Me había quedado dormida en su pecho. Él acariciaba mi cabello; el frío que hacía me tenía temblando así que me despertó. —Helen mi cielo, estás temblando —me susurró en el oído. Yo no quería que aquél mágico momento acabara nunca. El olor de su pecho me embriagaba; me abrazaba a él queriendo jamás romper aquella conexión tan hermosa que nos unía. Me levanté de sus piernas para asearme. La marca de que ya no era virgen estaba adherida a nuestros cuerpos, por eso fui al baño a ducharme. Le di un beso en los labios antes de caminar hasta el baño. El baño era espectacular. Una tina hecha de rocas en forma redonda me esperaba. Me sumergí en ella y tallé mi cuerpo con delicadeza, cerrando los ojos recordando cada uno de sus besos, cada una de sus miradas, cada toque y cada penetración tan

