Después de ver que Ana le dio de comer a Nat, con él en mis brazos, nos fuimos en compañía de ella hasta mi habitación, acosté a Nat en la cama, le encendí la televisión y me fui directo al sanitario. Actuando como autómata, me sumergí en la tina que ya había llenado con agua tibia. Creo haber perdido la noción del tiempo que estuve allí, pues para cuando escuché leves toques de la puerta, el agua se había enfriado. - Mi niña ¿estás bien?, llevas largo rato allí adentro –me advierte Ana desde el otro lado del puerta-. - Sí Ana, ya salgo –reacciono y comienzo a enjabonar mi cuerpo y mi cabello-. Para cuando llegué a la habitación Nat estaba profundamente dormido, verlo dormir y respirar con tranquilidad es el mayor de los alivios que mi corazón puede sentir. Lo observé por
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