Durante los días siguientes, la vida de Adrián Salazar comenzó a cambiar a una velocidad que parecía imposible.
La inversión de cinco millones no solo se concretó sin problemas, sino que el proyecto empezó a tomar forma con una rapidez que ni siquiera él había anticipado. En menos de una semana ya tenía una pequeña oficina temporal, un equipo inicial de desarrolladores y reuniones programadas con posibles socios tecnológicos.
Era como si cada puerta que antes estaba cerrada ahora se abriera sola.
Personas que meses atrás habían ignorado sus llamadas ahora querían reunirse con él.
Inversionistas que lo consideraban un fracaso empezaban a mostrar interés nuevamente.
Incluso algunos antiguos contactos que habían desaparecido durante su caída volvían a escribirle con mensajes amistosos, como si nada hubiera pasado.
Pero Adrián sabía la verdad.
Nada de aquello era coincidencia.
El pacto estaba funcionando.
Y eso lo inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Una noche, después de una larga jornada de trabajo, regresó al pequeño apartamento que había alquilado temporalmente mientras reorganizaba su vida. El lugar era modesto comparado con el lujo al que estaba acostumbrado, pero suficiente para dormir y pensar.
Encendió una lámpara y dejó su portafolio sobre la mesa.
Había sido un buen día.
Un muy buen día.
Habían firmado el primer acuerdo tecnológico con una empresa de software internacional, y las proyecciones de crecimiento eran incluso mejores de lo que había imaginado.
Adrián abrió una botella de whisky barato que había comprado en una tienda cercana y se sirvió un vaso.
Se dejó caer en el sofá.
Durante unos minutos simplemente observó la ciudad a través de la ventana.
Las luces de los edificios.
Los autos moviéndose como pequeños puntos brillantes en las avenidas.
El mundo seguía igual.
Pero su vida… ya no.
Tomó un sorbo del vaso.
Y entonces lo escuchó.
Un sonido suave.
Como si alguien hubiera tocado ligeramente la puerta del apartamento.
Adrián frunció el ceño.
Miró el reloj.
Era casi medianoche.
Se levantó lentamente y caminó hacia la puerta.
—¿Sí?
Silencio.
Abrió.
No había nadie en el pasillo.
Miró a ambos lados.
Vacío.
Cerró la puerta otra vez, confundido.
—Debió ser algún vecino…
Regresó al sofá.
Pero apenas se sentó, la lámpara de la sala comenzó a parpadear.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
El corazón de Adrián empezó a latir más rápido.
El aire del apartamento se volvió más frío.
Mucho más frío.
Y entonces la voz volvió.
Esa voz profunda que parecía salir de ninguna parte.
—Es momento.
Adrián se levantó de golpe.
—¿Quién está aquí?
Silencio.
Luego la voz habló otra vez.
Más clara.
Más cerca.
—La primera condición.
Adrián sintió un nudo en el estómago.
—Sabía que vendrías tarde o temprano…
La sombra en la esquina de la habitación empezó a moverse.
Primero fue algo sutil.
Un cambio en la oscuridad.
Luego una forma comenzó a aparecer lentamente.
Alta.
Delgada.
Con la misma presencia que había visto aquella noche en el parque.
La figura del Intermediario.
Adrián no retrocedió.
Pero su respiración se volvió más pesada.
—Pensé que esto tomaría más tiempo —dijo.
La entidad inclinó ligeramente la cabeza.
—El tiempo no funciona igual para nosotros.
La figura caminó lentamente por la habitación.
Pero sus pasos no producían ningún sonido.
—Tu ascenso ha comenzado, Adrián Salazar.
Adrián apretó el vaso que todavía tenía en la mano.
—Sí… lo he notado.
La voz del Intermediario tenía un tono casi satisfecho.
—Tu mente ahora es más clara. Tus decisiones son más precisas. Las oportunidades llegan a ti como si el mundo mismo quisiera ayudarte.
Adrián lo miró fijamente.
—Eso fue parte del trato.
La entidad sonrió.
Una sonrisa que no parecía pertenecer a un rostro humano.
—Exactamente.
Hubo un silencio breve.
Luego Adrián preguntó lo inevitable.
—¿Qué quieres?
La figura se detuvo frente a la ventana.
Las luces de la ciudad se reflejaban en su silueta oscura.
—Quiero equilibrio.
Adrián frunció el ceño.
—No entiendo.
La entidad giró lentamente hacia él.
—Todo poder necesita balance.
Hizo una pausa.
—Y tu ascenso… necesita un pequeño ajuste.
Adrián sintió que el aire en la habitación se volvía aún más frío.
—Habla claro.
La figura dio un paso más cerca.
—Hay un hombre.
Adrián esperó.
—Su nombre es Daniel Ferrer.
El nombre no le resultaba desconocido.
Adrián pensó por un momento.
Luego lo recordó.
Daniel Ferrer era el director ejecutivo de una empresa financiera que competía directamente con el nuevo proyecto que Adrián estaba desarrollando.
—¿Qué pasa con él?
La voz del Intermediario se volvió más baja.
—Está en el camino de tu ascenso.
Adrián lo miró con desconfianza.
—Eso no es nada nuevo en el mundo de los negocios.
—Pero este hombre… —continuó la entidad— …no puede seguir en ese camino.
El silencio se volvió pesado.
Adrián sintió que algo dentro de él empezaba a comprender lo que la entidad estaba insinuando.
—¿Qué estás diciendo exactamente?
La figura respondió con una calma absoluta.
—Quiero que arruines su vida.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿Arruinar… su vida?
—Su empresa. Su reputación. Su futuro.
La voz no mostraba emoción alguna.
—Debe desaparecer del tablero.
Adrián apretó los dientes.
—Eso es parte del juego empresarial. No necesito un pacto demoníaco para competir con alguien.
El Intermediario inclinó la cabeza.
—No estoy hablando de competencia.
Adrián sintió un escalofrío.
—Entonces… ¿de qué estás hablando?
La entidad respondió con una sola frase.
—De destrucción total.
El silencio cayó como una losa sobre la habitación.
Adrián pensó en Daniel Ferrer.
Un hombre ambicioso.
Duro en los negocios.
Pero aun así… un ser humano.
—Ese no fue el trato —dijo Adrián.
La voz respondió inmediatamente.
—Sí lo fue.
El Intermediario levantó una mano.
Y en el aire apareció algo.
El contrato.
El mismo contrato que Adrián había firmado en el parque.
Las palabras comenzaron a brillar ligeramente.
La cláusula final.
“Cumplir las condiciones establecidas por la Entidad.”
La figura habló con calma.
—La primera condición acaba de ser presentada.
Adrián sintió el peso de la decisión caer sobre él.
Porque en ese momento comprendió algo terrible.
El pacto no solo iba a darle poder.
Iba a poner a prueba hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
Y ahora tenía que decidir…
si su ascenso valía la destrucción de otro hombre.
Pero mientras miraba el contrato flotando en el aire, una pregunta aún más oscura comenzó a formarse en su mente.
Si esa era la primera condición…
¿Qué clase de condiciones vendrían después?