Una noche, en medio de una sesión nocturna de entrenamiento al aire libre, mientras la luna llena se reflejaba en la suelo y creaba un ambiente espectral, Adrián se acercó a mí mientras repasábamos maniobras de combate en medio del gélido aire. Con el rostro iluminado por la luz lunar y el vapor de mi aliento colgando en el aire, me miró. —Mírate, Valeria. Ya no tiemblas. El temblor ha sido reemplazado por una calma letal. El frío te ha convertido en algo implacable. Hoy, no solo soportas el frío; miras igual que él. Mis ojos se quedaron fijos en los suyos, solo le sonreí de lado antes de mirar mis manos. —Creo que lo estoy haciendo bien. —Es más que eso, cariño. Por primera vez en semanas no me decía princesa, él no soltaba aquellas palabras llenas de burla, porque esa era la verdad,

