1- Explicaciones
Ella se sentó en la cafetería esperando a que Jonas llegara y se movió nerviosamente. Ya habían pasado casi dos meses desde que él había descubierto la verdad. Ella lo había engañado. Le había mentido durante ocho años completos y había pretendido ser alguien que no era. Ella lo había amado, lo había amado más de lo que se había atrevido a admitir, pero él dudaba de ella debido a su engaño. No tenía a nadie más a quien culpar, pero mientras esperaba allí, sentía una verdadera sensación de enojo por el tiempo que le había llevado a él entender todo. Si es que estaba entendiendo todo, consideraba.
Sienna Lawrence levantó la vista cuando las campanas sonaron anunciando la llegada de otro cliente a la cafetería. Ella había cuestionado por qué él quería reunirse aquí. ¿No debería tener lugar su primera conversación sincera en algún lugar menos público? Una de sus tres mejores amigas, Darya, había preguntado si iba a darle malas noticias y pensó que no armaría un escándalo en una cafetería. Esa idea había estado rondando en su mente toda la noche.
Sus ojos divisaron al hombre alto y musculoso que se acercaba a la cafetería desde la ventana y su corazón dio un vuelco. Era muy guapo. Alto, moreno, con unos brillantes ojos azules. Su rostro imperturbable como siempre, el típico soldado de la mafia con su fachada inexpresiva. Pero ella sabía que cuando sonreía, su rostro se iluminaba por completo. Tenía un sentido del humor absurdo y la habilidad de hacerla reír sin esforzarse. En toda la oscuridad de la enfermedad de su madre, incluso aunque él no supiera nada al respecto, había sido su luz. El faro en medio del mar de calamidades en las que ella sentía que se estaba ahogando. Y luego él descubrió la verdad y se alejó.
Él se acercó a ella, sus ojos recorriendo ávidamente su rostro y tomó asiento frente a ella. —Sienna.
—Hola Jonas —respiró —¿Quieres un café?
—No.
—Oh —no estaba segura de qué decir. Solía ser terrible con los hombres, una timidez que nunca superó, pero con él había conseguido sentirse cómoda. Él era como un suéter en un día frío para ella, pero al sentarse frente a ella, el suéter parecía desgastado y lleno de polillas.
—¿Puedes explicarme por qué? —dijo después de unos momentos de silencio. —Desde el principio. Estoy luchando Sienna. Estoy tratando de reconciliar mis sentimientos hacia una mujer que tal vez nunca existió. Te creí una cosa y resulta que eres otra.
—La mujer que conoces es la correcta, solo el nombre equivocado —Ella se acomodó incómodamente. —Soy una persona amante de los libros, que ama la biblioteca, ir a la iglesia y visitar la residencia de ancianos. En lugar de visitar a pacientes al azar, visitaba a mi mamá. Nada de eso fue una mentira.
—¿Por qué?
—El dinero —susurró.
—¿Me mentiste por dinero?
—Oculté la verdad —corrigió —Para asegurarme de que la pensión alimenticia mensual de Dimitra siguiera llegando para que mi mamá pudiera recibir la atención médica que se merece.
Él se quedó en silencio y ella envolvió sus dedos alrededor de la taza de cerámica frente a ella.
—Cuando tenía dieciséis años, a mi mamá le diagnosticaron demencia de inicio temprano. Recién había cumplido cuarenta y uno. Ella era enfermera. Mi padre no fue una persona que nunca conocí y ella nunca me dijo quién era. Su padre murió cuando era un bebé, mi abuela cuando era una adolescente. Éramos sólo nosotras dos. Era inteligente y, como enfermera durante veinte años, había invertido muy bien su dinero. Ella me confió que su padre había pasado por lo mismo y siempre había tenido miedo.
—¿Podrías correr riesgo tú? —preguntó interrumpiendo su historia.
—Lo primero que hizo cuando le diagnosticaron fue hacerme una prueba genética. Quería saber de antemano si quería tener hijos y potencialmente transmitir el gen. No tengo el marcador genético. No quiere decir que estaré mentalmente sana hasta que muera, pero el gen específico de su enfermedad y otras variantes de esta enfermedad, no lo tengo.
Él asintió y estiró las piernas debajo de la mesa, moviendo los dedos.
—Continúa.
—El primer año fue difícil mientras nos ajustábamos, pero luego empeoró cada vez más. Yo cuidaba de ella lo mejor que podía, iba a la escuela secundaria y trabajaba a tiempo parcial, pero parecía que cada día se deterioraba más. Necesitábamos mantener el dinero en la cuenta para la atención médica porque sabíamos que habría un momento en que yo no podría cuidar de ella por mi cuenta. Vendimos nuestra casa y guardamos el dinero. Teníamos un pequeño apartamento que alquilábamos.
—Trabajabas a tiempo parcial. ¿De stripper?
La acusación se deslizó por su espina dorsal haciéndola estremecerse. Él la había visto bailando en un club nocturno recientemente. Había sido evidente que tenía experiencia.
—Bailando, sí. Una chica del instituto tenía un novio mucho mayor, y él la dejaba bailar. Ella llegaba con bolsos de Prada y gafas de Gucci. Ella me consiguió un trabajo en el bar de él. Trabajaba cuatro noches a la semana y en un pueblo pequeño donde todos se conocen, sé que recibía propinas extra de personas tratando de ayudar a mi mamá. Había hecho jazz, tap y danza acrobática cuando era niña hasta que ella se enfermó. Ella me hizo tomar clases de baile para superar mi timidez. Podía subirme a un escenario frente a mil personas, pero hablar uno a uno era un problema todavía. Al final, podía hacer una vuelta de carro sin manos con los ojos cerrados, así que hacer un movimiento de caída mortal no era nada. Bailaba. Me pagaban. Iba a casa. Iba a la escuela. Enjuaga. Lava. Repite.
—¿Dormiste con ellos? ¿Tus clientes?
—No —lo miró con sorpresa. —No. Nunca he dormido con un cliente —Levantó las cejas sorprendido —Sólo porque era bailarina exótica, no significa que fuera prostituta.
—Trabajabas en un burdel.
—No. —Sacudió la cabeza —Hacía las reservas. Era la recepcionista, por así decirlo. Probé una vez, y no pude soportarlo. Vomitaba. Darya tuvo que terminar por mí.
—Dimitra, ¿también trabajaba ahí?
—Ella se encargaba de los registros. Tomaba los pagos y cosas así. No tiene mucho autocontrol. Un tipo pedía ser azotado y ella lo azotaba casi hasta matarlo.
—¿Darya y Magda?
—Magda hacía cosas más suaves. Para los hombres a quienes les gustaba que les gritaran o les regañaran. Tenía un tipo que usaba pañales y ella lo alimentaba con biberón —Sacudió la cabeza y frunció los labios —Definitivamente, no era algo que yo pudiera hacer, pero pagaba nuestras cuentas.
—Recibías dinero en efectivo de Miklos.
Suspiró.
—Me gradué como la mejor de mi clase en el instituto. No hacía actividades extracurriculares y francamente, ser la más inteligente en un pueblo de cinco mil habitantes no dice mucho. No había becas. Tenía un pequeño fondo fiduciario que mamá había apartado, pero la realidad era que mi elección de universidad no me ofrecía una beca completa. Soy inteligente. Trabajo duro. Pero no tengo el poder cerebral de Dimitra Laskaris o Darya, ni siquiera de Magda. Tuve suerte de ser admitida en MIT —Apartó la mirada. —Mi mamá siempre insistió en que debía salir de nuestro miserable pueblo. Quería que fuera a la universidad y lograra algo. Fui a la ciudad, Bangor, a la compañía de enfermería donde mamá había trabajado a tiempo parcial. Durante su carrera, trabajó en el hospital, y también trabajó a tiempo parcial en esta compañía brindando cuidados privados. La compañía me prometió que enviaría lo mejor para nosotras porque amaban a mamá.
Dio un largo sorbo a su café.
—Conocí a la enfermera a finales de julio, y era encantadora. Me contó cómo su propio padre tenía demencia y cómo ella se había ocupado de él hasta que recientemente falleció. Estaba contenta de tener un lugar donde quedarse y cuidar a mamá porque le hacía sentirse conectada con su padre. Confíe en ella. Cuando llegó la hora de irme a la universidad en septiembre, me sentía cómoda dejando a mamá con su cuidadora permanente y me fui a Boston. Desde casa hasta Boston hay tres horas en coche y aún más en autobús. No podía ir y venir fácilmente. En noviembre regresé a casa para Acción de Gracias y mamá me pareció peor. Estaba más callada, menos lúcida y discutía conmigo sobre bañarse. La enfermera me dijo que era una anomalía. Dijo que había estado genial hasta el día anterior a mi llegada y tal vez toda la emoción de que yo volviera a casa estaba causando los berrinches que mamá tenía. Volví a la universidad con sentimientos encontrados. No me gustaba dejarla, pero sabía que era lo que ella quería para mí. Tenía la intención de hacerla sentir orgullosa superando las dificultades en la gran ciudad. —Jugaba con una servilleta en la mesa. —En Navidad, me quedé un poco más en la escuela. Mi compañera de cuarto era Magda, y su madre era una pesadilla. No quería irse a casa tan pronto como acabaron los exámenes parciales. Dimitra y Darya dijeron que deberíamos quedarnos un poco más. No fui a casa hasta el veinte de diciembre. Había estado en comunicación vía mensaje de texto con la enfermera, quien decía que mamá estaba bien —Inhaló con temblor. —Llegué al apartamento y lo primero que noté fue el olor. Pensé que estaba muerta. La enfermera la había puesto un pañal y lo había llenado hasta el punto de que se desbordaba, pero tampoco había sido cambiado durante días. Mamá era hipoglucémica y casi catatónica. Llamé a una ambulancia. Donde vivíamos, tardaba una eternidad en llegar. Mientras esperaba que llegaran, vi los estados de cuenta bancarios sobre la mesa y la notificación de desalojo en el refrigerador. A pesar de que dejé cheques con fechas futuras para que la enfermera los diera al propietario cuando viniera, ella no le había pagado en tres meses. El saldo bancario era cero. Ni siquiera un centavo —sintió cómo la ira crecía. —Según el banco, ella retiró el dinero de mi mamá catorce veces en un periodo de tres meses. El último retiro fue dos semanas después de Acción de Gracias. La policía entrevistó a los otros inquilinos de nuestro edificio, pero nadie recordaba haber visto a la enfermera después de mediados de diciembre cuando un chico en un Camaro la recogió. Mi mamá había sido dejada sola sin comida, nadie para administrar sus medicamentos, nadie para limpiar, bañar o atender sus necesidades básicas durante al menos cinco días y posiblemente el doble.
—Maldición —Jonas susurró enojado.
—Mi primera llamada fue a Dimitra. No sé cómo lo hizo, pero logró convencerme de llevar a mamá a un hogar de ancianos en Boston. Solo tenía dieciocho años, pero tenía la lucidez para llevarla a un hospital local en Boston y dijo que no permitiría que su hermana perdiera sus metas en la vida por lo que este idiota nos hizo.
Ella tragó saliva mientras él apretaba los dedos sobre la mesa.
—Habíamos regresado luego de visitar cuatro hogares de ancianos, dos de los cuales, los mismos hijos de los pacientes nos advirtieron que no pusieramos a mi mamá en ellos. No iban a cuidarla bien, pero eran los únicos que podía pagar. No tenía dinero. Nada. El único dinero que tenía era de mi fondo fiduciario y cuando fui a MIT, todo se esfumó el primer año. Sabía que iba a tener que trabajar. Mi plan original había sido ganar dinero en un club de striptease durante los veranos, pero no había manera de pagar el cuidado de mamá y seguir estudiando. —Ella olfateó, —Luego te acercaste y me dijiste que eras mi nuevo guardaespaldas —Jugó con sus dedos alrededor de la taza y esperó a que dijera algo. No pasó mucho tiempo antes de que lo hiciera.