Calama, como casi todas en la región, era una ciudad en pleno desierto. Recorrimos algunas calles y pude notar que había muchas plazas donde los niños jugaban felices. Ángel me advirtió que no corriera ni hiciera movimientos bruscos, pues no sabíamos cómo iba a reaccionar a la altura. Mucha gente de afuera se apuna[1] y puede llegar a sentirse muy mal, incluso ir a dar al hospital. Almorzamos en un restaurant en el centro de la ciudad. Muchas tiendas de grandes cadenas se ubicaban allí, pero también muchas locales. Compré algunos regalitos para mis abuelos y saqué muchas fotos para enviárselas. Estábamos en marzo y nosotros estábamos en manga corta y comiendo helado. Era maravilloso. Claro que, al caer la tarde, mi invierno era nada comparado al frío que sentí allí. Menos mal que llevé mi

