La mirada de Gabriele se volvía cada vez más oscura, de repente comenzó a caminar hacia ella sin pensarlo hasta que estuvo a centímetros de su piel desnuda. Anna estaba inmóvil, por alguna razón su cuerpo no respondía al atrevimiento que estaba presenciando.
Gabriele alzo su mano y acaricio la piel del hombro descubierto de Anna, ella sintió como su piel se erizaba ante el contacto, una reacción poco más que extraña. Sus labios estaban a escasos centímetros y podían sentir el aliento del otro. El rozó sus labios con los de ella, quien por sorpresa no lo rechazo, así que la beso pegándola a su cuerpo. Anna no reaccionó sino después de algunos segundos ¿De verdad le estaba correspondiendo un beso?
Inmediatamente, los pantalones de Gabriele se sentían apretados y un pensamiento pasó por su cabeza ¿Qué carajo estaba haciendo? Era mejor no complicar las cosas entre ellos, aunque, hace escasos minutos él le había propuesto divertirse juntos. Estaba siendo completamente contradictorio en ese momento.
Él se separó de ella, quien lo miraba con los labios rojos entreabiertos y la respiración agitada por aquel beso repentino.
—¿Ves que si me deseas? —Pregunto el con una sonrisa burlona dibujada en los labios —Como lo imaginé, no me eres indiferente, aquí estas desnuda y dispuesta a todo.
Anna no podía creerlo, su reacción fue huir, corrió y se encerró en el baño ¿Qué diablos pasó? ¿Por qué se dejó tocar y besar por ese idiota? Para hacerlo aún peor, estaba casi desnuda. Ella no era así, ahora se sentía humillada por ese hombre. Aun podía sentir el sabor de sus labios sobre los de ella, se maldijo por lo débil que fué, tal vez la falta de cariño comenzaba a afectarle.
Por su parte, Gabriele salió riendo de la habitación, incluso olvidó a que había ido en primer lugar. Lo que no podía olvidar era que ahora tenía una necesidad creciente dentro de sus pantalones, así que llamaría a alguien para poder encargarse de eso.
Alrededor de una hora después, Anna estaba lista para dormir y olvidar, aunque fuera por unas horas, pero un ruido fuera de la propiedad llamó su atención. Escucho tenuemente la voz de una mujer y una sonrisa iluminada alcanzó sus labios.
Sin detenerse a pensarlo demasiado, Anna salió de su habitación sin hacer ruido mientras se acercaba a las escaleras, se escuchaban gemidos ahogados, definitivamente algo estaba ocurriendo en el salón. Comenzó a bajar escalón por escalón pasando desapercibida, hasta que los vio; allí estaba Gabriele, su cabeza recostada en el espaldar del sofá con los ojos cerrados mientras una mujer tenía la cabeza enterrada en su entrepierna dándole placer.
Gabriele abrió los ojos de golpe y todo pasó muy rápido, cuando reaccionó, Anna tenia a la mujer agarrada de los cabellos mientras la arrastraba por todo el salón, se escuchaban gritos y el no entendía nada de lo que estaba ocurriendo.
—¡Zorra infeliz! quita tu asquerosa boca de mi prometido. —Gritaba Anna, metida en su papel de prometida celosa, todo con la finalidad de joder a Gabriele.
—Él fue quien me llamó —Gritaba la mujer que luchaba por soltarse del agarre de Anna. —¡Suéltame, maldita desquiciada!
—Saldrás de aquí como la p**a que eres. —Anna se dirigía con ella a rastras hacia la puerta.
—¿Anna que carajos crees que haces? Suéltala ya —Gabriele se acercó rápidamente una vez que salió de su asombro.
—Estoy sacando a esta mujerzuela. —Gritó ella hacia él. —Vas a respetarme o te cortaré las bolas cuando estés dormido. —Ella trató de no reír al decir aquello y su voz sonó verdaderamente amenzante.
Él estaba estupefacto ¿Acaso ella se había vuelto loca? Un rayo de entendimiento lo atravesó, no estaba loca, sino que se estaba vengando de él.
Algunos guardias entraron alertados por los gritos, justo cuando Anna estaba por abrir la puerta.
—Sáquenla de aquí. —Ordenó Anna, lanzando a la mujer adolorida hacia ellos.
Los hombres vieron a Gabriele con confusión y este les devolvió la mirada con una ceja arqueada, resulta que aquella loca ahora quería darles órdenes a sus hombres.
—Obedezcan por esta vez. —Dijo finalmente Gabriele para acabar el espectáculo que su prometida estaba haciendo.
La mujer, que no tenía culpa de nada, fue sacada de la propiedad ante la sonrisa de una victoriosa Anna.
—¿Estas feliz ahora? —Pregunto Gabriele con tono frio mientras se acercaba peligrosamente.
—Lo estoy — respondió ella no dejándose intimidar por su cercanía.
Él la agarro con fuerza acorralándola entre su cuerpo y una pared cercana, Anna jadeo ante aquella acción, no había medido las consecuencias de un Gabriele enfadado. Él metió su mano por dentro del short del pequeño pijama que ella llevaba puesto y acarició su centro. Anna se quedó petrificada.
—Corriste a mi zorra… —Su voz sonaba ronca y peligrosa. —Supongo que ahora terminarás el trabajo que ella comenzó. —Con sus dedos presiono suavemente su clítoris y Anna no pudiendo evitarlo gimió.
—Suéltame… —Se escuchó apenas en un susurro. —No puedes tocarme cada vez que quieres...
Gabriele deseaba tomarla ahí mismo y hacerla suya, pero él no era un salvaje, quería llevarla al límite, así que esta vez corrió la tela de su ropa interior e insertó la punta de su dedo en su interior mientras le besaba el cuello.
Ella no podía negar las sensaciones de placer que eso le estaba ocasionando, pero no debía permitirlo, él era el enemigo y ella se estaba comportando como una mujer fácil. Con toda la fuerza de pudo levanto su rodilla y lo golpeo en su entrepierna haciendo que se aleje de ella retorciéndose de dolor.
—Vas a pagarmelas Anna... —Gritó Gabriele sujetandose.
—Te lo advierto una vez más, mantén tus ancas de rana lejos de mi cuerpo. —Respondió ella recuperando la compostura para luego marcharse corriendo hacia su habitación dejando atrás a un caliente y adolorido Gabriele que lanzaba maldiciones hacia su espalda.
Anna respiraba con dificultad, esta no sería una guerra fácil pero ya estaba servida, en cualquier momento Gabriele trataría de devolverle la jugada.
Los días pasaban con rapidez, y al contrario de lo que Anna había creído, casi no veía a Gabriele, él permanecía todo el tiempo fuera de casa e incluso había tenido el generoso gesto de devolverle el celular, eso la puso feliz porque era una pequeña ventana al mundo exterior y pudo hablar con su mejor amiga aunque decidió mentirle diciéndole que estaba de viaje ¿Cómo podría explicarle todo lo que estaba pasando?
A pesar de esa pequeña felicidad, había una cosa que atormentaba cada vez más a Anna, la fecha de la boda estaba también acercándose; No importaba lo mucho que trataba de resignarse, en una semana sería oficialmente la esposa de Gabriele Visconti.