Adrián Salazar despertó con la sensación de que algo no estaba bien.
No era un dolor ni un ruido extraño. Era algo más profundo, una especie de presión en el pecho, como si hubiera dormido demasiado cerca de un sueño que todavía no terminaba.
Abrió los ojos lentamente.
El techo que vio sobre su cabeza no era el de su antiguo apartamento de lujo. Era el de un pequeño cuarto de hotel barato en el que había pasado la noche después de salir del parque.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Entonces recordó.
La lluvia.
El parque.
La figura oscura.
El contrato.
Adrián se sentó de golpe en la cama.
—No puede ser…
Miró sus manos como si esperara encontrar alguna señal física del pacto.
Pero no había nada.
Ninguna marca.
Ninguna cicatriz.
Nada que indicara que lo ocurrido la noche anterior había sido real.
Se levantó lentamente y caminó hacia la ventana del cuarto. Afuera la ciudad ya estaba despierta. El tráfico comenzaba a llenar las avenidas y las personas caminaban con prisa hacia sus trabajos.
Todo parecía completamente normal.
Demasiado normal.
Adrián pasó una mano por su rostro y suspiró.
—Debí haber estado más cansado de lo que pensaba…
Quizás había sido una alucinación.
El resultado del estrés.
La mente humana podía crear cosas muy convincentes cuando estaba al borde del colapso.
Tomó su teléfono que estaba sobre la pequeña mesa junto a la cama.
La pantalla estaba llena de notificaciones.
Mensajes del banco.
Correos electrónicos.
Llamadas perdidas.
Nada fuera de lo común.
Hasta que vio uno que no reconocía.
Un correo nuevo.
El remitente era desconocido.
El asunto decía simplemente:
Reunión urgente de inversión.
Adrián frunció el ceño.
Abrió el mensaje.
El contenido era corto.
“Señor Salazar. Hemos seguido su trayectoria empresarial durante años. Sabemos que su situación actual es complicada, pero creemos que su talento sigue siendo excepcional. Nuestra firma desea reunirse con usted hoy para discutir una posible inversión en uno de sus proyectos.”
Debajo había una dirección.
Un edificio corporativo en el centro financiero de la ciudad.
Adrián leyó el correo dos veces.
Luego una tercera.
No tenía sentido.
Nadie quería invertir en él.
Su reputación estaba destruida.
Los rumores sobre su caída se habían extendido por todo el sector financiero.
—Esto debe ser un error…
Pero el correo era claro.
Incluso incluía un número de contacto y un horario específico.
Diez de la mañana.
Adrián miró la hora en su teléfono.
Eran las nueve y veinte.
Demasiada coincidencia.
Pensó en ignorarlo.
Pero algo dentro de él… una pequeña chispa de curiosidad… lo empujó a considerar la posibilidad.
—Si es una broma… al menos sabré quién está detrás.
Se duchó rápidamente, se puso el único traje decente que todavía tenía y salió del hotel.
La ciudad estaba llena de movimiento.
Los rascacielos brillaban bajo la luz del sol de la mañana.
El edificio de la dirección del correo era uno de los más grandes del distrito financiero.
Adrián lo reconoció de inmediato.
Una torre de vidrio de más de cuarenta pisos donde operaban algunas de las firmas de inversión más importantes del país.
Se detuvo frente a la entrada.
—Esto definitivamente es una broma…
Pero algo lo impulsó a entrar.
El lobby era enorme.
Mármol en el suelo.
Pantallas gigantes en las paredes.
Personas con trajes elegantes caminando de un lado a otro.
Adrián se acercó al mostrador de recepción.
—Buenos días —dijo con cierta inseguridad—. Tengo una reunión programada.
La recepcionista levantó la vista.
—¿Su nombre?
—Adrián Salazar.
La mujer escribió algo en su computadora.
Durante un segundo su expresión cambió.
Luego volvió a mirarlo con una sonrisa profesional.
—Sí, señor Salazar. Lo están esperando.
Adrián sintió un pequeño golpe en el pecho.
—¿Me están… esperando?
—Así es. Piso treinta y seis. Sala de juntas A.
Le entregó una tarjeta de acceso.
Adrián tomó la tarjeta lentamente.
Esto ya no parecía una broma.
Entró al ascensor.
Las puertas se cerraron.
Mientras el elevador subía, el recuerdo de la noche anterior volvió a su mente.
La figura oscura.
El contrato.
La voz grave diciendo que su destino cambiaría.
—No… no puede ser…
Las puertas del ascensor se abrieron.
El piso treinta y seis era silencioso.
Un asistente lo esperaba cerca de la entrada de una sala de reuniones.
—Señor Salazar, por aquí por favor.
Adrián entró.
Dentro de la sala había tres personas sentadas alrededor de una mesa de cristal.
Dos hombres y una mujer.
Todos vestidos con trajes impecables.
Cuando Adrián entró, los tres se levantaron.
El hombre mayor extendió la mano.
—Señor Salazar, finalmente podemos conocerlo en persona.
Adrián estrechó su mano, confundido.
—Disculpe… creo que debe haber un error. Mi empresa ya no existe.
El hombre sonrió.
—Lo sabemos.
La mujer intervino.
—Y precisamente por eso creemos que es el momento perfecto para invertir.
Adrián se quedó en silencio.
—¿Invertir… en qué exactamente?
El segundo hombre deslizó una carpeta sobre la mesa.
Adrián la abrió.
Dentro había documentos legales.
Contratos.
Y una cifra escrita en la primera página.
Cinco millones de dólares.
Adrián sintió que el mundo se detenía.
—Esto… esto no puede ser real…
El hombre mayor habló con calma.
—Nuestra firma desea financiar su nuevo proyecto empresarial. Creemos que usted tiene el talento necesario para reconstruir un imperio.
Adrián levantó la mirada lentamente.
Su mente volvió al parque.
Al contrato.
A la firma con tinta roja.
Una sensación helada recorrió su espalda.
Porque en ese momento comprendió algo.
La entidad había dicho la verdad.
El pacto… ya estaba funcionando.
Y apenas habían pasado doce horas.
Pero mientras los inversionistas continuaban hablando sobre negocios y oportunidades, Adrián sintió algo más.
Un susurro.
Muy débil.
Como si alguien hablara directamente dentro de su mente.
Una voz que reconoció de inmediato.
La voz del Intermediario.
“Este es solo el comienzo.”
Adrián tragó saliva.
Porque en ese momento entendió que el poder había comenzado a llegar.
Pero también comprendió algo mucho más inquietante.
Si aquello era el comienzo…
no quería imaginar cuál sería el precio.