El tiempo transcurrió rápido y pronto llegó la hora de despedirse de su hogar, con lágrimas contenidas, Anna le dio a su hermano un último abrazo antes de salir. No volteo para mirar a sus padres, simplemente salió y cerró la puerta principal tras de sí como una muestra clara de su descontento. El aire frío golpeó su rostro, no se había dado cuenta de que estaba conteniendo la respiración hasta que estuvo fuera.
—Vamos…— Gabriele pasó por su lado apremiando su marcha.
Ninguno de los dos había notado la presencia de un hombre que los observaba desde la entrada con evidente extrañeza dibujada en el rostro.
—¡Anna! —Se escuchó un grito molesto.
Al reconocer aquella voz, Anna se quedó paralizada, sus ojos lentamente siguieron la dirección de dónde provenía hasta que sus miradas hicieron contacto.
—¿Qué carajo haces aquí? —La voz de Anna sonó con un tinte de molestia mientras se acercaba a él.
—Vine a buscarte, no contestas mis mensajes ni llamadas. —Marco había estado buscándola.
—No lo hago porque sencillamente no quiero, bastardo mal nacido, infiel. —Grito Anna.
Gabriele miraba la escena con curiosidad, decidió no intervenir.
—Anna, déjame explicarte, yo te amo, pero comprende…
—¿Comprender qué? Te estabas tirando a tu secretaria. Eres una basura que se burló de mí. —Anna se estaba desahogando de la frustración que había tenido guardada.
—Tenia necesidades y tú no querías darme placer ¿Qué se suponía que hiciera? ¿Esperar a que quisieras tener sexo conmigo? Ya estaba harto de esperar.
Gabriele levantó una de sus cejas, aquello parecía una telenovela. A decir verdad, él habría hecho lo mismo que el desconocido hizo, no podía juzgarlo.
—Jodete… —Grito Anna para luego soltarle una bofetada, sintió el ardor en su mano por la fuerza que utilizó.
Marco sintió el dolor en la mejilla y la furia se apoderó de él, tomó a Anna del brazo con brusquedad, ella gimió de dolor.
—Suéltala. —Se escuchó una voz ronca y peligrosa. Gabriele no permitiría que ese hombre dañara a Anna.
Al escuchar la advertencia, Marco giró la cabeza para mirar al hombre cuya presencia había ignorado desde el inicio. —No te metas, esto es entre mi novia y yo.
La mirada de Gabriele se oscureció, habría sacado su arma para matarlo ahí mismo por hablarle así, pero prefirió darle otra oportunidad.
—Si no sueltas a mi prometida en este instante, haré que te arrepientas. —Su tono de voz hizo que Marco temblara y soltara el brazo de Anna. —No quiero verte cerca de ella nunca más ¿Entendido?
Anna lo miró sorprendida, la había llamado "su prometida."
—¿Prometida? ¿Es cierto? —Preguntó Marco escéptico mirando a Anna quien permanecía en silencio. Soltó una risa sarcástica — Me estabas reclamando por lo de mi secretaria y estás comprometida con otro… ¡Vaya Anna! Al parecer tú también eres una perra infiel, seguro para el sí abriste las piernas. —Su tono de incredulidad y una sonrisa falsa en sus labios. —Felicidades, puedes quedarte con esa puta. Ya no me interesa. —Dijo mirando a Gabriele para luego dar la vuelta y marcharse.
Lo que había ocurrido era irreal, Anna jamás imaginó ese escenario, pero ya todo estaba dicho y era hora de pasar la página. Marco la había engañado, no había forma de que ella llegara a perdonarlo, además era cierto que estaba comprometida, aunque por obligación.
—Si ya acabó tu drama, podemos irnos. —Gabriele tenía los dientes apretados. No le gustaban ese tipo de tonterías.
Anna caminó sin mirarlo y sin responder, luego se metió en la parte trasera del auto seguida por él. Demasiadas emociones en un mismo día, no quería discutir también con Gabriele.
—Me queda claro que ese idiota era tu novio ¿de verdad te engañó con su secretaria? —Pregunto Gabriele con un poco de burla en su voz.
Ella lo miró arqueando su perfecta ceja —Lo vi follándola en su escritorio. —Respondió soltando un suspiro.
—No lo culpo… — Dijo encogiéndose de hombros. —Yo haría lo mismo si mi novia me negara el placer s****l.
—Eso es porque eres un imbécil igual que él. —Anna lo miró con el ceño fruncido.
—Lo soy. —Sonrió de lado inclinando su cabeza hacia ella, lejos de molestarse, decidió subir la apuesta. —Estoy ansioso por nuestra noche de bodas. —Susurró. Quería alterarla un poco más.
Ella abrió los ojos de par en par. —No pondrás tus sucias ancas de rana sobre mí, eso no pasará.
—Serás mi esposa, tendré todo el derecho de hacerlo. —Él le acarició la mejilla y ella se tensó.
—Dijiste que jamás te acostarías con una mujer fea y desaliñada, esa soy yo. Mantén tu palabra. —Anna le retiró la mano de su rostro con brusquedad.
Gabriele río, le gustaba su nerviosismo, además ella no era para nada fea sino todo lo contrario. —Cambié de opinión, decidí hacer una excepción contigo.
—Jodete… —Respondió Anna, luego se giró para no tener que mirarlo.
—Anna, podemos hacer de esto algo divertido para ambos. —El se aclaró la voz. —Sé que ninguno de los dos estamos de acuerdo con este matrimonio pero no tenemos que hacerlo más difícil.
Ella volteó a mirarlo con el entrecejo fruncido —Espero que esto sea un mal chiste... Lucharé con todas mis fuerzas por liberarme de tí, quiero que lo sepas.
—Quise ser bueno, pero si quieres que sea por las malas, entonces así será. —Los ojos grises de Gabriele clavados en ella.
—¡Uy que miedo! —Se burló. —No te tengo miedo.
El la tomó del rostro bruscamente obligandola a mirarlo. —No juegues conmigo, Anna. Te aseguro que puedo hacer de tu vida un verdadero infierno.
En ese momento, ella sintió temor aunque no lo demostró, no quería quebrarse frente a él y darle más poder.
—No es necesario que me amenaces, mi vida ya es un infierno. —Ella lo miró fijamente y se soltó de su agarre.
Permanecieron el resto del viaje en silencio, ninguno dijo nada más pero se podía sentir el peso de cada amenaza en el aire. Gabriele era explosivo e incluso peligroso, además era quien tenía el control absoluto sobre la situación.
Cuando llegaron, Anna no esperó a que le abrieran la puerta, se bajó apenas el auto se detuvo e ingresó a la propiedad con prisa hacia su nueva habitación. No quería estar cerca de Gabriele, intentaba poner distancia entre ellos.
Llegó e inmediatamente comenzó a desvestirse, se sentía sofocada, necesitaba darse una ducha como si eso pudiera lavar todas las frustraciones que sentía en ese momento.
Ella caminaba por la habitación de lado a lado como león enjaulado, únicamente llevaba puesta una tanga y sus pechos al aire, quería gritar, quería desahogar toda la furia que sentía, odiaba a sus padres, odiaba a Gabriele y su vida de represión.
De pronto la puerta se abrió sin previo aviso, Gabriele se quedó inmóvil observando a Anna, sus ojos oscuros e indescifrables recorriendo su cuerpo perfecto con descaro durante varios segundos, aquellos pechos desnudos lo invitaban a pecar.