Isla de Capri, Italia. Hace dos semanas. El primer sonido que Freya escuchó fue el pitido constante de una máquina. El segundo, el dolor. Un dolor denso, palpitante, que parecía extenderse desde la cabeza hasta las costillas. Intentó abrir los ojos, pero la luz blanca del hospital la cegó por completo. —Calma, signorina —dijo una voz femenina en italiano— Hai avuto un incidente. Freya no entendía italiano. Negó con la cabeza y la máquina a su lado comenzó a hacer un ruido fuerte. La enfermera se acercó y trató de calmarla, pero Freya estaba desesperada. La mujer entonces comprendió. —Tranquila… tranquila —dijo con un fuerte acento imitando su idioma— Está en el hospital. Tuvo un accidente. Accidente. La palabra tardó unos segundos en cobrar sentido. Recordó el taxi, la calle,

