Quisiera decir que estos días han sido fácil, pero en realidad no. No importa cuán temprano salga de mi casa, o cuanto me esfuerce y esmere en pasar las pruebas, ahora tengo la traba de la experiencia, que es lo que más me piden. Llevo saliendo día tras día con la fe ciega de que conseguiré un empleo, creí que el graduarme por fin me abriría alguna puerta, y hasta ahora no pasa, y eso empieza a dañar todo a su paso, no puedo dejar de pensar ¿qué haré?.
─Te ves muy mal. ─suspira cansada cayendo sobre su sofá, mientras le ofrece un vaso de jugo.
─Ten tu certificado de la secundaria, decían. Podrás conseguir empleo seguro, decían. Embustes natos. ─bufó dejando el vaso de jugo.
─Podrías trabajar en limpieza, o en alguna... ─intenta reconfortar.
─La única empresa de limpieza que paga un mensual con todos los beneficios de ley, es la de la familia Villanueva, y no lo haré. No quiero que vuelvan a decir que estoy ahí por que me acuesto con Fernando. ─Sabrina apenas separa sus labios para objetar, pero ella no le a tiempo. ─Y ni siquiera lo intentes, ya lo intentó Fernando, Karina y eso no va a cambiar. Te quiero, lo sabes, pero no lo haré. ─niega con la cabeza afligida.
─Me preocupas... ─suspiró. ─llegaste triste, y desde entonces eres como un fantasma, pero al menos intentabas o puedes disfrazarlo, pero ahora. Amiga te quiero con toda mi alma, pero te ves cansada, ojerosa que es imposible que lo ocultes
─Me siento mal desde que llegué, es diferente esta vez... ─suspiro desesperanzada. ─sé que debo seguir y salir del profundo hoyo en el que me metí por idiota, pero me está costando tanto, que ya no sé como más hacerlo... ─sonríe secando una lágrima que ha salido pese a sus esfuerzos.
─y yo, no he sido de ayuda... ─se lamenta secando su otra mejilla.
─Eres lo más cercano que tengo a una hermana, diría una madre, pero debería tener al menos quince años menos... ─sonríe.
─pero no es suficiente, y eso lamento. Quiero hacer más por ti, eres buena persona, pero por alguna razón la vida parece ensañarse contigo. ─masculló.
─Además de que mi cuerpo anciano y cansado empieza a odiarme aún más de lo que me odia la vida misma. Ahora si se me ocurre comer pasado las diez me empacho, si como picante me empacho, si como mucho me empacho, si como poco me empacho, en resumen...
─¿Vives empachada? ─dice a modo de broma, y las dos estallan en risas.
─Mi cuerpo me odia... ─ríe sin parar.
─No, ya... ─toma aire haciendo una pausa de tanto reír. ─ya en serio, el estrés te podría matar. Deberías hacerte unos exámenes y ver que tienes, ya cuando uno es mamá la cosa se pone fea para uno.
─Sí, Luisa me dijo lo mismo. ─sonríe mirando el reloj en la pared. ─ya me voy, mis enanos ya deben estar preocupados de dónde ando. Además, tu señor esposo llegará en media hora según dijiste la ultima vez, y con la chiqui de paseo con su abuela, seguramente ya ha planeado que hacerte cuando llegue. ─bromea mientras se prepara para irse.
─Ven cuando quieras, ya sabes que mi casa es tu casa. ─la abraza con fuerza. ─y tranquila, ya saldrá algo, no pienses mucho en lo que pasó, el tiempo tal vez no borre nada, pero poco a poco te ayudará a sobrellevar, y no te preocupes por lo del empleo, ya saldrá algo. ─despide hasta el último momento, y no la pierde de vista hasta que se va.
La vida, el dinero, mi cuerpo, todos me odian en este momento, pero ponerme a llorar en un asiento de autobús parece extremo, mañana será otro día, y si todo sale bien, sé que podré conseguir algo mejor.
Caminando de regreso a cas ensimismada con ella misma, hasta que las sonrisas escandalosas la sacan abruptamente al darse cuenta son las risas de su madre y su hermana dentro de su casa.
─Hasta que apareces... ─dice su madre mientras continúa revisando toda la cocina.
─¿qué haces aquí? ─preguntan mientras busca con la mirada en su casa, su hermana y sus sobrinos revoltosos tocan y ensucian todo a su paso.
─¿cómo que, qué hago? ─ríe al igual que su hermana, quien está acostada en el sillón comiendo con los zapatos sobre el sillón. ─La vecina me dijo que te vio viniendo aquí, pensé que estabas trabajando, pero cuando llamamos a la puerta la niña me abrió. ─se refiere a su hija. ─y vine a ver... ─abre los ojos como platos mirando a su alrededor.
─Mami me lo llevo. ─dice uno de sus sobrinos sacando uno de los peluches de su hija.
─¡no!. ─suelta indignada. ─eso no es tuyo, ¡suéltalo! ─ordena.
─¿Qué te pasa?, ¡loca! ─grita su hermana. ─El niño no tiene, y tu hija tiene varios. ─dice su hermana salpicando el sillón de comida, manchando todo a su paso. ─somos familia, y no puedes decir ue no.
─Ésta es mi casa, y no tienes porque venir y hacer como si fuera la tuya, ¿estás loca, o qué? ─bufa indignada.
─Tranquila. ─levanta una bolsa grande con varias cosas. ─ya nos vamos. ─sonríe mientras guarda un par de cosas más de la nevera. Era evidente que ya la había vaciado. ─Bastante plata has de tener, llenita estaba. ─dice tomando a gusto la funda. ─Aún me debes, mira que la casa me la dejaste con goteras. Ni como rentarla a alguién más, que bueno que es tu hermana quien vive ahí, dale para las hojas de zinc. ─señala. ─y a mi dame unos cincuenta, mira que a tu hermana no le han pagado y el niño quiero ir a la piscina. ─dice caminando a la puerta con, no solo una, sino dos bolsas enormes de cosas que había sacado de la nevera, y cada uno de sus sobrinos salía con un par de cosas de sus hijos.
─Mami, ¿por qué la abuela se está llevando mis cosas y las de la nevera?. ─pregunta intentando no ser grosera.
─Mijita, cuando usted sea grande y trabaje, debe ayudarme así como su mamá. Es la obligación de los hijos ayudar a sus padres, te guste o no, o Dios te va a castigar.
─Pero son nuestras cosas. ─dice tomando tu peluche de vuelta, pero el primo la empuja al suelo.
─No. ─grita fuerte Ángel asustando a todos, sobre todo a su sobrino. ─no te atrevas a ponerle una mano encima a mi hija. ─señala enfurecida.
Creía que mi madre me odiaba, y puedo decir que aprendí a vivir con eso, pero de ahí, a permitir que sus nietos vengan a mi casa, y quieran hacer su voluntad, es un error colosal de ella. No lo voy a permitir.
─¡¡Cierra la maldita boca!!, ¡aquí la única que grita soy yo! ─explota su madre. ─¿qué tiene de malo que nos llevemos un par de cosas?, si tienes tienes que darme, ¡Yo te di la maldita vida! ─enfurece su madre muy rápido.
─Fuera de mi casa. ─dice intentando ser coherente. ─no toquen mis cosas, y está por demás decir que no son bienvenidos aquí.
─¡Callate loca! ─bufó uno de sus sobrinos, y su madre, así como su hermana se echan a reír.
Ángel toma tanto aire como puede, se toma un par de segundos y sonríe.
─Luisa, Sandro y Jota, entren a la habitación, cierren la puerta y llamen a la policía, ¡ahora!, ¡y no salgan! ─dice y ellos salen corriendo sin siquiera preguntar.
─¿qué eres loca? ─pregunta su madre, mientras que su hermana muere de risa, haciendo que sus hijos se burlen de ella.
─Está loca mi tia... ─se burla el más grande pateando una mesa, tirando un florero al suelo.
─¿cómo que la policía?, acaso somos extraños, nosotros somos tu familia. ─espeta su madre entre lágrimas. ─después de todo lo que di.
Desde fuera de la habitación se puede escuchar como Luisa denuncia a su abuela por intentar robarles, y es cuando la hermana tira el plato al suelo, escupe en el televisor y se lanza neurótica a golpear a Ángel.
Ella se defiende como puede, pero su madre interviene para golpearla fuertemente con el rodillo de amasar, el mismo que es de madera muy pesada, mientras los sobrinos sacan las cosas fueras.
─¡¡Mami!!. ─grita Sandro saliendo de la habitación, viendo como su abuela y tía golpean a su madre en el suelo. El sobrino mayor de Ángel se voltea e intenta llegar a su hijo y golpearlo, pero ella toma su pie haciéndolo caer, lo que enfurece a su hermana y la patea en el suelo por doquier.
─¡¡Encierrense y llama a la policía!! ─grita fuerte. ─¡¡no salgan!! ─ordena histérica.
Los niños presos de la desesperación gritando por ayuda en la ventana, por lo que ya no son solo los niños quienes llaman a la policía, sino también vecinos cercanos, quienes también llegan a auxiliarla, así evitando que se lleven las cosas, aunque consiguen irse sin consecuencias esa noche, aunque también se van con las manos vacía.
Ángel yace en el suelo ensangrentada, cuando llega Sabrina con su esposo y es él quien la tomó en brazos y la llevan al hospital.