Despedidas sin respuesta

2426 Words
Debo sacarme esto de la cabeza después de todo, esto no tiene sentido, solo es una tonta idea qué parece se ha puesto en mi cabeza, es producto de mi gran imaginación y debo terminar esta idea si es que quiero llevar el siguiente año de forma tranquila. Abro la puerta de mi departamento, es lujoso aunque obvio no es el penthouse del último piso. Todo está desordenado cómo sin un torbellino hubiera entrado y salido de prisa dejando todo hecho trizas, los muebles, mis maletas y todo está en completo desorden, la verdad es que soy una mujer bastante ordenada, pero un cambio así de grande en mi vida, no es nada sencillo. Mis padres solo han hecho cosas buenas para mí, el lugar donde viven mis padres no se puede comparar con este lugar y no solo me refiero al espacio, pero en todo caso, estoy en el lugar qué yo quise. Todo el último año pedí a mis padres vivir sola cuando entrara a la universidad, quería independizarme, aunque claro ellos han comprado este lugar para mí. Nunca me agrado la idea de vivir en la universidad aunque por un momento casi acepto, Renata me ha enviado un texto >. Compre comida italiana para comer, estoy decidida a ordenar mi departamento de una vez por todas, camino entre cajas y maletas y algunos zapatos, y consigo sentarme en el pequeño sofá qué da hacia la ventana, recuesto mi cabeza en el respaldo por un momento y siento cómo mi mejilla se reconforta con la tela de lo que por un momento creo se trata de la vestidura del sofá. No, no es así, es la manta del profesor, el día de ayer la coloque sobre el sofá esperando que la luz del sol secara la manta, y no lo puedo creer, su aroma, su perfume está impregnado, es confundible. Debo decir que jamás había olido a un hombre como él profesor Blackwood, es intenso y fresco al mismo tiempo. De forma tan espontánea, mi nariz está envuelta en la tela, aspiro profundo y cierro los ojos, puedo escuchar su voz, su voz ronca y que a veces da miedo, pero recuerdo aquella pequeña mueca de diversión qué mire cuando se alejó en su auto y un suspiro sale de mi pecho, lanzó la manta hasta una de las cajas, el recuerdo de su arrogancia, de la forma en la que ignoró mis palabras cuando salí del salón de su novia. El tipo es un arrogante, y lo peor es que estoy en deuda con él. —Mila estoy abajo, pero el portero no me deja pasar olvide el número —dice Renata a través del teléfono. Bajo enseguida, con el celular en la mano, sin olvidar las llaves. —Señor Perkins, ella es mi amiga, cada que quiera entrar por favor déjela hacerlo —explico al portero, es un señor de cabello cano, bastante amable y risueño. —Por supuesto señorita de ahora en adelante así será, disculpe que no la dejara subir pero su padre me encargó mucho que cuidara de usted y solo quería hacer mi trabajo —replica el señor Perkins, justificando su actitud, podría decir que hasta un poco apenado. —No se preocupe, todo está bien, muchas gracias… vamos hay mucho por hacer —digo y Renata sonríe. Subo al elevador junto a Renata, ella presiona el tres, y las puertas comienzan a cerrarse, algo las detiene y mi corazón salta. —Buenas tardes señoritas —dice él, mi profesor. ¿Qué hace aquí?, ¿qué está pasando? —Profesor ¿Usted vive aquí? —pregunta Renata mientras observo que el profesor Blackwood presiona El número 20, por un momento agradezco que Renata haya preguntado, yo jamás hubiera sido capaz. —Si, ¿usted vive aquí? Señorita Ruiseñor —no sé cómo sentirme ante su pregunta, se que no ha sido dirigida a mi, pero por un instante siento que el profesor Blackwood está ignorando mi presencia. Es un cretino. Aprieto los labios y bajo la mirada, mis cabellos tapan mi rostro y mis hombros se encorvan de una forma en la que me siento más que pequeña. Invisible. —No, Mila es la que vive en este lugar —responde Renata y con el rabillo del ojo observo que al fin el profesor Blackwood fija su mirada en mi. Se abre el elevador y estamos en el segundo piso, una mujer de mediana edad entra y hace que me sea difícil ver al profesor. —Lo que me faltaba —dice el profesor. Estoy segura de haber escuchado sus palabras una por una a pesar de que él las haya sollozado. No puedo sentirme más avergonzada y al mismo tiempo enfurecida. ¿Sus palabras eran para mí?, ¿acaso le molesta mi presencia?, ¿qué es lo que pasa?, no, no entiendo nada. Las puertas se abren de nuevo y el aire se me ha acabado, y agradezco al fin salir de este maldito tormento. —Hasta mañana profesor —dice Renata al salir pasando en medio de la señora y del profesor. —Adiós señorita Ruiseñor —Responde y no puedo sentirme más humillada, al recordar que hace algunas horas cuando yo me despedí de él simplemente me levantó sus malditas y hermosas cejas. Camino despacio, tratando de ser mucho más invisible de lo que ya me siento, la señora me sonríe de forma amable, y no puedo evitar ver al profesor. Lo sé, soy una tonta. Él me mira, y acomoda la solapa de su camisa, las puertas se cierran y sus ojos profundos parecen ignorar mi presencia. En definitiva, le molestó lo que dije en público sobre el mensaje, desde ese momento las cosas cambiaron. Entramos a mi departamento, Renata asombrada por todo mi desorden, decide tomar su teléfono y hacer una llamada, yo camino hasta la cocina, para buscar un par de bebidas, por fortuna Renata no nota todas las emociones encontradas qué estoy sintiendo en este momento. Mi profesor me odia y si eso no es suficiente ahora vive en el mismo edificio qué yo, ¿qué voy hacer? ¿Debería volver con mis padres? ¿Tal vez lo mejor sea pedir un dormitorio en el campus? Sirvo un par de sodas de dieta, en vasos desechables y me disculpo con Renata por ello. Ella me dice que no me preocupe y que no solo, no me preocupe por el vaso de plástico, me explica qué me tiene una sorpresa, sonríe de esa forma extraña, que sonrió cuando me preguntó si me gustaba el profesor Blackwood y yo solo comienzo a sentir náuseas. ¿Qué está tramando? Renata me pide que hable a la recepción y que deje pasar a las tres mujeres que no tardan en presentarse, mi entrecejo fruncido, le da a entender que yo no estoy entendiendo nada. Después de unos diez minutos, el timbre suena, sigo con la expresión de extrañeza, Renata abre la puerta y me explica al fin, que las señoras que trabajan para sus padres le han hecho el favor de presentarse para poner orden a mi departamento, estoy tan apenada con su noticia, no puedo sentirme más avergonzada. Tal parece que mi destino será ser salvada por todos mientras me hundo en mi triste y pobre idea de ser independiente. Me niego por algunos momentos, pero Renata insiste, y después de todo las señoras están aquí, accedo y comienzo a explicarles qué es lo que vamos a hacer. . Han pasado dos horas la tarde se ha ido, e inexplicablemente, el departamento parece otro, todo está en su lugar, no hay nada fuera del sitio qué había imaginado, la basura está en bolsa negras al fondo de la cocina y hasta un arreglo de flores que Renta ha mandado traer posa en medio de la sala de estar. —Listo Mila, ahora si, al fin tienes un lugar donde dormir —sonrío y mis labios se ladean al final, quisiera enojarme con ella, pero jamás hubiera podido hacer nada de esto, sino fuera por su ayuda. —Señorita, nosotras nos vamos —dice una de las amables señoras que han hecho que mi vida tenga sentido. —Esperen, esperen —menciono de prisa. Tomo mi bolso y saco todos los billetes qué hay en mi cartera. —Tomen no es mucho, pero es para agradecerles por todo esto que hicieron por mí —le entrego todo a una de las señoras y ella acepta, me sonríe y salen de mi departamento. —Mila yo también tengo que irme —dice Renata, y para ser honesta, siento la necesidad de pedirle que se quede, es como si de pronto no quisiera estar sola. Después de todo, es el segundo día que duermo fuera de la casa de mis padres. Pero me arrepiento de inmediato y sonrío. —Solo voy a dejar esta manta en el closet. —No. Mi rotundo no, casi se convierte en un grito. —Sabes esa manta dejala ahi la voy a ocupar, tengo mucho que leer —explico con un tono más suave y ella solo me mira de forma extraña, y no la culpo. —Nos vemos mañana, disfruta de este lugar —me da un caluroso abrazo y se va. Mis ojos se nublan, no sé cómo, ni porqué, pero de la nada quiero llorar. Me siento en el sofá y trato de calmar mi llanto, tomó la manta y me cobijo con ella. Nunca imaginé que estar sola fuera así de feo. Después de casi una hora de llanto incontrolable, vuelvo a recobrar las fuerzas, respiro profundo y me seco las lágrimas, no puedo explicar lo que siento, en todo caso no puedo hacerlo porque simplemente no pienso en lo que estoy haciendo. Salgo de mi departamento, tomo el elevador, presiono el número veinte, mis nervios están a su máximo pero la manta en mi mano siendo arrugada con fuerza me controla. Estoy en el piso veinte, salgo del elevador miro hacia un lado y luego hacia el otro, puedo ver la puerta de emergencia y del otro lado una puerta qué parece ser la del profesor. Camino con rapidez y aunque titubeo por un momento, toco el timbre. Me arrepiento enseguida, doy media vuelta y es demasiado tarde. —Señorita Johnson —dice el profesor Blackwood. Aprieto los ojos, los labios y las piernas todo en mi se tensa y doy media vuelta. —Disculpe profesor quería darle su… —no soy capaz de terminar la frase. Mi ojos suben de poco en poco, sus pies están descalzos usa un pijama lisa n***o y cuando mi vista llega a su abdomen, siento como mi piel exhala deseo, tiene el abdomen más marcado que haya visto en mi corta vida, sus oblicuos parecen dos flechas apuntando a su pelvis, mucho más abajo debo decir, una pequeña línea de vello recorre un camino desde la pretina de su pijama n***o, y sube hasta su torso el cual esta sutilmente cubierto de vello. Sus pectorales parecen sacados de alguna revista, y las venas en sus brazos hacen qué la respiración se me corte. —Señorita Johnson, ¿está bien? ¿Qué pasa? ¿Por qué ha venido? —Sus preguntas las escucho perfectamente, pero verlo semidesnudo me ha quitado el aliento y con ello he perdido el poder del habla. —Disculpe, soy un imprudente, deje busco algo que ponerme —dice. —No. No es necesario, no se disculpe, la culpa es mía por venir aquí. Yo solo quería entregarle esto —al fin las palabras fluyen de mi boca. Extiendo la mano y le entrego la manta. Él la toma de prisa y cubre su cuerpo, y yo bajo la mirada enseguida. —Gracias, pero no era necesario, la acepto para que no tenga que verme en estas condiciones —de pronto siento alivio, su forma de hablarme es cálida, es tranquila, simplemente es diferente. —Eso es todo profesor qué tenga buena noche —menciono y por un instante me maldigo, pero esta vez el profesor me responde. —Señorita Johnson, que también tenga buena noche —sonrío y doy media vuelta. —Un segundo —dice él, con una voz gruesa y al mismo tiempo dulce. —Si. Giro de nuevo y mi profesor se acerca a mí, puedo percibir su aroma, y me agrada, más de lo que quisiera aceptar. —¿Estuvo llorando otra vez? —su entrecejo se frunce, y sus ojos brillan, mientras sus cejas se tuercen de forma agradable, lleva su mano a mi mejilla y con dos de sus falanges roza mi piel. —Eh sí, bueno no, no es lo que usted cree —explico completamente apenada pero agradecida de sentir el calor de su tacto. —¿Qué es lo que creo? —pregunta, y siento cómo detiene sus dedos en mi piel y deseo que no termine. Bajo la mirada y él aleja su mano, se que lo ha hecho como un reflejo, pero maldigo haber bajado la mirada. —Son todos los cambios en mi vida, la escuela y todo esto, pero sé que solo es cuestión de acostumbrarme —explico. Porque me he puesto a decir todo esto, va a pensar en que soy una niña. —Es normal sentirse así, si de algo le sirve, también comencé a vivir solo —sus palabras me extrañan pero al mismo tiempo me dan paz. Levanto la mirada, lo miro a los ojos y sin que yo explique cómo es que esto está pasando, lo siento cada vez más cerca de mi, poco a poco su aroma en mi nariz se intensifica, su mirada penetra en la mía, es como si de pronto nada existiera a nuestro alrededor, estoy tan cerca, sus labios me llaman, solo hay algunos centímetros entre nosotros, mis manos se posan en su abdomen y él cierra los ojos, yo hago los mismo. No puede ser está pasando. —Cariño, ¿quién es? —la voz es inconfundible, me aparto de prisa, y el carraspea. —Todo está bien ya entro —dice el profesor Blackwood y yo solo bajo la mirada, me doy media vuelta el elevador se abre y esta vez miró nuevamente hacía la puerta del profesor, imagino que ya no me observa, pero está ahí de pie con sus ojos sobre mi, y cuando mi mirada conecta con la suya, al fin él sonríe, y su sonrisa es hermosa. Qué demonios está pasando aquí, Mila, vas a enloquecer.
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