varios pasos. No con ira. Con certeza. El entrenamiento continuó. Pero algo entre nosotras se rompió definitivamente. Dos días después, el consejo de ancianos convocó a una reunión especial. El alfa Arold quería discutir posibles alianzas con el clan Nørvind, en el norte. Era política, estrategia. Pero todos sabíamos que lo que se buscaba… era empezar a perfilar quién sería la nueva Luna. Liam estaba presente. Imponente. Silencioso. Observaba desde un rincón, con el ceño fruncido. Yo me senté al fondo, entre los miembros jóvenes del consejo. —Se necesita una loba fuerte. De linaje claro —dijo uno de los ancianos. —Y que tenga el favor de la luna —agregó otro. Los ojos se giraron hacia Alicia. Pero Liam los cortó con la voz. —La luna no se elige por tradición. Ella marca por instinto. Y cuando lo hace… no hay voto que valga. Un murmullo se alzó en la sala. Alicia lo miró con desdén disfrazado de dulzura. —Entonces… ¿ya ha marcado? Liam no respondió. Pero sus ojos se alzaron… y me buscaron. Un segundo. Un latido. Y volvió a bajar la mirada. Esa noche, no pude dormir. Salí al bosque. Caminé descalza sobre la tierra húmeda. La luna menguaba, pero aún me hablaba. Aún me ardía el pecho. El vínculo seguía allí, latente. Y entonces lo sentí. —No deberías estar sola tan tarde —dijo Liam desde detrás de los árboles. Me giré, despacio. —Mi loba no le teme a la noche. Él no se acercó. Pero su mirada… era más suave. Más rota. —No puedo cambiar lo que siento —dijo, casi en un susurro—. Pero tampoco puedo aceptar algo que me destruye desde dentro. —¿Y yo te destruyo? —Tú me mueves. Me quiebras. Me obligas a elegir entre lo que soy… y lo que esperaba ser. Lo miré. Y sentí a mi loba acercarse dentro de mí. —No tienes que elegir hoy. Pero no huyas. No me niegues… cuando tu alma ya me reconoció. Un silencio cayó entre nosotros. Luego, él dio un paso atrás. Y se fue. Pero esta vez… no corrió. Solo se alejó. Lento. Y el vínculo, aunque herido… se mantuvo. Como una cicatriz viva. Como una promesa aún no cumplida.
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