Enzo se resistió a los encantos de Freya más tiempo del que cualquier hombre sensato debería… y desde luego más tiempo del que Sedona había apostado. Durante esa semana, ella se movía por el rancho con sus pinceles, su cabello despeinado y esos overoles manchados de pintura que parecían diseñados para arruinar el autocontrol de un vaquero. Y él, santo cielo, él hacía lo imposible por mantener las manos ocupadas con cualquier cosa que no fuera Freya Sullivan. Cuando al fin el médico anunció que podían retirarle el yeso, Enzo sintió —literalmente— que el alma le regresaba al cuerpo. Al fin, pensó. Al fin puedo abrazarla sin miedo de romperle algo. Y si el destino era generoso, también podría… bueno… dedicarse a otras actividades saludables que no involucraban evitarla como si fuera dinami

