Cuando aterrizaron en Santorini, Anna estaba dormida, sin embargo Gabriele optó por despertarla para que baje por sus propios pies. Un auto estaba esperandolos para llevarlos hasta el hotel.
El recorrido fue corto y pronto se encontraban frente a la recepcionista.
—Señorita, necesito una habitación individual por favor. Es imposible que deba compartir mi cama con este sujeto.
La mujer estaba sonrojada ante el reclamo de Anna. —Le repito, su reservacion es de una suite matrimonial y no tenemos más habitaciones disponibles debido a que estamos llenos.
—Usted entienda que... —Anna iba a seguir insistiendo pero sintió la mano de Gabriele sujetandole la suya con fuerza suficiente para que le doliera.
—Basta, tomaremos nuestra habitación. —Dijo para ambas mujeres, su tono helado. —Comportate de una buena vez, no estoy para tus berrinches. —Estas últimas palabras fueron solo para Anna.
Ella se tensó al sentir su tono molesto, sabía que hablaba en serio. No era un buen momento para hacerlo cabrear.
Con la llave en mano subieron a su suite, era preciosa, detalles cuidadosamente elegidos. En cuanto a espacio también era enorme, incluso tenía un área de cocina, recibidor y un hermoso balcón con vista al océano.
Anna fue a la habitación, la cama era bastante grande y con sábanas de seda blanca, todo un deleite.
Gabriele también entró e inmediatamente se recostó, estaba agotado y odiaba que su padre lo hubiese alejado cuando habían tantas cosas que hacer.
—No pretenderás dormir ahí. —Le dijo Anna mirándolo, sus brazos en jarra.
—Por su puesto que dormiré aquí. —Respondió él sin mirarla.
—Duerme en el sofá. Sé un Caballero.
—No dormiré en un maldito sofá, si quieres hazlo tú. O puedes venir y dormir en la cama, no pienso tocarte si es eso lo que te preocupa. —Gabriele estaba al borde, incluso pensó desaparecerla en el océano.
Ella se quedó un rato mirándolo, pensando que era un imbécil sin remedio. El sofá parecía incómodo, así que tal vez tendría que dormir en la cama.
Desapareció en el baño por un buen rato, luego salió lista para dormir.
Los ojos de Gabriele la recorrieron al ver la pequeña pijama que ella llevaba puesta. No dejaba nada a la imaginación, se veía sensual, su cuerpo era perfecto e invitaba a pecar.
Al notar la mirada lasciva de su ahora esposo, Anna se acomodó rápidamente bajo las sábanas y allí se quedó casi inmóvil.
Gabriele la miraba de reojo, sería una auténtica pesadilla vivir con ella. Era una mujer caprichosa y obstinada.
Él también se cambió y se puso cómodo para dormir, pronto le ganó el cansancio.
La mañana había llegado, los rayos tenues del sol se colaban por las cortinas de la habitación.
Anna se topó con algo duro, cuando abrió los ojos, encontró el abdomen firme de Gabriele. Ella estaba en su abrazo.
Sin poder evitarlo, pasó los dedos por el abdomen marcado, trazando cada línea. Se notaban las horas de gimnasio.
Recordó la primera vez que vió a Gabriele, fue en su propia casa mientras tenía una conversación con su padre, en ese entonces le pareció muy atractivo. Y aún lo era, aunque no estaría dispuesta a reconocerlo en voz alta.
—¿Te gusta lo que ves? —Preguntó él, sus ojos grises clavados en ella.
Anna no se dió cuenta de que Gabriele había despertado, ella intentó moverse de su posición pero él la detuvo manteniendola firme contra su cuerpo.
—¿A dónde crees que vas? —Su voz ronca.
—Suéltame, dijiste que no ibas a tocarme. —logró decir ella en apenas un hilo de voz.
—Ciertamente lo dije, pero eres tú quien me está tocando. Ahora tendrás que hacerte cargo.
En un movimiento rápido Gabriele se acomodó sobre ella.
Anna gimió de sorpresa por la posición en la que se encontraba, además podía sentir el duro problema qué el tenía sobre su vientre. Estaba excitado e inevitablemente ella sintió una oleada de calor que fué directo a su centro.
—Lo siento... No quería interrumpir tu sueño. —Anna intentaba hacerlo comprender.
—Pero lo hiciste. —él bajó su rostro al cuello de ella y pasó su lengua haciéndola estremecer.
Anna intento quitárselo de encima sin éxito.
—No lo volveré a hacer. Solo suéltame. —insistió ella
—Está bien, voy a soltarte. Pero no vuelvas a provocarme o no respondo. —Su voz sonando baja y peligrosa.
Cuando la liberó, Anna se levantó sin dudar y salió corriendo hacia el baño, necesitaba poner distancia entre ellos. Gabriele le parecía un hombre extraño, a veces no la quería ni ver y otras, era totalmente lo opuesto, hasta intentaba seducirla.
Gabriele aprovechó ese momento para hacer una llamada, necesitaba respuestas, así que marcó el número de su primo Matt.
La primera llamada se fue a buzón pero en un nuevo intento contestó.
—¿Por qué me estás jodiendo tan temprano? Se supone que estás en tu luna de miel. —Matt gruñó con voz somnolienta.
—¿Dónde estabas cuando comenzó el ataque de anoche? —Preguntó Gabriele no cayendo en el juego de su primo.
—En el baño. —La verdad a medias.
—¿Con Anette?
Hubo un silencio del otro lado hasta que por fin Matt respondió.
—Sí ¿Hay algún problema? —Matt no era tonto, sabía que Gabriele ya estaba enterado y sería inútil mentirle. —No sabía que era tu amante exclusiva.
—¿Cómo entró? —Seguiría el interrogatorio.
—¿A qué se deben todas estas preguntas? No estoy entendiendo. —La confusión era evidente en su tono.
—Responde lo que te estoy preguntando. —El tono helado de Gabriele traspasando la línea.
Era una orden clara, Matt decidió contar todo y acabar con eso. —Mira, salí afuera a fumar y la ví charlando con los hombres de seguridad, les estaba diciendo que era una amiga de la familia e insistía en que la dejaran entrar pero ellos no le hicieron caso. —Hizo una breve pausa. —Luego la vi conversando con dos meseros y entonces me acerqué a preguntar qué ocurría. Ella me reconoció, dijo que en realidad había ido porque quería verme de nuevo, no la culpo soy irresistible. —se rió.
Gabriele rodó los ojos, su primo era un egocéntrico. —Continúa. —exigió.
—Lo que ocurrió es que yo le permití el ingreso, soy tu primo así que me obedecieron. —Explicó. —Un trago y ella se puso muy cariñosa conmigo... Ya sabes.
—Eres un idiota. —Dijo Gabriele y luego colgó la llamada.
Ahora tenía la certeza de que esa mujer desquiciada fué la responsable del ataque. Era tan sádica, quería verlo en primera fila y había utilizado a Matthew para poder entrar.
Tendría que ponerle un alto, no iba a permitir esa clase de interferencias en su vida, había muerto gente solo por un ataque de celos.
Había una llamada más que hacer, Massimo debía enterarse.