Preocupación

2668 Words
La preocupación es una marea constante. Cuando se pierde, experimentas la libertad de un náufrago, pero también el vacío de no tener nada que realmente importe. Es dejar la mala costumbre de sentir el estrés, solo que al regresar, se convierte en una angustia que no te deja respirar. —¿Qué hace la chica más linda de la escuela? —La voz de Alessio rompió el trance de Peggi. Ella estaba absorta en su teléfono, ignorando a todos a su alrededor. —Hola...—Peggi respiró profundo—. Nada. Solo estoy preocupada. —¿Ya abriste tu casillero? —preguntó él, ganándose una mirada de confusión. —Mm, no. Fui directo a clase, luego al área de natación, después vine para acá buscando a Laura. —Peggi regresó su mirada al celular. —Peggi, linda. ¿Sucede algo? —Es que han pasado dos días que no sé nada de Laura. Desapareció de mi habitación en medio de la noche, no me responden mis mensajes y ella siempre responde mis mensajes. —Tranquila, respira. ¿Por qué no me lo habías dicho? —No lo sé, me obsesioné con encontrarla. Fui al centro comercial, a la heladería que está en el tercer piso, que es su favorita; fui a la alberca municipal... nada. —Mencionó con angustia y su voz quebrada. —¿Fuiste a su casa? Peggi frunció el ceño con vergüenza y el dolor cruzó por su rostro. —No sé dónde vive. Nunca se lo he preguntado. Soy una mala amiga. —¡Hey! Es normal. Hay personas a las que no les gusta decir dónde viven; es su santuario. «Dudo que Laura crea que su casa es un santuario cuando huye para no estar ahí» —Laura sabe dónde vivo; mínimo debería saber algo más de ella. ¿Tú no sabes nada? —¿Yo? —Alessio preguntó extrañado. —Sí, ¿o el doctor de terapia? Ellos tienen los expedientes de sus pacientes, ¿verdad? —Mm, Peggi... —Paso sus manos por el cabello pensativo, esquivando su mirada—. Cariño... Yo no... De repente, una silueta cruzó el fondo del pasillo. —¡Ahí está! —gritó Peggi—. Nos vemos ahora. Peggi salió corriendo detrás de Laura hasta que la vio entrar en el baño de chicas. —¡Laura! Al entrar, la recibió el silencio. Se quedó un momento extrañada; el espejo le devolvió una imagen de sí misma que no reconoció: una chica pálida, cuestionando su propia lealtad. Entonces, la puerta de uno de los cubículos se abrió. Laura salió. Estaba radiante, con un maquillaje perfecto, sonrisa de porcelana, cabello impecable y una vestimenta digna de modelaje. —¡Laura! —Peggi la envolvió en sus brazos—. Me tenías preocupada, ¿por qué no contestaste mis mensajes? ¿Por qué te fuiste de esa manera de casa? Eso no se hace. —¡Oye! Tranquila —Laura rió con suavidad—. Lo siento. No estoy acostumbrada a ser el centro de preocupación de nadie. Estabas dormida, no te quise despertar; te veías sumergida en una paz que no te quise arrastrar conmigo. —Pensé que mi hermano te había asustado o... Olvídalo, ¿cómo estás? Laura se acercó a los lavamanos. El agua corría mientras ella se miraba al espejo con una fascinación extraña. —Estoy bien, Peggi. He llegado a la conclusión de que solo yo puedo decidir qué me hace feliz y qué no. —Bien, eso es bueno. Creo. —Sí, somos dueños de nuestros sentimientos y acciones; puede ser que sea una loca impulsiva y terca, pero me están pasando cosas bonitas y no dejaré que la tristeza me embargue. —Ok. Eso es... —Peggi sonríe—. Suenas feliz. Creo. Pero me asustaste; creí que te había perdido o que... él te había hecho daño, otra vez. —El día que decida irme de este mundo cruel, te lo diré. Eres mi mejor amiga y no pienso dejarte sola en este manicomio —sentenció Laura—. Y en cuanto a él, no le daré el gusto. —¿Y dónde está ahora? —Probablemente bajo las sábanas de mi madre, jugando a ser felices —confesó dejándola helada, restándole importancia como si no fuera algo delicado lo que había dicho. Peggi la miró sorprendida y perdida en las palabras de Laura. —¿Qué... qué dijiste? —¡Vaya! Se siente de maravilla haberlo dicho en voz alta —Laura le sonríe de nuevo guiñándole un ojo—. No lo digas a nadie, es un secreto. Shh. —Pero... Él te ha hecho daño. Eso es horrible. ¿Por qué no le dices a tu mamá lo que él te hace o te ha hecho? —Si ella es tan ciega para no ver al enfermo con el que se acuesta, yo no puedo prestarle mis ojos. Además, te recuerdo que creen que estoy mal de la cabeza. —Pero... —Peggi, mamá cree que mi estado, condición o lo que sea es por traumas del pasado y estoy segura de que piensa que solo lo hago para llamar su atención —dijo con una voz melancólica—. Si le contara la verdad, ¿crees que me creería? ¿Crees que escogería a la hija rota en vez del hombre perfecto que ella cree que es? —Eres su hija... —Susurró Peggi, aferrándose a la lógica que no existía en el mundo de Laura, ni siquiera en su propio mundo. —¿Lo escogería a él encima de ti? —La he visto mentir, engañar y traicionar a los que ella decía amar por él. Así que no me voy a arriesgar; mientras a mí me dejen en paz, que hagan lo que quieran. Aprendí a estar sola y estoy bien. —No estás sola. Me tienes a mí. —Lo sé. Ahora te tengo a ti. La puerta del baño se abrió de golpe con tres de las antiguas amigas de Peggi. Verónica y sus secuaces, quienes se la quedaron mirando en silencio como si estuviera desvariando. —Peggi. La niña rara de la escuela está perdida en sus pensamientos de nuevo. ¿Estás desvariando? —soltó Verónica con esa condescendencia que dolía más que un insulto. Peggi, la ignoro. —Te he visto muy cerca de Alessio —continuó Verónica, acercándose al espejo. —A ella qué le importa —mencionó Laura detrás de Peggi, quien ahora estaba apoyada de su espalda contra la pared. Era la más linda de las tres y quien se suponía que era su mejor amiga, pero resultó ser conveniente y falsa; fue la primera en darle la espalda cuando regresó de la pandemia. Según ella, porque no podían estar cerca de una chica que se había vuelto aburrida y desarreglada. —Alessio es tan considerado, guapo y noble, siempre ayudando a todo el mundo, sobre todo a los desvalidos. No te hagas ilusiones, solo siente lástima por ti. —¿No venían al baño? —preguntó Peggi sin darle importancia a sus palabras. —Alessio solo siente pena por ti —Veronika se ríe con sarcasmo—. Es Alessio, siempre ayudando al desvalido. No te hizo caso cuando eras una de nosotras; menos lo hará ahora que no eres nadie. —Creo que escucho el silbido de la envidia —intervino Laura—. No soporta que el chico más inteligente y apuesto de la escuela tenga los ojos en ti, que prefiera mirar tus grietas antes que su kilo de maquillaje mal aplicado y vestida como una zorra. —Es una zorra —susurró Peggi. —¿Qué dijiste? —Verónica se giró, furiosa. Las otras dos parecían momias detrás de ellas, sin decir palabra. —Que eres una zorra —repitió Laura con una sonrisa gélida—. Además de cometer un crimen a la moda, también es sorda. Peggi soltó una carcajada nerviosa. Las tres la miraron como si estuviera desquiciada. Verónica, fuera de sí, la empujó contra la pared. —¿Te estás riendo de mí? ¿¡Quieres que te dé una lección!? —Definitivamente, sus neuronas no hacen conexión —replica Laura. —Tiene un coeficiente un poco deficiente —responde Peggi mientras Verónica se enoja. —Repite lo que dijiste, demente. —¿Me acabas de llamar demente? —preguntó Peggi mirándola por el espejo. —Somos dementes, las dementes son peligrosas, ¿no? —dice Laura con una sonrisa de burla. —Le puedo golpear y culpo a mi demencia. —Pondríamos las dementes; no sabemos lo que hacemos, solo somos impulsivas. Verónica la observa sin saber qué hacer, amenazándola con su mirada fría. —Ahora sí le voy a dar su merecido. —dice Laura. —¡No! —Peggi la detuvo con la mirada—. No me voy a meter en problemas solo por alguien que solo sabe proyectar sus inseguridades. Verónica, si soy la “caridad” de Alessio o no, es mi asunto. Mi demencia también lo es. —Alessio solo hace caridad contigo, ¿crees que le gustan las raras y locas que viven en su mundo, calladas, despistadas y hablando con fantasmas? —¡Apártate antes de que te desfigure el rostro! —Amenaza Laura detrás de Peggi, quien no la dejaba moverse. —Entonces, no hay nada que te afecte, solo es caridad. En un movimiento rápido, Peggi tomó un puñado de agua y se lo lanzó al rostro a Verónica, aprovechando el desconcierto para empujarla y tomar la mano de Laura. —¡Eso es por mala amiga! —gritó Peggi. —Y por zorra. ¡Envidiosa! —le grita Laura mientras ambas salían corriendo por el pasillo. Se refugiaron en un aula vacía, recuperando el aliento entre risas. —Insultaste a Verónica, ¿sabes que tiene a toda la escuela embobados por ella? —Menciona Peggi recuperando el aire. —Solo es una envidiosa que aprovechó tu duelo para ocupar tu lugar. —Yo no era tan insoportable, ¿o sí? —Mm, un poco sangrona a veces, pero no, no eras tan insoportable y sabías vestir bien. —Sí, a ella siempre le gustó maquillarse de más y vestirse muy sexy. —Yo quería acomodarle el maquillaje con unos buenos golpes, lástima que no me dejaste. Peggi se sentó en el piso riéndose, pero sin dejar de pensar en las palabras de Verónica. —¡Oye! ¿Qué sucede? ¿Por qué esa expresión de tristeza? —La sombra de la duda envolvió su rostro. —Las cosas que dijo tienen un poco de sentido, ¿no crees? Laura se sentó a su lado. —Alessio es muy bueno con todo el mundo; quizás yo estoy imaginándome cosas y nada de lo que sucedió es real. Quizás esto es solo una fantasía que mi mente inventó para no sufrir. —Debes aprender a escuchar a la gente que vale la pena, no a los que por envidia y egoísmo te quieren ver mal. Ya es suficiente con nuestra propia mente jugando como si fuéramos fichas de ajedrez. —No puedo evitarlo. No me han pasado cosas buenas en mucho tiempo y ahora te tengo a ti y a Alessio. ¿Estoy loca por pensar que todo lo bueno es irreal? —Según la muñeca de Annabelle que hemos dejado en el baño, estás demente; por lo tanto, es válido crearte un mundo donde eres amada y tienes a personas como yo que te hagan compañía. —Estás loca, Laura. —No más que tú, pero los locos decimos la verdad sin los filtros de la hipocresía. —Dile eso a los que están en los psiquiátricos. —Los que están en los psiquiátricos son solo personas que se aferraron a una realidad donde nadie puede volver a lastimarlos. Personas incomprendidas. —¿Crees que ellos sufren? ¿Que sienten algún dolor? —No lo sé, viven en una realidad creada en su propia mente como protección a esta sociedad que no vale nada y que están muy lejos de entender. —Tal vez si estamos locas. —Todos estamos locos, ya te lo he dicho, solo que unos disimulan bien ante la sociedad y otros no somos tan fuertes para escondernos detrás de la falsa moralidad; por eso somos catalogados como raros o asociales. —Pero sí existen personas con enfermedades mentales que se pueden lastimar y dañar a los demás. —Esos están en otro nivel de locura al que tú y yo no pensamos llegar, pero son felices a su manera. No les importa lo que piensan los demás, ni el qué dirán; es algo liberador si lo piensas bien. —Tal vez. —Peggi tomó la mano de Laura y sonrió—. Gracias por defenderme. —No, déjate que saludara a mi derecha. Hubiera sido épico. —Bromeo, Laura. —Lo imaginé, pero no vale la pena meternos en problemas por ellas. ¿Seguro estás bien? —Estoy bien, ¿y tú? —Sube sus hombros sin tener una respuesta correcta a esa pregunta. —Creo que es hora de la última clase. —Mejor busquemos a tu príncipe para que nos aclare si eres o no su caridad. —No es buena idea —Laura enarca una de sus cejas. La verdad es que Peggi no quería conocer esa respuesta; estaba feliz con esta fantasía y no quería que nadie dañara su momento. Caminaron hacia los casilleros ignorando los cuchicheos. Al llegar, el mundo de Peggi se detuvo. Su casillero estaba cubierto de rosas blancas y fotografías de momentos que ella ni siquiera sabía que habían sido capturados. En el centro, una caja roja con una tarjeta:“Para la niña más linda de la escuela”. Sonrió, vio todo de nuevo sin creer el detalle. —Abre la caja o lo haré yo. —mencionó Laura. Sin perder más tiempo, lo hizo, encontrando un collar de plata con un cactus pequeño y muy significativo. Dentro tenía una nota: “Porque eres la chica más fuerte y valiente que he conocido. Los cactus sobreviven donde otros mueren. Esta es mi manera de preguntarte: ¿Quieres ser mi novia? — Alessio". —Vaya, no creo que sea una caridad para él, pero sí lo eres. Qué manera tan dulce de serlo. —dijo Laura. —Es muy detallista. —Ya veo. Es un cactus, muy apropiado para el momento. —Es lindo. —Inteligente. Una vez leí que los cactus significan resistencia, fuerza y capacidad de sobrevivir en un ambiente hostil y difícil. Nada muy lejos de nuestra realidad. —Es muy hermoso. Peggi se puso el collar mirándose al espejo con una sonrisa. —¿Y bien? —La voz de Alessio sonó detrás de ellas. —¿Cuál va a ser tu respuesta? Peggi se giró lentamente. Vio a Laura a espaldas de él, lanzándole besos al aire y animándola en silencio. —Estoy demente. —No, no lo estás. Solo eres diferente. Alessio se acercó, acortando el espacio entre sus inseguridades y su verdad. —¿Soy tu caridad social? —preguntó de golpe, dañando el momento mágico que envolvía el lugar. Laura terminó golpeándose la frente con su propia mano y se dio una vuelta para irse, dejándolos solos. —¿Por qué dices eso? —Porque nadie quiere a una chica que se la pasa triste, sumergida en el dolor con su mente probablemente rota como novia. —Tal vez yo estoy igual de roto —respondió él, tomando sus manos—, y por eso somos el complemento perfecto. ¿No crees? Peggi cerró los ojos y aceptó su momento; si esto era una esperanza de sobrevivir a su agonía constante, la iba a tomar como su último salvavidas en un mundo tan perdido, hostil, en el cual ella ya no pertenecía. Incluso en el desierto más árido, la vida se abre paso.
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