Colocó al pequeño Tomy arriba de la mesa. Comenzó a tararear una nota musical mientras agarraba su navaja bien afilada -La,la la- Empezó a cortar desde la cola deslizando lentamente, pasó por el estómago y continúo hasta el cuello. Todo para retirar la piel del cuerpo. Cortar fue sencillo pero irla despegando del cuerpo le costó un poco más. Las cobijas rápidamente se llenaron de sangre y pelo. Algunas manchas fueron más allá llegando al piso y a su propia cara pero el ni se inmutó ni se limpio. Seguía cortando recordado cuando lo hizo en su juventud al trabajar disecando animales y balsamando personas. Aunque sus manos ahora temblaban más que en esos tiempos, no se detuvo ni un momento a descansar.
El cuerpo poco a poco quedó descubierto dejando ver los órganos del perro, sangre, venas, hasta los mismos huesos que se asomaban en algunas partes donde no había tanto músculo. Se limpiaba las manos constantemente retirando líquido y pelo que quedaba atrapado entre sus dedos.
Llegó a la parte de la cara que era un proceso más delicado y tediosos. Lo hacía con amor como cuando un artista empieza hacer su obra maestra. Solo que en este caso involucraba su alma misma.