Caramelo

1206 Words
─¡Espera! ─dice Fernando cuando Ángel está por subir a un autobús. Duda si esperar, los autos pasan casi atropellando al desesperado ser que corre las calles de distancia como si fuere inmortal, pero el sacrificio parece merecer la pena. ─Estoy bien, solo quiero ir a casa. ─niega mirando a su alrededor. ─Déjame llevarte a casa. ─señala la moto a distancia. ─solo... ─Fernando, no. ─retrocede. ─Tu padre hizo lo unico que podia hacer, despedir al último recurso, está bien. ─miente fingiéndose satisfecha. ─Lo que hizo mi padre no fue justo, ni lo que te hicieron, solo déjame ayudar. ─insiste en acercarse. ─Tu padre tiene razón, yo no estoy preparada para cuidar para niños, no en papeles, así que... qué más da. ─insiste. ─Ángel, yo quiero hacer algo. ─insiste ya un poco desesperado por su necedad. ─¡Basta! ─grita hastiada de lo que pasa a su alrededor, la injusticia del despido, el enojo, lo que sucedió con las mujeres. ─¡mira! ─muestra los moretones en sus brazos. ─Esto hizo esa mujer por intentar decirle a una madre que su hijo es maltratado en el lugar que se supone deberían cuidarlo. Yo quería golpearla, y hacerle lo mismo que le hacían a los niños, y no lo hice. ─suelta furiosa. ─Hice lo correcto, lo hice, hable con esa infeliz sobre el maltrato y me recordó lo ignorante que soy para creer que puedo cuidar niños. ¡No lo soy!, yo jamás trataría a un niño como ellas lo hicieron. ─toma aire frustrada. ─Tu padre me despidió porque no tenía nada más que una referencia de tu hermana. Soy el favor que hicieron a tu hermana. ─sonríe con sarcasmo. ─¿Ahora lo entiendes?, no quiero que me ayudes, no quiero que hagas nada, Y si tienes aunque sea el más mínimo respeto por mí, no vuelvas a intentar ayudarme, porque no me ayudas. No necesito ser salvada. ─Levanta una mano y sube al primer taxi que se detiene. Estoy furiosa, no soporto seguir siendo una estúpida perdedora. Tan pronto llega a casa se detiene en la entrada, mira toda esa hermosa y amplia villa, es preciosa, merece cualquier sacrificio, sobre todo cuando la a querido por mucho tiempo. Toma todo el aire que sus pulmones pueden soportar, cierra los ojos por un segundo y suelta el aire dejando toda su ira, su frustración, y ganas de incendiar el mundo antes de abrir la puerta. Abre la puerta y ninguno de sus hijos está a vista, pero antes de que cierre la puerta, Jota y Sandro corren hacia ella muy entusiasmados. Eso era suficiente, la risa de Jota, la emoción de Sandro, lo que hicieron que una gran sonrisa se dibuje en su cara, pese al mal día. ─Ya puse la cama donde la quería. ─dice Sandro tomando su mano. ─Veamos... ─sonríe mientras Jota los sigue. ─Le dejé unos panecillos guardados, saben raro, pero no se quemaron tanto. ─dice Luisa al salir de la habitación. ─¡Que bien!, ¡ya sabemos hacer panecillos!. ─le hace cosquillas al abrazarla. ─sabía que lo harías. ─besa cariñosa. ─No quedaron tan buenos... ─Seguro saben deliciosos, ¿los traes? ─dice y ella sale corriendo emocionada. ─Me gustaba en la ventana, pero me da frio... ─dice Sandro, mientras Jota habla sin parar de lo mucho que le gusta su habitación, y del lado que está la cama. Los niños hablan sin parar, juegan y hasta le hacen un baile, ella sonríe como si lo que tuviese en frente fuese lo más divertido, pero no deja de pensar en lo que pasó, hasta que Luisa entra en la habitación con dos panecillos. ─Sea cruel y honesta, ¿qué le parece? ─pregunta esperando el primer mordisco. Los panecillos se ven un poco quemados, aunque saben mejor de lo que se ven, no tiene en sí el sabor de un panecillo. ─¿Qué tal? ─pregunta mirando con emoción el momento de su respuesta. Me ve con esos hermosos ojos negros, su sonrisa nerviosa, no puedo romper su corazón, pero tampoco le puedo mentir. ─sabe bien, aunque si pones un poco menos de la esencia de vainilla, y restas unos cinco minutos de cocción, seguro quedan perfectos, o crudos. ─sonríe poniéndole humor. ─Mañana repito, a ver cómo me sale. ─dice entusiasmada. Aunque Ángel no tiene ni idea de lo que ha dicho, pero sabe tanto a vainilla, y por lo quemado que está, supone que podría mejorarlo. ─¿puedo hacer lasaña para cenar? ─pregunta Luisa emocionada por el amor a la cocina. ─Puedes cocinar lo que desees, o podemos pedir pizza. ─sonríe. ─¡Lasaña...!, ¡lasaña...! Al otro lado del mundo... ─Si usted está de acuerdo, me gustaría que el tratamiento lo reciba dentro del hospital... ─insiste el médico. ─Doctor, nosotros tenemos los medios para trasladar un hospital entero a casa. ─presume el abuelo Argento. ─Lo entiendo, pero al tener un tratamiento tan agresivo en tan corto tiempo, va a necesitar personal médico las veinticuatro horas, y habrá situaciones en las que no les dará tiempo de llamar una ambulancia. ─Edward... ─Abuelo, fui claro. Aceptaré el tratamiento, solo porque tú lo has pedido, pero mis condiciones fueron claras, no me quedaré en el hospital, y lo haré en el menor tiempo posible, o no lo haré. ─dice sin levantar la mirada más allá de su alianza de matrimonio. ─Podemos hacerlo en corto tiempo, tan agresivo como usted desee, pero... ─Lo haré yo. ─dice Charles. ─Sé que no quiere quedarse para que no lo vean, o use bata. ─se explica lo mejor que puede, mientras el médico se ve confundido. ─Tomaré clases, aprendo rápido sobre cuidado, prepararemos el ala del hospital solo para el señor Argento, y solo yo me encargaré de su aseo. Además usará batas un poco modificadas. Yo me encargaré de todo, solo acepte quedarse en el hospital. ─insiste. ─¿nos da unos minutos? ─dice el abuelo al médico, y este sale enseguida con todo el personal. ─Por favor. Edward, no lo pienses más, solo acepta. ─Hazlo. ─insiste su abuelo también. ─Miras esa alianza como la tierra mira al sol. Si no lo haces por ti, por mi, hazlo por ella. Le debes una explicación, ¿no crees? ─Bien. ─niega con la cabeza. ─Lo haré. ─suspira. ─Consigue un cofre para mi anillo, sé que no me lo dejarán conservar mientras esté en tratamiento, y no quiero perderlo. Además, si en algún momento, alguien del personal se toma atribuciones que no les corresponde, o se filtra algo de esto en la prensa, no lo haré, y es todo lo que diré. ─dice y ambos asienten. ─Hablaré con el médico. ─sale el abuelo dejándolos solos. ─Vez y cuidas ese anillo como si no existiera nada más, pero no has hecho nada por hablar con ella. ¿no te interesa saber qué es lo que ha hecho?, ¿cómo está?, o ¿siquiera que hace? ─pregunta acercándose a él. ─Ella no quiere verme, y yo tampoco quiero. ─espeta molesto. ─¿Cómo lo sabes?, ni siquiera la has llamdo o has hecho nada por preguntar por ella. ─saca el anillo de su bolsillo. ─se supone que debo entregarle esto a tu abuelo, pero creí que a lo mejor si tu lo tenías...
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD